Villarrica y Cunday (1953)

Serie: Memoria Histórica del Oriente del Tolima | Entrega 5 (1953)

Síntesis Histórica

¿Qué ocurrió en Cunday y Villarrica durante el trágico año de 1953?

El año 1953 selló el colapso absoluto de la vida civil en el oriente del Tolima. La violencia partidista alcanzó niveles extremos de sevicia: el combate de La Cabaña derivó en la tortura, arrastre y decapitación pública del respetado dirigente agrario Don Carlos Mora; días después, fuerzas policiales fusilaron a más de un centenar de campesinos atados en la hacienda El Darién; y las guerrillas liberales arrasaron por fuego el caserío institucional de La Colonia. Estas tragedias provocaron el éxodo masivo de familias y prepararon el terreno para la ofensiva militar de 1955.

1. El combate de La Cabaña y el suplicio público de Don Carlos Mora

Iniciando 1953, la cuenca del río Cuinde era un polvorín. El 6 de enero chocaron en Guanacas las cuadrillas de los hermanos Naranjo (Luís Ariosto, alias Venganza; Mardoqueo, alias Barba Azul; y Diógenes, alias Sargento Mirador) contra destacamentos chulavitas en la finca de Lisandro Romero [1]. Pocas semanas después, los contingentes de El Roble —comandados por los hermanos Marcos y Ángel Jiménez— coordinaron con los combatientes de El Palmar una marcha por Manzanita hasta La Esmeralda, abriéndose paso a balazos hacia las breñas de Cerro Montoso [2].

El sábado 22 de enero de 1953 la guerra tocó el núcleo de una de las familias más representativas de la región. En la finca La Cabaña (vereda Alto Roble), de propiedad del acaudalado dirigente liberal boyacense Don Carlos Mora, una patrulla chulavita sostuvo un violento enfrentamiento contra rebeldes apostados en los cafetales [3]. En la refriega murieron siete agentes del gobierno —entre ellos un teniente— y cayó abatido el joven combatiente Carlos Eduardo Mora, hijo de Don Carlos [4].

La reacción oficial y parainstitucional fue implacable:

  • Al registrar las pertenencias del joven muerto y hallar su documento de identidad, delatores locales (entre ellos Alberto Cubillos) señalaron el paradero del anciano padre en el pueblo [3].
  • Al mediodía, uniformados y civiles armados rodearon la residencia urbana de Carlos Mora —vivienda ubicada frente al actual granero de Efrén Guerrero, que le había costado $11.000 en la década anterior— y lo apresaron con violencia, conduciéndolo al puesto de policía contiguo a la casa de Humberto Copete [3]. De la redada logró escapar con vida Don Arquímedes Espitia.
  • Mientras los captores sacrificaban diez cabezas de ganado robadas de las haciendas de Mora para celebrar un convite, al anciano lo colgaron de una soga durante horas exigiéndole delatar los campamentos guerrilleros [3].

Al caer la tarde, la barbarie superó cualquier límite:

"A Don Carlos Mora lo ataron con cuerdas a un vehículo automotor y lo arrastraron a gran velocidad por las calles empedradas del pueblo hasta destrozar su cuerpo. Por la noche, sus verdugos trasladaron los despojos al cementerio, lo decapitaron sobre las tumbas y apostaron centinelas con orden estricta de fusilar a quien intentara darle cristiana sepultura". [3, 5]

2. La cacería nocturna de las hermanas Mora y el éxodo a Purificación

Con el alcalde José Manuel Bonilla al margen del control del orden público, la cuadrilla perseguidora —encabezada según testimonios por el médico policial de apellido Galvis— desató una cacería humana en busca de las hijas de la víctima: Julia Esther Mora (de 28 años) y Rosalba Mora (de 24) [3].

La noche del 22 de enero se transformó en una odisea de escondites:

  1. Julia Esther logró refugio en la morada de Don Aquimil Vélez y Doña Laura Osorio.
  2. Rosalba se ocultó en la residencia de un capitán ecuatoriano, en inmediaciones de la casa de Erasmo Prada.
  3. Sus hermanos varones lograron romper el cerco rural, huyendo a pie por el sendero de La Samaria con destino a Purificación.

