30 de agosto de 2008

CESAR BORGIA

Cesar Borgia o Cesare Borgia[1],historia, biografía; nació en 1475/76 probablemente en la ciudad de Roma, Italia; murió en 1507, cerca de Viana en España.
Cesar Borgia fue un hijo natural de Alejandro VI con su amante más famosa, Vanozza Catanei. Era un capitán del Renacimiento que, como capitán general de los ejércitos de la iglesia, y el aumento del poder político de su padre en el papado, trató de establecer su propio principado en el centro de Italia. Su política condujo a Maquiavelo a citarlo como un ejemplo de gobernante.
Su padre, en ese momento el cardenal Rodrigo Borgia, fue vice-canciller de la iglesia y había tenido tres hijos anteriores con otras amantes. Cesar Borgia fue, el segundo hijo de los cuatro nacidos de Vannozza y Rodrigo Borgia (los otros eran Juan, Lucrecia, y Jofré). Como era costumbre para los segundos hijos, fue educado para una carrera en la iglesia y en 1480 fue dispensado de la mancha de ilegitimidad por el Papa Sixto IV, de tal forma que pudiera celebrar oficios eclesiásticos.
A pesar de que nació en Italia y pasó la mayor parte de su vida allí, la familia y los antecedentes culturales de Cesar Borgia fueron casi en su totalidad españoles. Su medio hermano mayor, Pedro Luis, fue duque de Gandía, y de todas sus primeros beneficios en España. A la edad de siete años Cesare ya era protonotario apostólico y canónico de la catedral de Valencia.
Sus primeros profesores fueron Paolo Pompilio y Giovanni Vera, ambos catalanes, y fue reconocido como, excepcionalmente brillante, además de ser, de acuerdo con al menos un observador, "el hombre más guapo en Italia." En 1489 se trasladó a la Universidad de Perugia para estudiar derecho y luego pasó a la Universidad de Pisa, donde estudió bajo la tutela del famoso jurista Filippo Decio y ganado un título en el canon y el derecho civil. En 1491 fue nombrado obispo de Pamplona, y en 1492, tras la adhesión de su padre al trono papal, fue nombrado arzobispo de Valencia.
La elección de su padre como Papa en 1492 cambió la fortuna de César Borgia. Además de convertirse en un arzobispo, también se hizo cardenal en 1493, con el titular de la iglesia de Sta. Maria Nova, quien se ha convertido en uno de los asesores principales su padre. Ya era claro, sin embargo, que no tenía una verdadera vocación religiosa; él era mejor conocido en la corte papal por su coquetería, sus relaciones amorosas, y su magnífico ajuar, que para la meticulosa observancia de sus deberes eclesiásticos.
A la muerte de Pedro Luis, en 1488 el título de duque de Gandía había pasado por él y luego a su hermano menor Juan, y fue él quien hizo de comandante del ejército papal en 1496 para la primera de las campañas de Alejandro en contra de su rebelde nobleza, los Orsini. Cesare tenía la reputación de haber sido muy celoso de su hermano, y cuando Juan fue misteriosamente asesinado en 1497 el rumor de que Cesar Borgia fue el culpable, se extendió gradualmente. No hay, sin embargo, ninguna prueba de que Cesar haya asesinado a su hermano, más allá del hecho de que fue sin duda capaz de asesinato, como lo demostró posteriormente.
Tras la muerte de Juan, la afición de Cesar Borgia a las armas, las orientaciones políticas de su padre y la necesidad de contar con un confiable teniente secular, coincidieron de tal forma que en 1498 entregó Cesar Borgia su cardenalato. Se establecen los movimientos a seguir y dentro de ellos estaba un importante matrimonio dinástico para él, y, tras un abortado intento de ganar la mano de Carlota, hija del rey de Nápoles, viajó a Francia para casarse con Charlotte d'Albret, hermana del rey de Navarra. Al mismo tiempo que recibió de Luis XII, el rey francés, el título de duque de Valentinois, y de este título que deriva su apodo de “Il Valentino”.
El matrimonio francés de Cesar Borgia garantizaba para él y para su padre, el papa, apoyo francés en sus planes para restablecer el control en los Estados Papales y, si fuera posible, de crear un estado permanente en Italia para Cesar Borgia. En 1499 Cesar, como capitán general del ejército papal, con la asistencia de un gran contingente de tropas francesas, comenzó una sistemática ocupación de las ciudades de Romaña y Las Marcas, que había caído en gran parte bajo el control de vicarios papeles semi-independientes. La campaña de 1499 vio la conquista de Imola y Forlí, el de 1500-01 trajo Rimini, Pesaro,y Faenza en las manos de Cesar Borgia; finalmente, en 1502, él capturó Urbino, Camerino, y Senigallia. Fue en esta última campaña que Maquiavelo, como uno de los embajadores de Florencia acompaña a Cesar Borgia en el campamento, donde pudo observar de primera mano los métodos del hombre a quien elogió en sus últimos escritos.
Las actividades de Alejandro VI y Cesar Borgia, a pesar de que se ajustaban mucho a un patrón establecido por los últimos quince papas de la centuria, despertó gran oposición dentro de los Estados Papales y de los demás estados italiano. La propaganda de guerra librada contra ellos fue virulenta, duradera y eficaz. Cesar Borgia fue retratado como un monstruo de lujuria y crueldad que había adquirido la influencia antinatural de su padre después de haber supuestamente asesinado a su hermano, el hijo favorito, Juan. Siendo probable que los dos Borgia hayan trabajado en armonía, Alexander VI es con mucho el más astuto político, y Cesar Borgia el más despiadado hombre de acción. Ambicioso y arrogante, él estaba decidido a establecerse como un príncipe italiano antes de la muerte de su padre y quedó privado del apoyo político y financiero por parte del papado. Aut Caesar, aut nihil (“O César o nada") fue el lema que adoptó para indicar la decisión de alcanzar su objetivo. Una serie de asesinatos políticos se han atribuido a él, pero parece que el acto delictivo de cual fue directamente responsable, fue del asesinato en agosto de 1500 de su cuñado Alfonso, duque de Bisceglie, el segundo marido de Lucrecia Borgia. Parece probable que este fue un acto de venganza personal en lugar de un asesinato por motivos políticos, que contribuyó en gran medida al miedo y al horror que se tenía a Cesar Borgia.
El mejor ejemplo de los métodos de Cesar Borgia fue su tercera campaña de Romaña (1502-03). Cayó rápidamente, en Marzo sobre los incautos habitantes de Urbino, que se entregaron sin que se disparara ni un solo tiro. A continuación, pasó a Camerino, que también fue sometido rápidamente. En esta fase, los comandantes de Cesar Borgia, por temor a su poder, se volvieron contra él en la llamada conspiración Magione. Cesar, despojado de la mayor parte de sus tropas, se vio obligado a luchar a la defensiva en la Romaña. Con los abundantes fondos papales, sin embargo, logró reconstruir su ejército, mientras que al mismo tiempo trabaja en el frente diplomático para romper la liga de los conspiradores. Habiendo logrado romper dicha liga, Cesar Borgia organizó un encuentro de reconciliación con algunos de los conspiradores en Senigallia y, una vez aislados de sus tropas, los hizo arrestar y ejecutar en diciembre de 1502.Cesar Borgia, con un poderoso ejército confiable, ahora parece estar en el cenit de su fortuna. Es probable que estuviera planeando un ataque a la Toscana, cuando su padre murió en Agosto 18 de 1503. Dicha muerte llegó en mal momento y esta circunstancia, junto con la posterior elección de un amargo enemigo de los Borgia, Giuliano della Rovere, como el papa Julio II, disminuyó sus ya escasas posibilidades de supervivencia. El papa se negó a confirmar a Cesar Borgia como el duque de Romaña o capitán general de la iglesia y exigió la restauración de las ciudades de Romaña. Cesar Borgia fue detenido, ganando un breve respiro al aceptar renunciar a las ciudades tomadas, huyó a Nápoles sólo para ser detenido una vez más por Gonzalo de Córdoba, el virrey español, que se negó a reunirse con él en una liga contra el Papa. Cesar Borgia fue llevado a España y encarcelado, primero en el castillo de Chinchilla, cerca de Valencia, y luego en Medina del Campo, de donde escapó en 1506. Sin ninguna perspectiva inmediata de regresar a Italia, entró al servicio de su cuñado, el rey de Navarra, y fue asesinado en 1507 en una escaramuza con los rebeldes de Navarra fuera de Viana. Fue enterrado en la iglesia de Sta. Maria de Viana.[2]
[1] Cesar Borja.
[2] Borgia, Cesare, Duc (duke) De Valentinois. (2008). Encyclopædia Britannica. Ultimate Reference Suite. Chicago: Encyclopædia Britannica.

24 de agosto de 2008

ABRAVANEL, ISAAC

ABRAVANEL, ISAAC (1437-1508), conocido como Abravanel, Abrabanel, y Abarbanel; español-portugués comentarista bíblico, teólogo y filósofo. Nacido en Lisboa en una rica familia judía de Sevilla, Isaac ben Judah Abravanel sucedió a su padre como tesorero de Alfonso V, rey de Aragón, pero en 1483 por razones políticas tuvo que huir a Castilla, donde permaneció en el servicio de Fernando el católico e Isabel de Castilla, hasta la expulsión de los Judíos el 31 de mayo de 1492. A continuación, se trasladó a Nápoles al servicio del rey Ferrante I hasta que una invasión francesa le obligó a huir con el rey a Mesina en 1494. Isaac residido en Corfu hasta 1496; luego se trasladó a Monopoli (Apulia), y en 1503 se establecieron en Venecia, donde pasó los últimos años de su vida. Fue padre del pensador llamado León Hebreo.
Siendo adolescente escribe un par de tratados, el primero referido a ontología y el segundo referido a la providencia divina y la naturaleza de la profecía.

Sostuvo que todas las profecías se producen directamente por Dios y que los acontecimientos en las visiones proféticas ocurren realmente en el mundo físico. Por otra parte, el conocimiento profético difiere cualitativamente del conocimiento natural. …
Afirmó que un Estado político se requiere sólo a causa de la imperfección humana originada en el pecado de Adán.
En consecuencia, el Estado perfecto no es un estado político. Recomienda la teocracia, donde un monarca co-gobierne junto a un tribunal superior o Sanedrín.
Concibe, Isaac Abravanel, el curso de la historia de la humanidad como un círculo que comenzó cuando la humanidad se separó de Dios y que terminará cuando la humanidad vuelve a Dios. Sin embargo, después de la caída inicial de Adán, que comenzó la historia, la constante continua ha sido la desintegración hasta tanto llegue la edad mesiánica. El penúltima estado de la historia comenzará cuando un reactivado un imperio musulmán en alianza con los diez tribus perdidas de Israel vayan a conquistar a los cristianos y retomen la posesión de Jerusalén.
A continuación, el Mesías, que no es Jesús de Nazaret, aparecerá, gobernará el mundo; la humanidad mejorará y progresará en paz hasta que, al final, mundo físico va a ceder el paso a un mundo espiritual de las almas puras que van a contemplar eternamente la esencia de Dios. Las dos fechas que Isaac Abravanel cita en relación con la venida del Mesías son 1503 y 1531.[1]
[1] NORBERT M. SAMUELSON (1987). ABRAVANEL, ISAAC, ENCYCLOPEDIA OF RELIGION, Second edition. Lindsay Jones, Editor in Chief, © 2005 Thomson Gale, a part of The Thomson Corporation.

21 de agosto de 2008

Filolao de Crotona vida obra pensamiento

Filolao[1] de Crotona[2] (s. V AC.)[3]; biografía, historia.
Filósofo y matemático griego, discípulo de Pitágoras y contemporáneo de Sócrates. Nació en Crotona o en Tarento hacia el año 474 AC. Es mencionado por Platón, en el Fedón (61e), y por Aristóteles, Ética a Eudemo, y se sabe que vivió durante un tiempo en Tebas. Se le considera como el primer gran difusor del pitagorismo[4], fuera de los confines de la Magna Grecia, y el primero que sistematizó las doctrinas de su escuela sobre el alma entendida como armonía inmortal; sobre la construcción de los sólidos a partir de puntos, líneas y superficies y, en general, sobre los números como principios de la realidad. También se cree que fue el maestro de Éurito y, quizás, de Arquitas de Tarento. Según otra tradición, Filolao fue solamente un personaje inventando por Platón y sus escritos fueron obra de Espeusipo, aunque se considera que esta tradición es absolutamente falsa, como lo es la que asegura que el Timeo de Platón fue un plagio de una obra de Filolao. Se vincula a su nombre la cosmología pitagórica[5], que sustenta una estructura del cosmos[6] en cuyo centro se halla un fuego[7] (no el Sol) y alrededor del cual giran los planetas incluida la Tierra[8]. Seguramente, fue también el primero en afirmar la esfericidad de la Tierra y en considerar al éter como la sustancia celeste. En la tesis astronómica del movimiento de la Tierra le siguió Hicetas de Siracusa aunque, tanto dicho autor como Ecfanto y Heráclides, volvieron a considerar a la Tierra como el centro del universo móvil[9].
[1] Philolaus of Croton, en inglés.

[2] Ciudad griega del sur de Italia.
[3] Según otras fuentes, 475 antes de la Era cristiana.
[4] Se dice que escribió un libro, Sobre la naturaleza,
[5] Definida en términos de los elementos ilimitados y los limitadores; el universo se conoce entonces por los coeficientes numéricos resultantes de estas combinaciones particulares.
[6] Un universo esférico.
[7] Permanente e invisible.

[8] Alrededor de ese fuego giraban en unas esferas concéntricas, el sol, compuesto por una esfera de vidrio que cogía las radiaciones de aquel fuego, la tierra, la luna, los cinco planetas conocidos (es el primero en ponerlos en el orden correcto), las estrellas, así como un astro desconocido, al que llamaba antitierra.
Esta cosmovisión tal vez responda a una suerte de religión que identifica el fuego central con el Tártaro, la región bajo la tierra donde los culpables son castigados en la mitología griega. Aristóteles sugiere que la contra-tierra fue introducido para satisfacer la exigencia a priori que hay diez cuerpos celestes alrededor de la central de incendios, porque los pitagóricos considerarse como el diez número perfecto.
Filolao de Crotona señala una analogía entre el nacimiento del cosmos y el nacimiento de un ser humano, argumentando que el embrión es inicialmente caliente y luego es refrigerado con el aliento inmediatamente al nacer, al igual que el cosmos comienza con un gran fuego que cae en el aliento de lo ilimitado.
[9] Diccionario de filosofía en CD-ROM. © 1996. Empresa Editorial Herder S.A., Barcelona. Todos los derechos reservados. ISBN 84-254-1991-3. Autores: Jordi Cortés Morató y Antoni Martínez Riu.
BORCHERT DONALD M, Editor in Chief. Encyclopedia of Philosophy. Second Edition, 2006. Thomson Gale, a part of the Thomson Corporation.
YAÑEZ MANUEL. COPÉRNICO. Grandes Biografías. Edimat Libros S.A. Madrid, 2003, página 7.
Ciudad: Crotona
Departamento:Calabria
País:Italia
Código postal:88900

19 de agosto de 2008

Lucrecia (Lucrezia) Borgia

Lucrecia Borgia, nacida el 4 de abril de 1480 en Roma; hija del cardenal español Rodrigo Borgia, más tarde Papa Alexander VI, y su amante romana Vannozza Catanei, y hermana de César, Lucrezia es a menudo acusada de participación en sus muchos crímenes y excesos. En perspectiva histórica, sin embargo, ella parece haber sido más un instrumento para los ambiciosos proyectos de su hermano y padre que participa activamente en sus crímenes. Sus tres matrimonios sucesivos en prominentes familias ayudó a aumentar poder político y territorial de los Borgia.
En 1491 la joven Lucrezia (O Lucrecia) fue sucesivamente prometida a dos nobles españoles. No obstante, después de que su padre se convirtió en Papa en 1492, él buscó una alianza con la familia Sforza de Milán contra la dinastía aragonesa de Nápoles. En consecuencia, Lucrezia fue en 1493 casada con Giovanni Sforza, señor de Pesaro. Cuando Alexander VI se alió con Nápoles, Milán y con Francia, Giovanni, temiendo por su vida, huyó de Roma y se convirtió en un enemigo de los Borgia, después de presuntas relaciones incestuosas entre Lucrezia y Alejandro. Alexander anuló el matrimonio en 1497 en la dudosa razón de non consummation.
Tratando de fortalecer sus lazos con Nápoles, el Papa en 1498 organizó un matrimonio entre Lucrezia y, Alfonso, duque de Bisceglie, un hijo ilegítimo de Alfonso II de Nápoles, de tan solo 17 años de edad. Tras la alianza de César Borgia con el rey francés Luis XII (1499) y su posterior campaña en la Romaña, que amenazó Nápoles, Alfonso huyó de Roma en agosto, pero regresó con Lucrezia en octubre. En julio de 1500 fue herido por cuatro malandrines que deseaban asesinarlo. Estando en recuperación, fue estrangulado por uno de los servidores de César. El asesinato provocó la deseada ruptura con Nápoles.
Lucrezia se retiró a Nepi, y durante fue durante este período que apareció el misterioso infante romano, visto por primera vez en público a los tres años de edad, de nombre Giovanni, (1501). Dos bulas papales reconocen al niño como hijo ilegítimo: la primera de César, luego de Alejandro, que fue probablemente el verdadero padre. El misterioso origen del niño, así como la presencia de Lucrezia en una noche de orgía que se celebró en el Vaticano, han sido utilizados para apoyar los rumores de incesto en la familia Borgia.
Alfonso d' Este, hijo de Ercole I, duque de Ferrara, se casó con Lucrecia a 30 de diciembre de 1501, siendo otra boda más de conveniencia. Este matrimonio fue arreglado por Cesar Borgia, tratando de consolidar su posición en la Romaña. Cuando Alejandro VI murió en 1503, Lucrecia había dejado de desempeñar un papel político y encabezó una vida más normal en la brillante corte de Ferrara, que se convirtió en un centro de las artes y las letras del Renacimiento italiano. Se volvió a la religión en sus últimos años y murió a la edad de 39 años (junio 24 de 1519).[1]
[1] Borgia, Lucrezia. (2008). Encyclopædia Britannica. Ultimate Reference Suite. Chicago: Encyclopædia Britannica.

17 de agosto de 2008

CPU (Central processing unit)

The main operating part of a *computer; it includes the control unit (CU) and the arithmetic/ logic unit (see alu). Its function is to fetch instructions from memory, decode them, and execute the program. It also provides timing signals. An *integrated circuit that has a complete CPU on a single silicon chip is called a microprocessor. [1]
See also, in Spanish, CPU unidad central de proceso
[1] Daintith John. A Dictionary of Science. Oxford University Press, USA. 2005.

MOCTEZUMA, CORTÉS

DESDE LO ALTO DEL TEMPLO MOCTEZUMA MUESTRA A CORTÉS SU IMPERIO.
Lo que miran tus ojos es nuestro/ lo que no alcanzan a ver tus ojos es nuestro/ ciudades y nubes mujeres y piedras/ coyotes y víboras ahuehuetes y águilas/ nuestros hombres atraviesan las lagunas/ y nuestros dioses recorren la noche/ y nuestros dioses recorren la noche/ y para alumbrar nuestro día/ con un cuchillo negro sacamos luz/ del corazón de nuestros enemigos. [1]
Ver también: a Hernán Cortés , Hernán Cortés
[1] Texto de Homero Aridjis, tomado de su libro Imágenes para el fin del milenio (1986).

16 de agosto de 2008

JOHANNES VERMEER

JOHANNES VERMEER.
(Delft, Países Bajos, 1632-id., 1675) Pintor holandés. La documentación con la que se cuenta en la actualidad parece demostrar que Vermeer no fue un pintor famoso en su tiempo, pese a lo cual en nuestros días se le considera la gran figura del siglo XVII holandés, después de Rembrandt. Probablemente, lo que más gusta de su arte es lo inusual de la temática, la fuerza de la composición y el empleo de pocos colores, claros y brillantes. Salvo una visita a La Haya en 1672 para actuar como testigo en un pleito, pasó toda su vida en Delft, donde perteneció al gremio de pintores, que dirigió en dos ocasiones. Se cree, sin embargo, que nunca se dedicó profesionalmente a la pintura, sino que regentó el hostal heredado de su padre y el negocio de marchante de arte legado igualmente por su progenitor. En 1653 casó con Caterina Bolnes, perteneciente a una acomodada familia católica, que le dio once hijos. La necesidad de mantener a una familia tan numerosa le impidió gozar de suficiente desahogo económico, tal como demuestra el hecho de que, un año después de su fallecimiento, la viuda solicitara ser declarada insolvente. Sus obras, realizadas probablemente por el puro placer de pintar, representan escenas de la vida cotidiana, por lo general interiores con una o dos figuras y algunos objetos, plasmados con pinceladas densas y pastosas y con una iluminación que realza el efecto de intimidad y otorga a la escena cierto halo de misterio. Muy pocas de sus creaciones se apartan de esta línea general (algunas escenas religiosas y mitológicas), que es con diferencia la más valorada del artista. Por el rigor de la perspectiva y los reflejos se ha llegado a sugerir que pudo servirse de una cámara oscura para producir sus obras. Creaciones muy destacadas son también los dos únicos paisajes de su mano que se conocen, en particular la Vista de Delft, obra que supera las realizaciones de los mejores paisajistas de la época.
Cristo en casa de Marta y María (h. 1654-1655, National Gallery of Scotland, Edimburgo)
JOHANNES VERMEER
Diana y las ninfas (h. 1655-1656, Mauritshuis, La Haya) JOHANNES VERMEERLa alcahueta (1656, Gemäldegalerie, Dresde)
Muchacha dormida (h. 1657, Metropolitan Museum, Nueva York)
Muchacha que lee una carta (h. 1657, Gemäldegalerie, Dresde)
La callejuela (h. 1657-1658, Rijksmuseum, Amsterdam)
Militar y muchacha sonriente (h. 1658, Frick Collection, Nueva York)
La lechera (h. 1658-1660, Rijksmuseum, Amsterdam)
La muchacha con el vaso de vino (h. 1659-1660, Brunswick)
Vista de Delft (h. 1660-1661, Mauritshuis, La Haya) JOHANNES VERMEER

“Como todo viajero por Holanda un día vine a Delft/ y entré en su cuadro:
Anduve por sus arenas amarillas y miré sus aguas que reflejaban nubes blancas sobre las casas ensombrecidas. Observé sus tejados rojos, sus torres soleadas y sus figuras humanas más allá de la vida. En la Schiedam Gate vi el reloj marcar para siempre las 7:10 y me sentí en cautivo en esa hora sin tiempo. “Hace mucho silencio en este espacio por el que camino con la mirada”, me dije. “Nunca hubiera creído que pudiese oírme tanto en este paisaje ajeno donde hace tanto cielo y tanta tierra. Será, tal vez, porque mis ojos han sido bañados por la luz de la mañana y hay un mundo donde sólo hablan los colores.”
Salí del Mauritshuis y partí hacia la ciudad que lleva el mismo nombre que el cuadro. Pero nunca llegué a ella, porque me había quedado en la ciudad pintada”.[1]
Lección de música (h. 1660-1661, Frick Collection, Nueva York)
La pesadora de perlas (h. 1662-1664, Rijksmuseum, Amsterdam)
Muchacha con turbante (h. 1665), Mauritshuis, La Haya)
El concierto (h. 1665-1666, Isabella Stewart Gardner Museum, Boston)
Muchacha con flauta (h. 1666-1667, National Gallery, Washington)
Muchacha con sombrero rojo (h. 1666-1667, National Gallery, Washington)
El astrónomo (1668, Louvre, París)
El geógrafo (h. 1668-1669, Städesches Kunstinstitut, Franckfurt)
La encajera (h. 1669-1670, Louvre, París)
Carta de amor (h. 1669-1670, Rijksmuseum, Amsterdam)
El taller del pintor (h. 1666-1673, Kunsthistorisches Museum, Viena)
Alegoría de la fe (h. 1671-1674, Metropolitan Museum, Nueva York).[2][1]Texto de Homero Aridjis, del libro Imágenes para el fin del Milenio (1986).
[2]Diccionario Interactivo de Biografías Océano. 2004