Al amanecer, ocurrió un hecho paradójico propio de las contradicciones de La Violencia: las dos jóvenes encontraron salvaguarda y custodia en la vivienda de Álvaro Berrío, un reconocido dirigente chulavita quien, en virtud del respeto y trato personal previo que guardaba hacia la familia, impidió que la turba las linchara [3]. Protegidas bajo su palabra, las hermanas Mora fueron evacuadas para reunirse semanas después con su madre viuda en Purificación, engrosando la fila de miles de familias campesinas despojadas de sus tierras y bienes.

[CRONOLOGÍA DEL TERROR EN CUNDAY Y VILLARRICA - 1953]
   │
   ├── 22 de enero: Combate en La Cabaña; linchamiento y martirio de Don Carlos Mora.
   ├── 15 de febrero: Masacre de El Darién (140 campesinos de San Pablo fusilados en el camino).
   ├── 28 de febrero: Asalto guerrillero a La Colonia; ajusticiamiento de "pájaros" e incendio total.
   └── Mayo: Homicidio del campesino liberal Maximiliano Pérez en Los Alpes por "guerrillas de paz".

3. La Masacre de El Darién: 140 vidas segadas en la curva del camino

Apenas tres semanas después de la muerte de Carlos Mora, la cuenca vecina de Cunday presenció uno de los exterminios más masivos y silenciados del conflicto colombiano.

En la mañana del domingo 15 de febrero de 1953, una nutrida patrulla de la policía departamental y civiles chulavitas embriagados cerró las trochas de acceso a la inspección de San Pablo [6]. Tras rodear el caserío y concentrar a los labriegos en la plaza veredal, procedieron a clasificar a los pobladores según su filiación partidista:

  • Separaron a 140 hombres (algunas fuentes estiman 130), entre ellos ancianos colonos y muchachos adolescentes.
  • Los maniataron en filas con lazos de cabuya y los obligaron a marchar a pie forzado por el carreteable en dirección al casco urbano de Cunday.
  • Al avanzar aproximadamente tres kilómetros, a la altura de la hacienda El Darién, la caravana se detuvo. El comandante del pelotón, un subteniente de la policía, alegó ante sus subalternos que en Cunday no había infraestructura ni presupuesto para alimentar a tantos prisioneros y que, al ser labriegos miserables, carecían de dinero o prendas para sufragar su custodia [6, 7].

La orden fue tajante: desviar la fila hacia el talud de la carretera y acribillarlos a todos a quemarropa con ráfagas de fusilería. Ninguno de los 140 retenidos sobrevivió a la descarga [7]. Los cuerpos quedaron tendidos a orillas del camino, sumiendo a San Pablo en un desierto demográfico del cual no se recuperaría en décadas.

4. El asalto a La Colonia: El fuego devora la sede del penal

La respuesta de los contingentes armados liberales de la cordillera no se hizo esperar. El 28 de febrero de 1953, una columna guerrillera descendió desde las alturas de El Roble sobre el centro administrativo y carcelario de La Colonia del Sumapaz [8].

El objetivo era el ajuste de cuentas contra las familias conservadoras señaladas de integrar las bandas de "pájaros" y hostigadores oficiales. En pocas horas cayeron ajusticiados miembros de las familias Robayo, Lombana, Jara, Sabogal y Medina [8].

La furia insurgente también se dirigió contra una práctica de extorsión burocrática: el alcalde municipal de apellido Anzárate venía vendiendo salvoconductos oficiales por valor de $5 a campesinos liberales bajo promesa de no ser agredidos por la policía [8]. No obstante, para los mandos insurgentes, portar dicho documento acreditaba haber votado en las elecciones del conservatismo o haberse sometido al régimen, convirtiendo a sus portadores en blanco de escarmiento.

Antes de emprender el repliegue hacia las cumbres del Altamizal, los alzados en armas prendieron fuego sistemático al caserío de La Colonia: las amplias edificaciones de madera curada, los almacenes estatales y las oficinas que habían servido de centro de operaciones a Eduardo Gerléin Gómez y Antonio Molina quedaron reducidos a cenizas humeantes [9].