15 de agosto de 2008

ZOROASTRO

Si fue quien legó a los hombres este aforismo: «Cuando dudes si un acto es bueno o malo, abstente de practicarlo», Zoroastro fue el primero de los hombres después de Confucio.
Si esta sublime lección de moral se encontró escrita en el Sadder mucho después de la época de Zoroastro, bendigamos al autor de dicho libro. Pueden crearse dogmas y observarse ritos muy ridículos profesando excelente moral.
¿Quién era Zoroastro? El nombre parece derivar del griego y se cree que era medo. Los parsis actuales le llaman Zerdust, Zerdast o Zaradast. Se dice que no fue el primero de ese nombre, pues se habla de otros dos Zoroastros. Uno de ellos data de hace nueve mil años, que son muchos para nosotros, aunque sean pocos para el mundo. Nosotros sólo conocemos al tercer Zoroastro.
Los viajeros franceses Chardin y Tavernier nos han hecho saber algo de ese gran profeta, del que adquirieron noticias por medio de los guebros o parsis, todavía esparcidos por la India y Persia y que son excesivamente ignorantes. En cambio, el doctor Hyde, profesor de árabe en Oxford, nos ha hecho saber cien veces más de Zoroastro sin haber salido de su casa. Adivinó desde el oeste de Inglaterra la lengua que hablaban los persas en la época de Ciro y la cotejó con la lengua moderna de los adoradores del fuego. A él, especialmente, debemos la traducción del Sadder, en el que constan los principales preceptos de los devotos ignícolas o adoradores del fuego.
Las interesantes investigaciones de Hyde encendieron en el corazón del sabio orientalista francés Anquetil el deseo de viajar para aprender los dogmas de los guebros.
Viajó por la India con el fin de aprender en Surate, entre los parsis modernos, la lengua de los antiguos persas y leer en dicho idioma los libros del famoso Zoroastro, suponiendo que hubiera escrito.
Pitágoras, Platón y Apolonio fueron a Oriente en busca de la sabiduría, que no estaba allí, pero ningún hombre corrió tras esa divinidad oculta pasando tantas angustias, ni afrontando tantos peligros, como Anquetil, traductor de los libros atribuidos a Zoroastro. Ni las enfermedades, la guerra, los ingentes obstáculos que tuvo que vencer, ni la pobreza que es el primero y mayor de todos ellos, le hicieron desistir de su firme propósito.
Es una gloria para Zoroastro que un inglés escribiera su vida muchos siglos después de su época, y que luego un francés la volviera a escribir de forma diferente. Pero lo singular es que contemos entre los biógrafos antiguos del profeta a dos autores árabes, que cada uno redactara una historia distinta, y que las cuatro historias se contradigan de tal forma que nadie sea capaz de conocer la verdad.
El primer historiador árabe, Abu Mohamed Mustafá, refiere que el padre de Zoroastro se llamaba Espintaman, pero a renglón seguido dice que Espintaman no era su padre, sino su tatarabuelo. Respecto a su madre, dice que se llamaba Dogdu, Dodo o Dodu, una hermosa mujer hindú que describe muy bien el doctor Hyde.
El segundo historiador árabe, Bundari, asegura que Zoroastro era judío y fue un criado de Jeremías que engañó a su señor, y éste, por vengarse, le hizo contraer la lepra; el criado, por quitársela de encima, fue a predicar una nueva religión en Persia, donde consiguió que adoraran al sol en vez de adorar a las estrellas.
El doctor Hyde nos cuenta que el profeta Zoroastro vino del paraíso a predicar su religión en los dominios de Gustaf, rey de Persia, y éste le dijo: «Demuéstrame algo para que te crea». El profeta hizo crecer entonces ante la puerta del palacio un cedro tan corpulento y tan alto que ninguna cuerda podía rodearlo ni alcanzar el remate de su copa, y en su cima puso una hermosa habitación a la que ningún hombre podía subir. Y el rey quedó tan asombrado de este milagro que creyó en Zoroastro.
Cuatro magos envidiosos y malvados pidieron al portero real la llave de la habitación del profeta, mientras éste se hallaba ausente, y pusieron entre los libros de Zoroastro huesecillos de perros y gatos, y uñas y cabellos de muertos, elementos que, como es sabido, han usado los magos de todos los tiempos. Acto seguido, se presentaron al rey y acusaron al profeta de ser hechicero y envenenador. El rey mandó al portero que le abriera la habitación y encontrando lo dicho sentenció a la horca al enviado del cielo.
Cuando iban a ahorcar a Zoroastro, el caballo más hermoso del rey sufrió un percance extraño; se le metieron en el cuerpo las cuatro patas de tal modo que no se veían. Cuando el profeta lo supo prometió solemnemente curar al caballo a cambio del perdón. Aceptada su propuesta, hizo salir una pata del vientre del corcel, diciendo: «Señor, no sacaré la segunda pata si no prometéis abrazar mi religión». «Te lo prometo», contestó el rey. El profeta hizo aparecer la segunda pata del animal y luego exigió que los hijos del monarca también se convirtieran. Finalmente, la aparición de las dos patas restantes consiguió hacer numerosos prosélitos en la corte. Ahorcaron a los cuatro perversos magos en vez del profeta y toda Persia abrazó la religión de Zoroastro.
El orientalista Anquetil refiere poco más o menos los mismos milagros, pero embellecidos y aumentados. Por ejemplo, la infancia de Zoroastro debió ser milagrosa; según cuentan Plinio y Solín, cuando nació se echó a reír. En aquellos tiempos había muchos magos, muy poderosos, que vaticinaban que llegaría un día en que Zoroastro sabría más que ellos y los hundiría. El príncipe de los magos hizo que llevaran al niño a su casa con la intención de abrirle en canal, mas al iniciar esta operación se le secó la mano. Lo arrojaron al fuego para que muriera abrasado y el fuego se transformó para él en un bario de agua de rosas. Lo dejaron entre una manada de lobos y éstos fueron a buscar dos ovejas que le amamantaron toda la noche. Finalmente, comprendiendo que no podían quitarle la vida, lo devolvieron a su madre, la más excelente de todas las mujeres.
Y así son en todo el mundo las historias de los tiempos más remotos; por eso hemos dicho algunas veces que la leyenda es la más hermosa primogénita de la historia.
Quisiera, para solaz e instrucción, que los grandes profetas de la Antigüedad, Zoroastro, Mercurio, Trimegisto, Abaris y Numa, volvieran al mundo y discutieran con los filósofos menos sabios de nuestros días porque, sin duda, harían un papel ridículo. Serían unos mequetrefes charlatanes que no conseguirían vender sus drogas en la plaza pública, aunque repito que su moral es buena, porque la moral no es una droga. ¿Cómo pudo Zoroastro mezclar con tantas tonterías el sublime aforismo de abstenerse de obrar cuando dudemos de si es en bien o en mal? Por la sencilla razón de que los hombres están llenos de contradicciones.[1]
Ver también: Zaratustra
[1] Voltaire. Diccionario Filosófico. Edición digital. http://www.librodot.com/

13 de agosto de 2008

A contrario sensu

A contrario sensu es una locación latina que significa, en sentido contrario.[1]
[1] ORTIZ SANCHEZ MONICA & PÉREZ PINO VIRGINIA. LEXICO JURIDICO PARA ESTUDIANTES. EDITORIAL TECNOS (GRUPO ANAYA, S. A.), 2004 Juan Ignacio Luca de Tena, 15 - 28027 Madrid

8 de agosto de 2008

Zaratustra

(Rages, actual Irán, 628 a.C.-?, 551 a.C.) Profeta iraní, fundador del zoroastrismo. Vivió en el Irán nororiental (Afganistán o Uzbekistán actuales). Su doctrina suscitó una fuerte oposición entre los sacerdotes mazdeístas, pero fue aumentando lentamente su difusión gracias a la protección del príncipe Vistapa. La Avestia conserva estrofas atribuidas al profeta, en las que éste dialoga con su dios, Ahura Mazda. El zoroastrismo se presenta como una depuración, tal vez iniciada antes de la aparición del profeta, de la antigua religión iraní. Su reforma, caracterizada por una elevada conciencia del bien y del mal, insistió en la trascendencia divina y predicó una moral de la acción fundada en la certeza del triunfo de la justicia. En su evolución posterior, el zoroastrismo sufrió alteraciones: se reincorporaron antiguas deidades, se atribuyó carácter divino a Zaratustra y se adoptó un dualismo radical. [1]Ver también: Los medos

[1] Diccionario Interactivo de Biografías Océano. 2004

Alfonso VI el Bravo

(¿?, 1040-Toledo, 1109) Rey de Castilla y León. Tras la muerte de su padre, Fernando I, en 1065, Alfonso recibió el reino de León, a lo que se opuso su hermano Sancho, que había recibido Castilla. Alfonso fue derrotado en Llantada en 1068, y en Golpejera, en 1072, y fue obligado a exiliarse junto con su hermano García. A la muerte de Sancho, asesinado mientras asediaba a su hermana Urraca en Zamora, Alfonso fue llamado para ser coronado rey, pero antes tuvo que realizar, por instigación de la nobleza castellana encabezada por Rodrigo Díaz, el Cid, un juramento por el cual se auto exculpaba de haber tenido relación con la muerte de su hermano. En 1085, Alfonso VI logró apoderarse de Toledo, lo cual le dio un gran prestigio. Sin embargo, los reinos de taifas de Badajoz y Sevilla llamaron en su ayuda a los almorávides del norte de África, los cuales derrotaron a Alfonso VI en la batalla de Sagrajas, en 1086, acción militar que significó el punto de arranque una difícil etapa que marcaría los últimos años de su reinado. [1]
[1] Diccionario Interactivo de Biografías Océano. 2004

FENICIOS Y AMERICA

El verdadero descubrimiento de América se produjo cuando esas primeras bandas de cazadores llegaron de Siberia, hace veinticinco mil años. Pero parece que esto nunca se toma en cuenta. Cuando la gente habla del «descubrimiento de América», invariablemente se quiere significar su descubrimiento por los europeos.
La tentación a hacerlo surge, no sólo de una tendencia natural de la gente a considerar su propia historia como de primera importancia, sino también del hecho de que sólo después del descubrimiento de las Américas por los europeos hubo una historia documentada de estos continentes. Prácticamente no conocemos detalles concernientes a la historia india anterior a la llegada de los europeos, y sin esos detalles es fácil ser bastante injustos como para descartar totalmente la historia india, y con ella a los indios.
Pero aunque restrinjamos el descubrimiento de América a la primera aparición de europeos en su suelo, aún quedan por responder algunas preguntas. ¿Cuándo se produjo esa primera aparición? La respuesta habitual es que se produjo con el viaje del osado navegante Cristóbal Colón, y, ciertamente, desde esa época, los europeos han estado continuamente en las Américas.
Pero, ¿hubo viajes antes de Colón? ¿Hubo descubrimientos que han sido olvidados?
Si nos remontamos hacia atrás en la historia de la civilización, hallamos leyendas que hablan de misteriosas tierras situadas en el lejano Oeste. Es posible imaginar que estas leyendas reflejan brumosos recuerdos de algún desembarco en América. Los antiguos griegos, por ejemplo, ya en época de Hesíodo, que vivió en el siglo VIII a.C., hablaban de las «Islas de los Bienaventurados». Estas eran descritas como una tierra de Utopía en las lejanas partes occidentales del océano, donde las almas de los héroes vivían eternamente.
Pero, sin duda, los griegos de la época de Hesíodo no pueden haber llegado a América. En verdad, estaban dedicados a aventuras de colonización, mas, para ellos, el horizonte del mundo conocido era el borde oriental del mar Negro, por una parte, y los tramos occidentales del mar Mediterráneo, por la otra.
Seguramente, había hombres que habían llegado mucho más allá del horizonte griego, muchos siglos antes de la época de Hesíodo. Hubo hombres que vivieron a lo largo de las costas atlánticas de Europa y de las costas del Pacífico en China. Pero ellos no cuentan, tampoco, y se ignoran sus descubrimientos de nuevas tierras. Cuando hablamos de un descubrimiento, habitualmente sólo cuentan los miembros de nuestra vieja civilización occidental.
Así, cuando hablamos del descubrimiento del océano Atlántico, no nos referimos a las primeras tribus de hombres que llegaron a la costa de lo que hoy es Francia, España y el África Occidental. Hablamos, en cambio, de barcos de alguna nación civilizada del Mediterráneo oriental que pasaron por primera vez por el estrecho de Gibraltar para entrar en el océano abierto.
De acuerdo con esta línea de razonamiento, el Atlántico fue descubierto, con toda probabilidad, por los fenicios[1], quienes fueron los más osados marinos del mundo antiguo. En fecha tan temprana como el 1100 a.C., según la tradición, barcos fenicios cruzaron el estrecho y fundaron un puesto comercial en el sitio de la moderna ciudad de Cádiz, ochenta kilómetros más allá.
Los fenicios exploraron las costas atlánticas de Europa y África y, hacia el 900 a.C., quizá llegaron tan al Norte como la isla de Britania. La Península de Cornualles y las Islas Scilly, frente a la punta de esta península, quizá hayan sido las «Islas del Estaño» de la Antigüedad, y las fuentes del estaño, tan necesario para la elaboración del bronce.
Abriéndose camino por la costa africana hacia el Sur, los fenicios descubrieron las Islas Canarias, como se las llama ahora, a unos cien kilómetros frente a la costa de lo que es hoy el sur de Marruecos. Fue tal vez la existencia de las islas Canarias de la que oyeron hablar los griegos de tiempos de Hesíodo de un modo vago y brumoso, y quizás ellas dieron origen a la leyenda de las «Islas de los Bienaventurados».
Pero el viaje más notable de los fenicios tuvo lugar en el 600 a.C. Pagada por un monarca egipcio, una flota fenicia pasó tres años circunnavegando el continente africano. La única noticia que tenemos de este viaje proviene de un historiador griego, Heródoto, quien escribió su obra alrededor del 430 a.C.
Heródoto no creyó el relato de los viajeros fenicios porque éstos afirmaban que, en las regiones meridionales de África, el sol de mediodía aparecía en la región septentrional del cielo. Puesto que el sol de mediodía, cuando es contemplado desde cualquier tierra mediterránea, es visto siempre hacia el Sur, Heródoto pensó que esto debía ser una ley invariable de la naturaleza y afirmó enfáticamente que la historia del viaje fenicio era una fábula.
Pero el extremo meridional de África se halla en la Zona Templada Meridional, y desde allí el sol de mediodía se ve siempre, en verdad, hacia el Norte. La mera circunstancia de que los fenicios describiesen este hecho aparentemente imposible nos dice que realmente llegaron hasta allí, y probablemente circunnavegaron, en efecto, África.
Y puede ser que algunos fenicios hayan hecho algo más sorprendente aun. Se suponía que una vieja inscripción descubierta en Brasil en 1872 estaba escrita en fenicio y hablaba de un barco al que las tempestades habían apartado de su flota, que efectuaba un viaje de circunnavegación. ¿Puede haber ocurrido esto? La distancia entre la parte más occidental de África y la parte más oriental de Brasil es de sólo 2.600 kilómetros: es la parte más estrecha del Atlántico. La inscripción fue rápidamente descartada como un fraude, pero en 1968 Cyrus H. Gordon, de la Universidad Brandeis, afirmó que tal vez fuese genuina.
Si lo es, la inscripción es testimonio del primer descubrimiento de las Américas por hombres civilizados del Cercano Oriente, dos mil años antes de Colón. Pero el descubrimiento fue accidental; las noticias de él nunca llegaron al mundo mediterráneo, por lo que no constituye un descubrimiento efectivo. No dio origen a otros viajes ni a un comercio o una colonización sistemáticos.
El primer griego que se aventuró realmente por el océano Atlántico fue Piteas de Massalia. Alrededor del 300 a.C., navegó por el estrecho de Gibraltar y luego hizo proa al Norte. Sus relatos, que no han sobrevivido directamente, pero nos han llegado por referencias de autores posteriores, parecen indicar que exploró la isla de Gran Bretaña y luego navegó hacia el Noroeste, a una tierra llamada «Tule», que posiblemente era Islandia o Noruega. Allí, la bruma detuvo al intrépido navegante, que volvió para explorar las costas septentrionales de Europa y penetrar en el mar Báltico.
Si los griegos quedaron detrás de los fenicios en la práctica real de aventurarse en pleno océano, en cambio fueron más avanzados que ellos en la teoría. Los griegos fueron los primeros que tuvieron idea de la forma esférica de la Tierra, y uno de ellos, Eratóstenes de Cirene, hasta estimó su tamaño. Alrededor del 250 a.C., calculó que la circunferencia de la Tierra es de unos 40.000 kilómetros, cálculo muy correcto.
La idea de una Tierra esférica plantea automáticamente la posibilidad de navegar hacia el Oeste para llegar al Este (o a la inversa); en otras palabras, de circunnavegar el mundo.
Aunque la circunnavegación puede haber parecido teóricamente posible, quedaba en pie la cuestión de si era prácticamente posible. Podía haber inesperados peligros en las profundidades del océano. Las regiones tropicales podían ser demasiado cálidas para penetrar en ellas, y las regiones polares demasiado frías. Podía haber bajíos en los que quedasen varados los barcos que se aventurasen demasiado lejos, o corrientes que les impidieran retornar.
Además, estaba el mero hecho de la distancia. Si la Tierra tenía una circunferencia de 40.000 kilómetros y si la distancia desde España hasta las remotas regiones orientales de Asia era de 14.500 kilómetros (como es realmente), entonces, llegar al Asia Oriental navegando hacia el Oeste suponía atravesar 25.500 kilómetros, presumiblemente de océano ininterrumpido. Ningún barco de tiempos antiguos podía hacer ese viaje.
Claro que Eratóstenes podía estar equivocado. Otro geógrafo griego, Posidonio de Apamea, repitió el cálculo de Eratóstenes, alrededor del año 100 a.C., y llegó a la conclusión de que la Tierra sólo tenía 28.500 kilómetros de circunferencia. Estaba equivocado, pero su estimación fue más popular.
El más influyente geógrafo de la Antigüedad fue Claudio Tolomeo, quien en 130 d.C. escribió un libro que fue, durante quince siglos, la obra más importante sobre geografía y astronomía. Tolomeo adoptó para la circunferencia de la Tierra la cifra menor y la convirtió en «oficial». Más aun, calculó la extensión de tierra que había entre España y lo que hoy llamaríamos la costa de China en unos 19.000 kilómetros (cifra que contiene un exceso de 5.000 kilómetros).
Esto significa que la extensión de océano entre el oeste de Europa y el este de Asia quizás era sólo de unos 10.000 kilómetros. Aún era una distancia demasiado grande para que pudiese recorrerla cualquier barco de la época, pero sin duda brindaba más esperanzas que los 25.000 kilómetros anteriores.
Tal esperanza no sería puesta a prueba pronto. En tiempos de Tolomeo, las civilizaciones fenicia y griega habían decaído desde hacía siglos, y por mil años no volvería a haber marinos como los fenicios. En cambio, ahora el Imperio Romano dominaba todas las costas del Mediterráneo.
Los romanos se expandieron a lo largo y a lo ancho por tierra; surgieron ciudades romanas en África occidental, en España y en Britania. Pero no eran un pueblo marino y ningún romano pensó nunca en aventurarse muy lejos en el océano.
En verdad, después de que las provincias occidentales del Imperio Romano fueron ocupadas por tribus germánicas, en el siglo V, el conocimiento geográfico decayó en Europa Occidental. La nueva religión del Islam surgió en Arabia en el siglo VII y, en 730 d.C., todo el norte de África y hasta España estaban en manos de los musulmanes, como se llama a los creyentes del Islam. Los europeos occidentales quedaron aislados del Sur y el Este, y tanto África como Asia se perdieron en el mito y la leyenda.[2] Ver también Predescubrimiento de América