5. La vida rota: Entre «guerrilleros de paz» y helados esquimales

Pese a que las veredas se desangraban, los documentos de archivo registran una asombrosa y macabra convivencia entre la rutina del comercio y el crimen impune:

En mayo de 1953, bajo la alcaldía de Julio Uscátegui, dos peones conservadores de la finca Santa Rosa (propiedad de Víctor Julio Marentes), identificados como Aristóbulo Arias y Lázaro Parra, fueron procesados por el homicidio del campesino liberal Maximiliano Pérez en la vereda Los Alpes [10]. Declararon que una patrulla militar combinada con civiles armados denominados «guerrilleros de paz» les entregó fusiles para "limpiar a la chusma de El Roble", lo que aprovecharon para ajustar agravios personales y ultimar a Pérez [10].

Al mismo tiempo, la cabecera municipal de Villarrica mantenía operando la sub-agencia de la Compañía Colombiana de Seguros —manejada por José Ignacio Cadena— y una concurrida distribuidora de «Helados Esquimales» traídos en cajas térmicas desde Girardot, consumidos por los mismos parroquianos que en las tardes escuchaban los tiroteos de la cordillera. Por los carreteables de Valencia continuaban cruzando los camiones ganaderos de Don Jorge Tovar V., propietario del reconocido almacén San Jorge de Girardot y de la hacienda homónima en Cunday [11].

6. Epílogo: El fin de un ciclo y el preludio de 1955

El golpe militar del general Gustavo Rojas Pinilla el 13 de junio de 1953 trajo consigo una tregua efímera y la amnistía condicional para centenares de combatientes campesinos del Tolima. Sin embargo, en la cuenca del Cuinde las heridas eran demasiado profundas: las tierras despojadas nunca fueron devueltas, las osamentas de El Darién quedaron sin juicio penal y las cenizas de La Colonia marcaban el quiebre irreconciliable entre la población agraria y el Estado central.

Aquella paz de papel duraría escasos meses. El campesinado de Villarrica, que entre 1948 y 1953 había aprendido a organizarse en bohíos comunitarios bajo el fuego, no entregó la totalidad de sus armas. Cuando en 1955 el régimen militar declaró a Villarrica «Zona de Operaciones Militares» y desató los bombardeos aéreos del Ejército Nacional, la comarca no era novata en la resistencia: llevaba un lustro defendiendo la vida en las trincheras del Altamizal.

Fuentes y Archivos Documentales

  • [1] Entrevista a José Roberto Wolf, en: González, José Jairo y Marulanda, Elsy. Historias de frontera: colonización y guerras en el Sumapaz. CINEP, Bogotá, 1990, pág. 124.
  • [2] Entrevista a Olga Guevara de Ardila por el autor, Ibagué, 25 de julio de 2005; y Archivo Histórico Judicial de Ibagué, Expediente 1610, cuaderno N.º 10 contra Isauro Yosa y otros, 2 de julio de 1955.
  • [3] Entrevista a Julia Esther Mora y Rosalba Mora por el autor, Ibagué, 4 de agosto de 2005.
  • [4] Entrevista a Luís Ariosto Naranjo, en: González, José Jairo y Marulanda, Elsy. Op. cit., pág. 170.
  • [5] Ibíd., pág. 170.
  • [6] Henderson, James D. Cuando Colombia se desangró: un estudio de la Violencia en metrópoli y provincia. El Áncora Editores, Bogotá, 1984, pág. 190.
  • [7] Pareja, Carlos H. El Monstruo: Biografía de un gobierno represor. Editorial Nuestra América, Buenos Aires, 1955, págs. 157–162.
  • [8] Entrevista a José Roberto Wolf, en: González y Marulanda. Op. cit., pág. 124.
  • [9] Entrevista a Luís Ariosto Naranjo, en: González y Marulanda. Op. cit., pág. 174.
  • [10] Archivo Histórico Judicial de Ibagué. Estante 11, Balda 3, Caja 44, Legajo 1: Sumario contra Aristóbulo Arias y Lázaro Parra por homicidio en Maximiliano Pérez, 6 de mayo de 1953.
  • [11] Archivo de la Inspección Municipal de Cunday, libro de comercio y testimonios ganaderos de 1953.

Navegación de la serie documental:
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