[1] Véase mi libro La Tierra de Canaán, Alianza Editorial, Madrid. 1980.
[2] Asimov Isaac. La formación de América del Norte. Alianza Editorial, S.A. Madrid, 1983.

6 de agosto de 2008

Navidad

Navidad ha sido reubicado en nuestro blog principal.

Los indios

La humanidad, muy probablemente, tuvo su origen en África. Los más antiguos rastros de «homínidos» (seres que se asemejan al hombre en sus características más que cualquier otra forma de vida) han sido hallados en África. Los más cercanos parientes del hombre en el reino animal, el chimpancé y el gorila, sólo se encuentran aún en África, excepto casos individuales que han sido llevados a otras partes por mediación humana.
Durante el par de millones de años de existencia de los homínidos, éstos se expandieron por ámbitos cada vez mayores, pero siempre estuvieron limitados a regiones que podían alcanzar sin atravesar una gran masa de agua. Todos los fósiles de los primeros homínidos, que son distintivamente más primitivos que el hombre moderno, sólo se han encontrado en África, Europa y Asia, las tres masas terrestres contiguas que constituyen lo que a veces recibe el nombre de la Isla del Mundo. También pueden hallarse vestigios en las islas situadas frente a las costas de esos continentes.
Todavía hace veinticinco mil años, cuando todos los homínidos primitivos habían desaparecido y sólo existía una especie, el Homo sapiens, u hombre moderno, la humanidad aún se hallaba confinada a la Isla del Mundo. Los continentes americanos, aislados, más allá del Atlántico, de una parte de la Isla del Mundo y, más allá del Pacífico, de la otra parte, aún estaban vacíos de hombres. Ningún vestigio de homínidos más primitivos que el hombre se ha encontrado nunca en ninguna parte de las Américas.
Pero hay un lugar en el que los continentes americanos se acercan a la Isla del Mundo, y ese lugar es la región del extremo septentrional del Pacífico. Allí la punta noroccidental de América del Norte y la punta nororiental de Asia se acercan y están a corta distancia una de otra. Los dos continentes están separados hoy por un estrecho que no tiene más de 90 kilómetros de ancho; también hay, a mitad de camino, un par de islas pequeñas.
Ha habido tiempos en que el estrecho era aun menor. A lo largo de toda la historia de los homínidos ha habido una sucesión de períodos glaciales durante los cuales las regiones polares de la Tierra estuvieron cubiertas por vastos casquetes de hielo que se extendían sobre miles de kilómetros desde los polos en todas las direcciones. Durante esos períodos, era tanta la cantidad de agua del planeta acumulada en grandes masas de hielo que cubrían las superficies terrestres que el nivel del océano descendió considerablemente.
A medida que el nivel del océano descendió, el estrecho entre Asia y América del Norte se hizo menor y, finalmente, desapareció, dejando un puente de tierra entre los continentes.
El último período de glaciación se extendió desde unos treinta mil años hasta hace unos diez mil años. En su punto culminante, el nivel del océano descendió hasta dejar un puente terrestre de 2.100 kilómetros entre Asia y Norteamérica. Cuando los glaciares empezaron a retirarse, el nivel del océano empezó a elevarse; pero los continentes no se separaron completamente, quizá, hasta alrededor del 7000 a. C.
Durante la última glaciación, el Homo sapiens fue el homínido dominante, probablemente el único que quedaba, y ciertamente superaba en número a todos los homínidos que existieron en cualquier glaciación anterior. Por primera vez, quizá, los homínidos penetraron en los tramos nororientales de Asia.
Las glaciaciones fueron más extensas en el lado atlántico del Polo Norte que en el lado del Pacífico. La Siberia nororiental y Alaska estuvieron relativamente libres de hielos. El clima no era en modo alguno agradable, pero pequeñas bandas de hombres podían mantenerse como cazadores de mamuts y otros grandes animales de la época.
Luego, tal vez alrededor del 25000 a.C., algún grupo cazador que seguía las pistas de los mamuts se abrió camino por el estrecho. En realidad, es difícil saber el momento exacto en que esto ocurrió o conocer los detalles del suceso, a causa de los pocos vestigios que dejaron los primeros inmigrantes. Casi no hay restos de esqueletos: hasta ahora, sólo se han hallado en los continentes americanos unos veinte cráneos antiguos. La mayor parte de los datos concernientes a la población primitiva son antiguas cabezas de flecha de piedra y otras reliquias de este género. Y quizá los más antiguos y mejores elementos de juicio se hallan ahora bajo el agua, enterrados cuando el nivel del océano se elevó al fundirse los glaciares.
Otros grupos de caza siguieron al primero. Los que entraron en Alaska se dirigieron al Sur y al Sudeste, siempre en busca de más y mejor caza. Grupos adicionales siguieron sus huellas, mientras permaneció abierto el puente terrestre entre los continentes. Durante miles de años, los cazadores se expandieron y, hacia el 8000 a.C., cuando los glaciares iniciaron su última retirada, el hombre se había abierto camino por todos los rincones apropiados de los continentes americanos, desde el Polo Norte hasta el Polo Sur.
Esos primeros habitantes de las Américas presentan ciertas semejanzas con los habitantes de Asia Oriental, a juzgar por sus actuales descendientes de ambos continentes. Pero la semejanza no es completa. Los americanos originales (a quienes llamamos «indios» por razones que explicaremos más adelante) no tienen la forma de párpados o el rostro más bien plano de los asiáticos orientales. Los indios tienen narices prominentes y su piel parece, en general, más rojiza que la de los asiáticos orientales, más bien cetrinos.
Por la época en que los indios se expandieron por las Américas, la agricultura estaba empezando en el sudoeste de Asia y se daban los primeros pasos hacia lo que llamamos «civilización». Los habitantes de las Américas, hasta donde llega nuestro conocimiento, estaban aislados de esos procesos. No tuvieron ocasión de comerciar con regiones civilizadas y de aprender de ellas, como los primeros habitantes de Europa occidental, por ejemplo.
Sin embargo, esto no significa que los indios permanecieran sumergidos en las tinieblas. Descubrieron la agricultura de forma independiente. Alrededor del 5000 a.C., los comienzos de la agricultura aparecieron en la tierra que hoy llamamos México; hacia el 3000 a.C., los indios mexicanos habían desarrollado una cultura agrícola completa. Alrededor del 2000 a.C., hicieron su mayor y más importante avance cuando aprendieron a cultivar maíz, que fue luego su alimento vegetal básico. Hacia el 1000 a.C., cultivaban judías.
A medida que la agricultura se desarrolló y la provisión de alimentos se hizo más segura, fue posible apartar energías humanas de la tarea de asegurarse lo esencial para la vida y dedicarlas a esas actividades adicionales que constituyen la civilización. Hacia el 1500 a.C., había templos y ciudades en México.
Y las civilizaciones indias no fueron insignificantes. Cuando en 1519 d.C. los europeos llegaron a México, hallaron que su capital, Tenochtitlan (donde está la actual Ciudad de México), era más grande de lo que eran París o Roma en aquel entonces. Encontraron que los indios mexicanos tenían un calendario mejor que el de los europeos, y también un sistema sanitario público mejor. (Los indios pensaban que los europeos olían mal, y dejaron bien en claro que pensaban así, lo cual, naturalmente, ofendió a los europeos).
La agricultura se expandió desde México y, hacia el 1000 a.C., estaba empezando a penetrar en las regiones que hoy forman parte de los Estados Unidos. Los indios del Valle del Mississippi, desde los Grandes Lagos hasta el Golfo de México, crearon aldeas y se acercaron a lo que podríamos llamar civilización. Los más claros rastros que tenemos de ese período primitivo son sus túmulos funerarios. Estos formaban círculos, elipses, cuadrados, octógonos, etcétera, y a veces tenían 25 metros de alto y cubrían 25 y hasta 50 acres. En ocasiones, los túmulos tenían formas complejas, que representaban claramente a un animal o un ave.
Lamentablemente, hubo un retroceso cultural en tiempos posteriores, quizás a causa de las incesantes guerras tribales que padecían los indios, y cuando los europeos aparecieron en la región, la cultura de los túmulos había desaparecido. En el siglo XIX se pensó que los túmulos correspondían a una cultura de «Constructores de Túmulos» que no estaba relacionada con los indios. Esto dio origen a muchas especulaciones extravagantes sobre inmigraciones pre-indias a América desde Europa, pero todas ellas han sido abandonadas. Parece ahora totalmente seguro que los Constructores de Túmulos eran indios.
Otro tipo de cultura semejante a una civilización apareció en el actual sudoeste norteamericano. Los indios de esa región construyeron complejos edificios con ladrillos secados al sol. Uno de tales «pueblos», en lo que es ahora Nuevo México, tenía un edificio de cuatro pisos, con 800 habitaciones, y alojaba a 1.200 personas. Fue construido alrededor del año 1000 d.C. y abandonado antes del 1300 d.C., probablemente porque la creciente sequía de la región hacía imposible sustentar a tal concentración de personas.
No obstante, pese a sus elevados niveles de civilización o cercanos a la civilización, los indios no podrían hacer frente a los europeos, quienes tenían mayor unidad cohesiva, un arte de la guerra más desarrollado y, sobre todo, tenían armas de fuego.Es difícil saber cuántos indios había en las Américas por el tiempo en que llegaron los europeos. Algunas estimaciones hacen elevar el total a 25 millones. De éstos, quizás un millón habitaba al norte del río Grande.[1]
Ver tambien: Origen del hombre
[1] Asimov Isaac. La formación de América del Norte. Alianza Editorial, S.A. Madrid, 1983.

5 de agosto de 2008

ADÁN

Mucho se ha hablado y escrito sobre Adán y Eva. Los rabinos han divulgado multitud de historietas sobre Adán y resultaría tan vulgar repetir lo que otros dijeron, que vamos a aventurar respecto a Adán una idea que se nos antoja nueva o que al menos no se halla en los autores antiguos, en los Padres de la Iglesia, ni en ningún predicador teólogo conocido. Me refiero al total silencio que sobre Adán guardó toda la tierra habitable, excepto Palestina, hasta la época en que empezaron a conocerse en Alejandría los libros hebreos, cuando se tradujeron al griego en el reinado de los Tolomeos. Pero, aun entonces, fueron poco conocidos. Los libros de entonces eran escasos y caros. Además, los judíos de Jerusalén estaban tan enfadados con los de Alejandría, proferían tantas acusaciones por haber traducido la Biblia en lengua profana, les injuriaban tanto por ello, que los hebreos alejandrinos ocultaron esa traducción mientras les fue posible. Buena prueba de ello es que ningún autor griego ni romano la menciona hasta el reinado del emperador Aurelio.
El historiador Josefo, al responder a Apión (Historia antigua de los judíos, lib. I, capítulo IV), confiesa que los judíos estuvieron mucho tiempo sin tener trato alguno con las demás naciones. Son sus palabras: «Habitamos un territorio muy lejos del mar. No nos dedicamos al comercio y no nos comunicamos con los demás pueblos. No es, pues, de extrañar que nuestra nación, apartada del mar y sin haberse ocupado de escribir, sea tan poco conocida».
A nosotros sí que nos extraña que Josefo diga que su nación hacía alarde de no escribir cuando tenía publicados ya veintidós libros canónicos, sin contar el Targum de Onkelos.
Aunque debemos considerar que veintidós volúmenes muy pequeños, nada significaban comparados con el gran número de libros que componían la biblioteca de Alejandría, cuya mitad fue quemada en la guerra de César. De lo que no cabe duda es que los judíos habían escrito y leído muy poco, eran profundamente ignorantes en astronomía, geometría, geografía y física, no conocían la historia de los demás pueblos y que empezaron a instruirse en Alejandría. Su lengua era una mezcla bárbara del antiguo fenicio y de caldeo corrompido, y tan pobre que carecía de algunos de los modos en la conjugación de los verbos.
Por lo tanto, al no comunicar a ningún extranjero sus libros ni sus títulos, ningún habitante de la tierra a excepción de ellos había oído hablar de Adán, Eva, Abel, Caín y Noé. Sólo Abrahán, con el tiempo, llegó a ser conocido en los pueblos orientales, pero ningún pueblo antiguo creía que Abrahán o Ibraim fueran el tronco del pueblo hebreo
Tan insondables son los designios de la Providencia que el género humano ignoró a su padre y a su madre hasta tal punto que los nombres de Adán y Eva no se encuentran en ningún autor griego, en Grecia, Roma, Persia, Siria, ni en la misma Arabia, hasta la época de Mahoma. Dios permitió que los títulos de la gran familia humana los conservara la más pequeña y desventurada parte de la misma.
¿Cómo es posible que a Adán y Eva los desconocieran todos sus hijos? ¿A qué se debe que no hallemos en Egipto ni en Babilonia ningún rastro, ninguna tradición de nuestros primeros padres? ¿Por qué Orfeo, Limus y Tamaris no se ocupan de ellos? De haber sido citados nos lo hubieran dicho Hesiodo y Homero, que se ocupan de todo excepto de estos protoautores de la raza humana.
Clemente de Alejandría, que nos ha legado tan valiosos testimonios de la Antigüedad, hubiera mencionado en algún pasaje a Adán y Eva. Eusebio, en su Historia Universal, que nos ofrece las pruebas más remotas de esa misma Antigüedad hubiera podido siquiera aludir a nuestros primeros padres. Está probado, pues, que fueron por completo desconocidos de las naciones antiguas.
En el libro de los brahmanes titulado el Ezour-Veidam se encuentran el nombre de Adimo y el de Procriti, su mujer. Si Adimo tiene algún parecido con Adán, los hindúes contestan a esto: «Fuimos una gran nación establecida en las riberas del Indo y en las del Ganges, muchos siglos antes que la horda hebrea se estableciera en las orillas del Jordán. Los egipcios los persas y los árabes venían a aprender de nuestro pueblo y a comerciar con él cuando los judíos eran todavía desconocidos para el resto de los hombres; es obvio, pues, que no pudimos copiar nuestro Adimo de su Adán. Nuestra Procriti en nada se parece a su Eva, y por otro lado su historia es completamente distinta. Es más, el Vedas, cuyo comentario es el Ezour-Veidam, pasa entre nosotros por ser más antiguo que los libros judíos, y el Vedas es una nueva ley dictada a los brahmanes mil quinientos años después de la primera, llamada Shasta».
Esas son, poco más o menos, las objeciones que los brahmanes suelen oponer, aún hoy, a los comerciantes de nuestros países que van a la India y les hablan de Adán y Eva, Abel y Caín.
El fenicio Sanchoniathon, que vivía indudablemente antes de la época en que situamos a
Moisés, y que Eusebio cita como autor auténtico, atribuye diez generaciones a la raza humana, al igual que Moisés, hasta la época de Noé. Pues bien, al reseñar esas diez generaciones no habla de Adán y Eva, de ninguno de sus descendientes y ni siquiera de Noé. Pero aún hay más, los nombres de los primeros hombres, sacados de la traducción griega que hizo Filón de Biblos, son: Kou, Genos, Fox, Libau, Uson, Halieus, Chrisor,
Tecnites, Agrove y Anime. Ellos constituyen las diez primeras generaciones. En ninguna de las antiguas dinastías de Caldea, ni en las de Egipto, encontramos el nombre de Adán ni el de Noé. En resumen, todo el mundo antiguo calla su existencia.
Preciso es confesar que no ha habido ejemplo alguno de semejante olvido. Todos los pueblos se han atribuido orígenes legendarios, creyendo raras veces en su origen verdadero.
Es incomprensible que el padre de todas las naciones de la tierra fuera desconocido durante muchísimo tiempo; su nombre debía haber corrido de boca en boca de un extremo a otro del mundo, siguiendo el curso natural de las cosas humanas. Humillémonos ante los decretos de la Providencia que permitió tan asombroso olvido.
Todo fue misterioso y recóndito en la nación que dirigía Dios, en la nación que abrió el camino del cristianismo, y que fue el olivo borde en el que se injertó el olivo cultivado. Los nombres de los progenitores del género humano, desconocidos para los hombres, deben ocupar la categoría de los grandes misterios.
Me atrevo a afirmar que fue necesario un verdadero milagro para cerrar los ojos y oídos de todos los pueblos, y destruir en ellos la memoria y hasta el vestigio de su primer padre. ¿Qué hubieran respondido César, Antonio, Craso, Pompeyo Cicerón, Marcelo y Metelo al infeliz judío que, al venderles un bálsamo, les hubiera dicho: «Todos nosotros descendemos del padre común llamado Adán»? El Senado romano en pleno le hubiera contestado: «Enseñadnos nuestro árbol genealógico». Entonces el judío hubiera aducido las diez generaciones hasta Noé, hasta la inundación de todo el Globo por el diluvio, que también fue otro secreto. El Senado le hubiera objetado preguntándole cuántas personas había dentro del arca para alimentar a todos los animales en diez meses y todo el año siguiente, durante el cual no se podrían procurar ninguna clase de alimento. El judío les contestaría: «Había en el arca ocho personas, Noé y su mujer, sus tres hijos Sem, Cam y
Jafet, y las esposas de éstos. Toda esa familia descendía de Adán por línea directa».
Cicerón se habría enterado a no dudar de los monumentos y testimonios irrefutables que
Noé y sus hijos hubieran dejado en el mundo de nuestro padre común. Después del diluvio, en toda la tierra hubieran resonado los nombres de Adán y de Noé, el uno como padre y el otro como restaurador de las razas humanas, sus nombres hubieran salido de todas las bocas en cuanto hablaran, figurarían en todos los pergaminos que se escribieran y en las puertas de los templos que se edificaran, en las estatuas que se les erigieran. «Conocíais tan trascendental secreto y nos lo habéis ocultado», exclamaría el Senado, y el judío replicaría: «Es que los hombres de mi nación somos puros y vosotros sois impuros». El senado romano se echaría a reír o mandaría que azotaran al judío. ¡Tan aferrados están los hombres a sus prejuicios!
La piadosa Madame de Bourignon afirma que Adán fue hermafrodita como todos los primeros hombres del divino Platón. Dios reveló ese gran secreto a la devota dama, pero como no me lo ha revelado a mí, no me ocuparé de él. Los rabinos judíos que leyeron los libros de Adán conocen el nombre de su preceptor y el de su segunda mujer, pero como tampoco he leído los libros de nuestro primer padre tampoco trataré de ellos. Algunos espíritus hueros, aunque muy instruidos, se asombran al leer en el Veda de los antiguos brahmanes que el primer hombre fue creado en la India, que se llamaba Adimo, que significa engendrador, y que su mujer se llamaba Procriti, que significa vida. Aseguran que la secta de los brahmanes es más antigua que la de los judíos y que éstos sólo pudieron escribir bastante más tarde en lengua cananea, puesto que ellos se establecieron muy tarde en el pequeño país de Canaán. Añaden que los hindúes siempre fueron inventores, que los judíos siempre imitaron; que aquéllos fueron ingeniosos y éstos zafios; que no se comprende que Adán, que era rubio y de pelo largo, fuera el padre de los negros, que son del color de la tinta y tienen por pelo lana negra y encrespada. Y no sé cuántas cosas más.
Yo nada digo sobre esto. Dejo estas indagaciones al reverendo padre Berruyer, de la Compañía de Jesús, que es el autor más inocente que he conocido. Quemaron su obra porque juzgaron que quiso poner la Biblia en ridículo. Pero yo no puedo creer que tuviera ingenio para ello.
No vivimos ya en un siglo en que pueda examinarse seriamente si Adán poseyó o no la ciencia infusa. Los que promovieron durante mucho tiempo esta cuestión era porque carecían por igual de ciencia infusa y de ciencia adquirida.
Resulta tan difícil saber en qué época se escribió el libro del Génesis que habla de Adán, como conocer la fecha de los Vedas y de otros antiguos libros asiáticos. Pero es importante notar que no permitían a los judíos leer el primer capítulo del Génesis antes de cumplir los veinticinco años. Muchos rabinos dicen que la creación de Adán y Eva y su historia sólo es una alegoría. Todas las naciones antiguas conocidas han ideado alegorías semejantes, y como por un acuerdo singular, que denota la debilidad de nuestra naturaleza, todas han explicado el origen del mal moral y del mal físico de forma muy parecida. Los caldeos, los indios, los persas y los egipcios se han explicado casi de igual modo la mezcla del bien y del mal inherente a la naturaleza humana. Los judíos que salieron de Egipto conocían la filosofía alegórica de los egipcios; más tarde mezclaron sus vagos conocimientos adquiridos con los que aprendieron de los fenicios y de los babilonios durante su larga esclavitud. Ahora bien, como es natural y lógico que el pueblo grosero imite groseramente las ideas de un pueblo civilizado, no debe extrañar que los judíos inventaran que la primera mujer fue formada de la costilla del primer hombre, que soplase Dios en el rostro de Adán el espíritu de la vida, que prohibiera Dios comer el fruto de cierto árbol y que el quebranto de esta prohibición produjera la muerte, el mal físico y el mal moral. Imbuidos en la idea que adquirieron en pueblos más antiguos de que la serpiente es un ser muy astuto, le atribuyeron fácilmente el don de la inteligencia y el don de la palabra.
Este pueblo, que por estar arraigado en un rincón de la tierra la creía larga, estrecha y plana, pensó también que todos los hombres descendían de Adán sin suponer siquiera que pudieran existir los negros, cuyo aspecto es muy distinto del nuestro, y sin imaginar que éstos ocupaban vastas regiones. Como tampoco podían imaginar la existencia de América.
Es sumamente extraño que se permitiera al pueblo judío leer el Éxodo, pródigo en milagros, y no les dejaran leer antes de los veinticinco años el primer capítulo del Génesis, en el que todo es milagroso porque trata de la creación. Debió ser, por el modo singular de expresarse el autor en el primer versículo: «En el principio hicieron los dioses el cielo y la tierra»[1] (1). Temían, sin duda, dar ocasión a los judíos jóvenes para que adorasen múltiples dioses. Esto pudo ser también porque Dios, que creó al hombre y a la mujer en el primer capítulo, los rehace en el segundo, y no querían que la juventud se enterase de esta apariencia de contradicción. O porque se dice en este capítulo que los dioses hicieron al hombre a su imagen y semejanza y esta frase presentaba a los ojos de los judíos un Dios demasiado corporal. O porque diciéndose en el susodicho capítulo que Dios sacó una costilla a Adán para formar a la mujer, los muchachos que no se chuparan el dedo se palparían las costillas y verían que no les faltaba ninguna. O acaso también porque Dios, que acostumbraba a pasearse al mediodía por el jardín del Edén, se burló de Adán después de su caída y su tono satírico pudiera inspirar a la juventud afición a las burlas. Cada línea del capítulo en cuestión proporciona razones plausibles para prohibir su lectura, pero si nos fundamos en dichas razones no se comprende cómo se permitió la lectura de los demás capítulos.
No nos ocuparemos aquí de la segunda mujer de Adán, llamada Lilith, que los rabinos le atribuyen, porque reconocemos que sabemos muy pocas anécdotas de su familia. [2]
[1] Los dioses esta es la exacta traducción de la palabra Elohim. Con frecuencia se cita esa palabra para demostrar que la lengua hebrea fue hablada en época muy antigua por algún pueblo politeísta.
[2] Voltaire. Diccionario Filosófico. Edición digital. http://www.librodot.com/

3 de agosto de 2008

ABRAHAN

ABRAHÁN. No vamos a tratar ahora de la parte divina que se atribuye a Abrahán, porque la Biblia ya dice de esto todo lo que debe decir. Sólo nos vamos a ocupar con el mayor respeto de su aspecto profano, relacionado con la geografía, con el orden de los tiempos y con los usos y las costumbres, cosas todas ellas que por estar íntimamente unidas con la Historia Sagrada son arroyos que deben conservar algo de la divinidad de su origen.
Abrahán, aunque nacido en las orillas del Éufrates, es un personaje importante para los occidentales, pero no para los orientales, que, sin embargo, le respetan. Los mahometanos sólo poseen cronología cierta desde su hégira. La historiografía, perdida de forma absoluta en los sitios donde acaecieron los grandes sucesos, llegó al fin a nuestras latitudes donde se desconocían esos hechos. Discutimos, sobre todo, lo que sucedió en el Éufrates, el Jordán y el Nilo, ya que los actuales poseedores de esos ríos disfrutan de esos países tranquilamente sin enzarzarse en controversias y disputas.
A pesar de ser la época de Abrahán el comienzo de la nuestra, disentimos respecto a su nacimiento en sesenta años. Porque he aquí lo que consta en la Escritura:
«Y vivió Thare setenta años, y engendró a Abrahán, y a Nachor, y a Harán. Y fueron los días de Thare doscientos y cinco años, y murió Thare en Harán» (Génesis, 11, 26-32).
«Empero Jehová había dicho a Abrahán: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre a la tierra que te mostraré; y haré de ti una nación grande» (Génesis, 12, 1-2).
Se ve, pues, claro en el texto que Thare tuvo a Abrahán a los setenta años, y que murió a
los doscientos cinco, y que Abrahán al salir inmediatamente de Caldea al morir su padre debía tener justamente ciento treinta y cinco años cuando salió de su país. Esta es también la opinión de san Esteban, manifestada en el discurso que dirigió a los judíos; sin embargo, el Génesis dice que «Abrahán tenía setenta y cinco años» cuando salió de Harán (12, 4).
Este es el principal motivo de la disputa sobre la edad de Abrahán pero hay algunos más.
¿Cómo podía tener Abrahán al mismo tiempo ciento treinta y cinco años y setenta y cinco?
San Jerónimo y san Agustín dicen que esa dificultad es inexplicable. Pero dom Calmet, aun confesando que ambos padres no pudieron solucionar el problema, cree que lo resuelve diciendo que Abrahán era el hijo menor de los hijos de Thare, pese a que el Génesis dice que era el primogénito. Ya hemos visto que el Génesis dice que nació Abrahán teniendo su padre setenta años, y Calmet le hace nacer cuando aquél contaba ciento treinta. Esta conciliación dio pie a una nueva disputa. En la incertidumbre que nos dejan el texto y el comentario, lo mejor que podemos hacer es adorar al patriarca y no discutir más.
No hay ninguna época de tiempos remotos que no haya suscitado multitud de opiniones encontradas. Según Moseri, poseemos setenta sistemas de cronología de la Historia Sagrada pese a que ésta la dictó Dios mismo. A éstas, después de Moseri, se añadieron cinco nuevas formas de conciliar los textos de la Escritura, de modo que ha habido tantas polémicas sobre Abrahán como años se le atribuyen en el texto cuando salió de Harán.
Entre esos setenta y cinco sistemas no hay uno solo que nos diga cómo era la ciudad o la localidad de Harán, y dónde estaba situada. ¿Qué hilo es capaz de guiarnos en el laberinto de las controversias entabladas desde el primero al último versículo del Génesis? Ninguno.
Debemos, pues, resignarnos, dado que el Espíritu Santo no quiso enseñarnos la cronología, la física y la lógica. Sólo deseó que fuéramos hombres temerosos de Dios y que no pudiendo comprenderle nos sometiéramos a él.
También es difícil explicarnos cómo Sara, siendo mujer de Abrahán, fue al mismo tiempo su hermana. Abrahán dijo al rey Abimelech, quien raptó a Sara prendado de su hermosura a la edad de noventa años y estando embarazada de Isaac: «Es verdaderamente mi hermana; es hija de mi padre, pero no de mi madre, y la hice mi esposa» (Génesis, 20, 12).
El Antiguo Testamento no nos explica que Sara fuese hermana de su marido. Dom Calmet, cuyo recto criterio y sagacidad son famosos, dice que podía ser su sobrina. Enmaridar con una hermana probablemente no sería cometer un incesto en Caldea, ni puede que tampoco en Persia. Las costumbres cambian con los tiempos y los lugares. Cabe suponer que Abrahán, hijo del idólatra Thare, seguía siendo idólatra cuando desposó a Sara, fuera su hermana o sobrina.
Varios padres de la Iglesia disculpan menos a Abrahán por haber dicho a Sara al entrar en Egipto: «Ahora conozco que eres mujer hermosa a la vista, y ocurrirá que cuando te vean los egipcios, dirán: su mujer es, y me matarán a mí, y a ti te guardarán la vida. Ahora, pues, di que eres mi hermana, para que yo haya bien por causa tuya y viva mi alma por amor de ti». Sara sólo tenía entonces sesenta y cinco años, pero teniendo como tuvo veinticinco años después un rey por amante, bien pudo veinticinco años antes inspirar amor al faraón de Egipto. En efecto, el faraón se prendó de ella, como después la raptó Abimelech y la llevó al desierto.
Abrahán recibió como regalos del faraón «ovejas y vacas, y asnos y siervos, y criadas y asnas y camellos». Tan considerables regalos prueban que los faraones eran ya entonces reyes poderosos y hacían las cosas en grande. Egipto debió de estar ya muy poblado. Mas para que fuera habitable aquel territorio y se edificaran ciudades, fue preciso que transcurrieran muchos años dedicados a hercúleos trabajos, que se construyeran multitud de canales para recoger las aguas del Nilo que inundaban Egipto todos los años durante cuatro o cinco meses, y que en seguida encenegaban la tierra; fue preciso emplazar esas ciudades veinte pies lo menos por encima de los canales. Para realizar tales obras fue indispensable el transcurso de muchos siglos.
Ahora bien, según la Biblia, resulta que sólo habían mediado cuatrocientos años entre el
Diluvio y la época del viaje de Abrahán a Egipto. Debió de ser extraordinariamente ingenioso y trabajador infatigable el pueblo egipcio para conseguir en tan poco tiempo inventar artes y ciencias, domeñar el Nilo y cambiar el aspecto del país. Probablemente, estaban ya levantadas muchas de las grandes pirámides, porque poco tiempo después perfeccionaron el arte de embalsamar los cadáveres; sabido es que las pirámides fueron los sepulcros donde moraban los restos mortales de los príncipes tras celebrar augustas. ceremonias.
La remota antigüedad que se atribuye a las pirámides es tan creíble que trescientos años antes, o sea cien años después del diluvio universal los asiáticos levantaron en las llanuras de Sennaar una torre que debía llegar hasta el cielo. En su exégesis de Isaías, san Jerónimo dice que esa torre tenía ya cuatro mil pasos de altura cuando Dios decidió descender para destruirla.
Suponiendo que cada paso comprende dos pies y medio, la torre tendría la altura de diez mil pies; por lo tanto, la torre de Babel era veinte veces más alta que las pirámides de Egipto, la más alta de las cuales mide unos quinientos pies. Prodigiosa sería la cantidad de instrumentos que necesitaron para elevar semejante fábrica, en cuya construcción debían participar todas las artes. Los exégetas afirman que los hombres de aquella época eran incomparablemente más altos, más fuertes y más industriosos que los de ahora. Esto es lo que debemos tener en cuenta al tratar de Abrahán, respecto de las artes y las ciencias.
En cuanto a su persona, es verosímil que fuera un personaje importantísimo. Persas y caldeos se disputaron su nacimiento. La antigua religión de los magos se conoce desde tiempo inmemorial por Rish Ibrahim, y hemos convenido en que la palabra Ibrahim significa Abrahán, siendo común entre los asiáticos, que usaban rara vez las vocales, cambiar en la pronunciación la i en a o la a en i. Se ha supuesto asimismo que Abrahán fue el Brahma de los hindúes, cuya nación mantuvo relaciones hasta con los pueblos del Éufrates, que desde tiempo inmemorial comerciaban en la India.
Los árabes le tienen como fundador de la Meca. Mahoma le reconoce en el Corán como el más insigne de sus antecesores. Esto dice hablando de él: «Abrahán no era judío ni cristiano; era un musulmán ortodoxo y no pertenecía al número de los que dan compañeros a Dios».
La audacia del espíritu humano llegó al extremo de imaginar que los judíos no se dijeron descendientes de Abrahán hasta épocas más posteriores, hasta que lograron afincarse en
Palestina. Como eran extranjeros, malquistos y despreciados de los pueblos limítrofes, para que se tuviera mejor opinión de ellos idearon ser descendientes de Abrahán, reverenciado en buena parte de Asia. La fe que debemos a los libros sagrados de los judíos allana todas esas dificultades.
Críticos no menos audaces añaden difusas objeciones respecto al comercio inmediato que Abrahán tuvo con Dios, a sus combates y a sus victorias.
El Señor se le apareció después de salir de Egipto y le dijo: «Eleva ahora tus ojos y mira desde el lugar donde estás hacia el Aquilón, y al Mediodía, al Oriente y al Occidente, porque toda la tierra que ves la daré a ti y a tu posteridad para siempre» (Génesis, 13, 14-15). Con lo que el Señor le promete todo el terreno que media desde el Nilo hasta el Éufrates.
Estos críticos preguntan cómo Dios pudo prometer el país inmenso que los hebreos nunca poseyeron, y cómo pudo darles para siempre, in sempiternum, la pequeña parte de Palestina de la que hace muchísimos años los expulsaron.
El Señor añade a esas promesas que la posteridad de Abrahán será tan numerosa como el polvo de la tierra. «Y haré tu simiente como el polvo de la tierra: que si alguno podrá contar el polvo de la tierra, también tu simiente será contada (Génesis, 13, 16).
Insisten en sus objeciones y dicen que en la actualidad apenas existen en la superficie de la tierra cuatrocientos mil judíos, pese a que han considerado siempre el matrimonio como un deber sagrado y a pesar de que siempre ha sido su principal objetivo aumentar la población.
A estas objeciones se replica que la Iglesia ha sustituido a la Sinagoga y que la Iglesia constituye la verdadera raza de Abrahán, que de este modo resulta numerosísima. Y aunque es cierto que no posee Palestina, no se excluye que pueda poseerla algún día, como la conquistó en tiempos del papa Urbano II durante la primera cruzada. En una palabra, contemplando con ojos de fe el Antiguo Testamento, todas las promesas se han cumplido... se cumplirán, y la débil raza humana debe reducirse al silencio.
Los quisquillosos críticos ponen también en duda la victoria que obtuvo Abrahán en Sodoma. Dicen que es inconcebible que un extranjero, llegado a Sodoma para apacentar sus ganados, derrotara con ciento diez pastores de bueyes y corderos a un rey de Persia, a un rey del Ponto y a otro de Babilonia, y que los persiguiera hasta Damasco, ciudad distante de Sodoma más de cien millas. Semejante victoria no es, sin embargo, imposible; existen dos ejemplos semejantes en aquellos tiempos heroicos testigos de que no ha disminuido la fuerza del brazo de Dios. Gedeón con los trescientos escogidos y el truco de los cántaros, las teas y las bocinas, destruyó un ejército entero, y Sansón, él solo, con una quijada de asno mató mil filisteos. Las historias profanas nos refieren ejemplos parecidos: trescientos espartanos detienen durante un tiempo el ejército de Jerjes en las Termópilas; verdad es que, excepto uno solo que huyó, todos murieron con su rey Leónidas, y que Jerjes cometió la felonía de mandar que le ahorcaran, en vez de erigirle la estatua que merecía. Verdad es también que esos trescientos lacedemonios, apostados en un paraje
escarpado, por el que no podían pasar dos hombres a la vez, se hallaban respaldados por un ejército de diez mil griegos distribuidos en puntos fortificados, amén de que contaban con cuatro mil hombres más en las mismas Termópilas, que perecieron después de defenderse largo tiempo. Puede asegurarse que si hubieran ocupado un sitio menos inexpugnable que el que defendían esos trescientos espartanos, hubieran conquistado todavía más gloria luchando a campo abierto contra el ejército persa, que los aniquiló. En el monumento que se erigió después en el campo de batalla, se mencionan esas cuatro mil víctimas, pero sólo ha llegado a la posteridad el recuerdo de los trescientos.
Otra acción no menos memorable, aunque no tan conocida, fue la de los trescientos soldados suizos que derrotaron en Morgarten al ejército del archiduque Leopoldo de Austria formado por veinte mil hombres. Aquellos trescientos soldados helvéticos pusieron en fuga a la totalidad de la caballería apedreándola desde lo alto de las rocas y ganando tiempo para que acudieran mil cuatrocientos soldados de Helvecia que remacharon la derrota del ejército enemigo. La batalla de Morgarten es más famosa que la de las Termópilas, porque siempre es más notable vencer que ser vencido. Y basta de digresión, pues si las digresiones agradan a quien las hace, no siempre son del gusto del que las lee, aunque a la generalidad de los lectores les complazca siempre saber la derrota de grandes ejércitos a manos de unos pocos.
Decíamos que Abrahán fue uno de los hombres célebres en Asia Menor y Arabia, como Tesant lo fue en Egipto, el primer Zoroastro en Persia, Hércules en Grecia, Orfeo en Tracia, Odin en las naciones septentrionales, y otros conocidos por su celebridad más que por sus verídicas historias. Sólo me refiero aquí a la historia profana, porque respecto a la historia de los judíos, nuestros antecesores y nuestros enemigos (cuya historia creemos y detestamos, a pesar de que dicen que fue escrita por el Espíritu Santo), tenemos de ella la opinión que debemos tener. En esta ocasión nos referimos a los árabes, que se vanaglorian de descender de Abrahán por la rama de Ismael, y creen que nuestro patriarca edificó la Meca y murió allí. Pero lo cierto es que la raza de Ismael se vio mucho más favorecida por Dios que la raza de Jacob. Una y otra produjeron ladrones, indudablemente, pero los ladrones árabes fueron más rapaces que los ladrones judíos. Los descendientes de Jacob sólo conquistaron un pequeño territorio, que perdieron, y los descendientes de Ismael conquistaron parte del Asia, de Europa y del Africa, establecieron un imperio más vasto que el de los romanos, y expulsaron a los judíos de sus cavernas, que ellos llamaban la tierra de Promisión.
A la vista de los ejemplos que ofrecen las historias modernas, es difícil convencerse de que Abrahán fuera el padre de dos naciones tan distintas. Se asegura que nació en Caldea y que era hijo de un pobre alfarero que se ganaba el sustento fabricando pequeños ídolos de barro; lo que ya no resulta tan verosímil es que el hijo de un alfarero marchara a fundar la Meca a cuatrocientas leguas del hogar paterno, bajo el Trópico, tras salvar desiertos impracticables. De haber sido un conquistador indudablemente se hubiera dirigido al inmenso territorio de Siria, y si no fue más que un hombre pobre, como nos lo describen, no hubiera sido capaz de fundar reinos lejos de su pueblo natal.
Ya hemos visto que el Génesis refiere que habían pasado setenta y cinco años cuando salió de Harán tras la muerte de su padre Thare, el alfarero. Pero también el Génesis dice que Thare engendró a Abrahán a los setenta años, que Thare vivió doscientos cinco, y que cuando murió Abrahán salió de Harán. O el autor no sabe lo que dice en esa narración, o resulta muy claro en el Génesis que Abrahán tenía ciento treinta y cinco años cuando abandonó Mesopotamia. Salió de un país idólatra para ir a otro país también idólatra que se llamaba Sichem, situado en Palestina. ¿Para qué fue allí? ¿Por qué abandonó las fértiles riberas del Éufrates para ir a tan lejana y estéril región como la de Sichem? La lengua caldea debió de ser muy diferente de la que se hablaba en Sichem, y además. Aquel territorio no era comercial. Sichem dista de Caldea más de cien leguas y es preciso salvar muchos desiertos para llegar allí. Pero tal vez Dios quiso que hiciera ese viaje para ver la tierra que habían de habitar sus descendientes muchos siglos después. El espíritu humano no alcanza a comprender el motivo de ese viaje.
Apenas hubo llegado al país montañoso de Sichem, el hambre le obligó a abandonarlo y marchó a Egipto con su mujer en busca de alimentos para vivir. Hay cien leguas desde Sichem a Memfis. ¿Es lógico ir tan lejos a buscar trigo, a un país cuya lengua se desconoce? Extraños son esos viajes emprendidos a la edad de ciento cuarenta años.
Lleva a Memfis a su mujer Sara, que era muy joven, casi una niña comparada con él, pues no tenía más que sesenta y cinco años, y como era muy hermosa resolvió sacar partido de su belleza: «Finge que eres mi hermana para que por tu bella cara me traten bien a mí».
Debía haberle dicho: «Finge que eres mi hija». Pero en fin... sigamos. El rey se enamoró de la joven Sara y regaló a su fingido hermano corderos, bueyes, asnos, camellos, siervos y criadas. Esto prueba que Egipto era entonces ya un reino poderoso y civilizado, y consecuentemente muy antiguo, y además que recompensaban allí rumbosamente a los hermanos que ofrecían sus hermanas a los reyes de Memfis.
La joven Sara tenía noventa años cuando Dios le prometió que Abrahán, que había cumplido ciento sesenta, sería padre de un hijo suyo dentro de un año. Abrahán, que era muy aficionado a viajar, se fue al horrible desierto de Cades llevándose a su mujer embarazada, siempre joven y hermosa. Un rey del desierto se enamoró también de Sara, como se había enamorado un rey de Egipto. El padre de los creyentes contó allí la misma mentira que en Egipto. Hizo pasar a su mujer por hermana y la mentira le valió también corderos, bueyes, siervos y criadas. Puede decirse que Abrahán llegó a ser muy rico por el físico de su mujer. Los exégetas han escrito un abrumador número de volúmenes para justificar la conducta de Abrahán y ponerse de acuerdo con la cronología. Aconsejamos a los lectores que lean esas exégesis, escritas por autores finos y delicados, excelentes metafísicos, hombres sin preocupaciones y algo pedantes.
Por otro lado, los nombres de Bram y Abram eran famosos en India y Persia. Hay incluso varios autores que se empeñan en que fue el mismo legislador que los griegos llamaron Zoroastro. Otros dicen que fue el Brahma de los hindúes, pero no está demostrado. Lo que resulta probable para muchos científicos es que Abrahán fue caldeo o persa. Los judíos, con el tiempo, se vanagloriaron de ser sus descendientes, como los francos de Héctor y los bretones de Tubal. Es opinión admitida que la nación judía fue un pueblo relativamente moderno que sólo muy tarde se afincó en Fenicia, que se hallaba rodeado de pueblos antiguos cuyo idioma adoptó, y que incluso tomó de ellos el nombre de Israel, que es caldeo, según la opinión del judío Flavio Josefo. Se sabe que tomó de los babilonios los nombres de sus ángeles y que sólo conoció la palabra Dios a través de los fenicios.
Probablemente, tomó de los babilonios el nombre de Abrahán o Ibraim, pues la antigua religión de todas aquellas regiones, desde el Éufrates al Oxus, se llamaba Kishibrahim, Milafibrahim. Esta opinión viene confirmada por los estudios que hizo en aquellos días el sabio Hide.
Sin lugar a dudas, los judíos hicieron con la historia y la fábula antigua lo que hacen los ropavejeros con los trajes usados: los reforman y los venden como nuevos al mayor precio que pueden. Ha sido un ejemplo singular de la estupidez humana creer durante mucho tiempo que los judíos constituyeron una nación que había enseñado a todas las demás, cuando su mismo historiador Josefo confiesa que fue todo lo contrario.
Es muy difícil penetrar en los arcanos de la Antigüedad, pero es evidente que estaban ya
florecientes todos los reinos de Asia antes que la horda vagabunda de árabes, que llamamos judíos, poseyera un pequeño espacio de tierra propia, antes que fuera dueña de una sola ciudad, antes de dictar sus leyes y de tener su propia religión. Cuando hallamos un antiguo rito, una primitiva doctrina establecida en Egipto o en Asia antes de los judíos, es lógico suponer que el reducido pueblo recién formado, ignorante y grosero, copió como pudo a la nación antigua, industriosa y floreciente, y es menester ser un ignorantón o un pícaro para asegurar que los hebreos enseñaron a los griegos.
Abrahán no sólo fue popular entre los judíos sino que le reverenciaron en toda Asia y hasta los últimos confines de la India. Esa denominación, que significa padre de un pueblo en algunas lenguas orientales, se la dieron a un habitante de Caldea del que muchas naciones se vanagloriaron de descender. El interés que tuvieron árabes y judíos por probar que descendían de dicho patriarca no permite, ni aun a los filósofos pirrónicos, la duda de que haya existido un Abrahán.
Los libros hebreos dicen que es hijo de Thare, y los islámicos, nieto, que Azar fue su padre, creencia que mantienen muchos cristianos. Los exégetas expresan cuarenta y dos opiniones respecto al año que nació Abrahán y no me atrevo a aventurar la cuarenta y tres, pero a la vista de las fechas parece que el patriarca debió vivir sesenta años más de los que el texto le atribuye. Estos errores de cronología no invalidan la verdad de un hecho, y aunque el libro que se ocupa de Abrahán no fuera sagrado, no por eso dejaría de existir nuestro patriarca.
Los judíos distinguían entre los libros escritos por los hombres y los inspirados a algún hombre particular. Su historia, aunque ligada a su ley divina, no constituía la misma ley.
¿Cómo hemos de creer, pues, que Dios dictara fechas falsas? Filón, el filósofo judío, y Suidas refieren que Thare, padre o abuelo de Abrahán, que vivía en Ur, localidad de Caldea, era un hombre pobre que se ganaba el sustento fabricando pequeños ídolos y era idólatra. Si esto es verdad, la antigua religión del Sabeísmo, que no adoraba ídolos, sino al cielo y al sol, no debía hallarse establecida aún en Caldea, o si se conocía en alguna pequeña parte del país, la idolatría debía prevalecer en la mayor parte de él. En aquella época primitiva cada pequeño pueblo tenía su religión. Todas las religiones se permitían y se confundían tranquilamente, amén de que cada familia mantenía en el seno de sus hogares diferentes hábitos y costumbres. Labán, suegro de Jacob adoraba ídolos. Cada pequeño pueblo creía lo más natural que la población vecina tuviera sus dioses, limitándose a creer que el suyo era el mejor.
La Biblia dice que el Dios de los judíos, que les asignó el territorio de Canaán, ordenó a Abrahán que abandonara la fértil tierra de Caldea y fuera a Palestina, prometiéndole que en su progenie bendeciría a todas las naciones del mundo. Corresponde explicar a los teólogos el sentido místico de esa alegoría, por el que se bendice a todas las naciones en una simiente de la que ellas no descienden. Pero ese sentido místico no constituye el objeto de mis estudios histórico-críticos. Algún tiempo después de esa promesa, la familia del patriarca, acosada por el hambre, fue a Egipto en busca de trigo. Es del todo singular la suerte de los hebreos que siempre fueron a Egipto empujados por el hambre, pues más tarde Jacob, por el mismo motivo, envió allí a sus hijos.
Abrahán, entrado ya en la decrepitud, se arriesgó a emprender este viaje con su mujer Sara, de sesenta y cinco años de edad. Siendo muy hermosa, temió su marido que los egipcios, cegados por su belleza, le matasen a él para gozar los encantos de su esposa y le propuso que se fingiera su hermana, etc. Cabe suponer que la naturaleza humana estaba dotada entonces de un extraordinario vigor que el tiempo y la molicie de las costumbres fueron debilitando después, como opinan también todos los autores antiguos, que aseguran que
Elena tenía setenta años cuando la raptó Paris. Aconteció lo que Abrahán había previsto: la juventud egipcia quedó fascinada al ver a su esposa y el mismo faraón se enamoró de ella y la encerró en el serrallo aunque probablemente tendría allí mujeres mucho más jóvenes, pero el Señor castigó al faraón y a todo su serrallo enviándoles tres grandes plagas. El texto no dice cómo averiguó el faraón que aquella beldad era la esposa de Abrahán, pero lo cierto es que al enterarse la devolvió a su marido.
Era preciso que permaneciera inalterable la hermosura de Sara porque veinticinco años después, hallándose embarazada a los noventa años, viajando con su esposa por Fenicia,
Abrahán abrigó el mismo temor y la hizo también pasar por hermana suya. El rey fenicio Abimelech se prendó de ella como el rey de Egipto, pero Dios se le apareció en sueños y le amenazó de muerte si se atrevía a tocar a su nueva amante. Preciso es confesar que la conducta de Sara fue tan extraña como la duración de sus encantos.
La singularidad de estas aventuras fue probablemente el motivo que impidió que los judíos tuvieran tanta fe en sus historias como en su Levítico. Creían a pie juntillas en su ley, pero no sentían tanto respeto por su historia. Por lo que respecta a sus antiguos libros, se encontraban en igual caso que los ingleses, que admiten las leyes de san Eduardo pero no creen en absoluto que san Eduardo curara los tumores malignos. Se hallaban en el mismo caso que los romanos, que prestaban obediencia a sus antiguas leyes, pero no se consideraban obligados a creer en el milagro de la criba llena de agua, ni en el del bajel que entró en el puerto arrastrado por el cinturón de una vestal, etc. Por eso el historiador Josefo, muy ferviente de su culto, deja a sus lectores en libertad de creer o no los antiguos prodigios que refiere.
La parte de la historia de Abrahán referente a sus viajes a Egipto y Fenicia prueba que existían ya grandes reinos cuando la nación judía no era más que una simple familia, que se habían promulgado multitud de leyes, porque sin leyes no puede subsistir ningún reino, y que por ende la ley de Moisés, que es posterior, no puede ser la primera ley que se promulgo. No es necesario empero que una ley sea la más antigua para que sea divina, porque es indudable que Dios es dueño absoluto de todas las épocas; no obstante, parece más natural a nuestra débil razón que si Dios quiso dar una ley la hubiera dictado al principio a todo el género humano.
El resto de la historia de Abrahán presenta flagrantes contradicciones. Dios, que se le aparecía con frecuencia y estableció con él no pocos pactos, le envió un día tres ángeles al valle de Mombre, y el patriarca les dio para que comieran pan, carne de ternera, mantequilla y leche. Los tres comieron y después hicieron que les presentase Sara, que había amasado el pan. Uno de esos ángeles, que el texto sagrado llama el Eterno, anuncia a Sara que dentro de un año tendrá un hijo. Sara, que ha cumplido noventa y cuatro años, al paso que su marido rondaba los cien años, se echó a reír al oír tal promesa. Esto prueba que confesaba su decrepitud y que la naturaleza humana no era diferente entonces de lo que es ahora. Lo cual no fue óbice para que esa decrépita quedara embarazada y enamorara al año siguiente al rey Abimelech, como acabamos de ver. Para que esas historias sean creíbles se precisa poseer una inteligencia muy distinta de la que tenemos hoy, o considerar cada episodio de la vida de Abrahán como un milagro, o creer que en su totalidad no es más que una alegoría. De todos modos, cualquiera que sea el partido que adoptemos nos resultará muy difícil comprenderla. Por ejemplo, ¿qué valor podemos dar a la promesa que hizo Dios a Abrahán de conceder a él y a su posteridad todo el territorio de Canaán que jamás poseyó ese caldeo? Es una de esas contradicciones que nos es imposible resolver.
Es asombroso y sorprendente que Dios, que hizo nacer a Isaac de una madre de noventa y cinco años y de un padre centenario, ordenara a éste degollar al hijo que le concedió, siendo así que no podía esperar ya nueva descendencia. Ese extraño mandato de Dios prueba que, en la época en que se escribió esa historia, era habitual en el pueblo judío el sacrificio de víctimas humanas, lo mismo que en otras naciones. Ahora bien, puede interpretarse la obediencia de Abrahán al referido mandato del Señor como una alegoría de la resignación con que el hombre debe aceptar las órdenes que dimanan del Ser Supremo.
Debemos hacer una observación importante respecto a la historia de dicho patriarca, considerado como el padre de judíos y árabes. Sus principales hijos fueron Isaac, que nació de su esposa por milagroso favor de la Providencia, e Ismael, que nació de su criada. En Isaac bendijo Dios la raza del patriarca y, sin embargo, Isaac es el padre de una nación desventurada y despreciable que permaneció mucho tiempo esclava y vivió dispersa un sinfín de años. Ismael, por el contrario, fue el padre de los árabes que fundaron el imperio de los califas, que es uno de los más extensos y más poderosos del Universo.
Los musulmanes profesan ferviente veneración a Abrahán, que ellos llaman Ibraim, piensan que está enterrado en Hebrón y allí van peregrinando; algunos creen que está enterrado en la Meca y allí acuden a reverenciarle.
Algunos persas antiguos opinaron que Abrahán era el mismo Zoroastro. Les sucedió lo mismo que a otros fundadores de las naciones orientales, a los que se atribuían diferentes nombres y diferentes aventuras, pero según se desprende del texto de la Sagrada Escritura debió de ser uno de esos árabes vagabundos que no tenían residencia fija. Le hemos visto nacer en Ur, localidad de Caldea, ir a Harán, después a Palestina, a Egipto, a Fenicia y al fin verse obligado a comprar su sepulcro en Hebrón.
Una de las más notables circunstancias de su vida fue que a la edad de noventa y nueve años, antes de engendrar a Isaac, ordenó que le circuncidaran a él, a su hijo Ismael y a todos sus siervos. Debió de adoptar esta costumbre de los egipcios. Es difícil desentrañar el origen de tal operación. Parece lo más probable que se inventara con el fin de precaver los abusos de la pubertad. Pero, ¿a qué conducía cortarse el prepucio a los cien años?
Por otro lado, hay autores que aseguran que sólo los sacerdotes de Egipto practicaban antiguamente esta costumbre para distinguirse de los demás hombres. En tiempos remotísimos, en Africa y en parte de Asia, los hombres en olor de santidad tenían por costumbre presentar el miembro viril a las mujeres que encontraban al paso para que lo besasen. En Egipto, llevaban en procesión el falo, que era un príapo descomunal. Los órganos de la generación eran considerados como objeto noble y sagrado como símbolo de poder divino. Les prestaban juramento y al hacerlo ponían la mano en los testículos, y puede que de esa antigua costumbre sacaron la palabra que significa testigo, porque antiguamente servían de testimonio y garantía. Cuando Abrahán envió un criado suyo a pedir a Rebeca para esposa de su hijo Isaac, el criado puso la mano en las partes genitales de Abrahán, que la Biblia traduce por la palabra muslo (Génesis, 24, 2).
De lo que acabamos de decir se infiere lo distintas que eran de las nuestras las costumbres de la remota Antigüedad. Al filósofo no debe sorprenderle que antiguamente se jurara por esta parte del cuerpo, como que se jurara por otra cualquiera. Tampoco debe extrañar que los sacerdotes, siempre en su manía de distinguirse de los demás hombres, se pusieran un signo en una parte del cuerpo tan reverenciada entonces.
Según el Génesis, la circuncisión fue adoptada mediante un pacto entre Dios y Abrahán, por el que se estipulaba que se debía quitar la vida al que no se circuncidara en la casa del mencionado patriarca. No se dice sin embargo, que Isaac lo estuviera, y en el referido libro no se vuelve a hablar de la circuncisión hasta los tiempos de Moisés.Terminamos este artículo señalando que Abrahán, además de tener de Sara y de la criada Agar dos hijos, cada uno de los cuales fue padre de una gran nación, tuvo otros seis hijos de Cethura que se afincaron en Arabia, pero su posteridad no fue célebre.[1]
[1] Voltaire. Diccionario Filosófico. Edición digital. http://www.librodot.com/