Galileo Galilei: Biografía, Descubrimientos y Legado del Padre de la Ciencia Moderna
Galileo Galilei: Biografía, Descubrimientos y Legado del Padre de la Ciencia Moderna
Respuesta rápida: Galileo Galilei (Pisa, 15 de febrero de 1564 – Arcetri, 8 de enero de 1642) fue un matemático, físico, astrónomo y filósofo italiano, considerado el principal iniciador de la revolución científica y de la ciencia moderna. Perfeccionó el telescopio, descubrió las lunas de Júpiter, las fases de Venus y las manchas solares, y defendió el heliocentrismo de Copérnico, lo que le valió un proceso de la Inquisición en 1633. Sus aportes a la mecánica —la ley de caída de los cuerpos y el principio de inercia— sentaron las bases de la física de Newton.
Galileo Galilei (1564-1642). El principal iniciador de la revolución científica y de la ciencia moderna. Matemático, físico, astrónomo y filósofo italiano nacido en Pisa, su vida y su obra marcan el punto de inflexión entre el pensamiento medieval y la ciencia experimental que caracteriza la modernidad.
Galileo nació el 15 de febrero de 1564 en Pisa, hijo de Vincenzo Galilei (1520-1591), músico y teórico de la música, y de Giulia Ammannati. Su familia, de origen florentino y venida a menos, se trasladó a Florencia cuando Galileo era aún niño. Recibió su primera educación en el monasterio de Santa Maria di Vallombrosa, donde estuvo a punto de entrar en la orden religiosa, pero su padre lo orientó hacia la medicina, matriculándolo en la Universidad de Pisa en 1581.
Pronto abandonó la medicina por las matemáticas, bajo la influencia de Ostilio Ricci, matemático de la corte de Toscana. Sus primeros trabajos versaron sobre el movimiento de los cuerpos y la hidrostática, y en 1589 —gracias al apoyo y mecenazgo del marqués Guidobaldo del Monte (1545-1607), que había hecho algunas contribuciones a la mecánica— obtuvo la cátedra de matemáticas en la Universidad de Pisa.
Profesor en Pisa y Padua
En 1589 es nombrado profesor de matemáticas en la Universidad de Pisa; da clases particulares para completar un sueldo misérrimo —setenta coronas anuales—, y redacta su primer escrito sobre el movimiento de los cuerpos, De motu, de contenido aristotélico, aunque crítico y bajo la influencia de la física de Arquímedes. Por esta época inicia investigaciones experimentales y observa el comportamiento de cuerpos en caída libre (la tradición dirá desde la torre inclinada de Pisa). Aristóteles afirmaba que la velocidad de caída es proporcional al peso, argumento que rebatió con experimentación Galileo. Este ataque contra el pensador incuestionado lo hizo impopular entre sus colegas.
En junio de 1591 fallece su padre, Vicenzo Galilei, convirtiéndose entonces en el jefe de la familia, debiendo asumir las grandes deudas contraídas, como la dote de su hermana Virginia, que ascendía a 3.000 coronas, cuando el total de sus ingresos anuales no llegaba a 500.
En 1592 obtiene la cátedra de matemáticas en la Universidad de Padua (en Venecia) y mejora su situación económica por el mayor número de clases privadas que se le ofrecen al estar cerca de Venecia y, al igual que Kepler, se dedica a escribir horóscopos, en los que no cree. Allí se hizo amigo de Gianvicenzo Pinelli, uno de los hombres más cultos e influyentes. A Galileo se le contrata por cuatro años y un estipendio anual de 180 coronas.
Inventa el compás geométrico y militar (círculo proporcional) —el que usaba anteriormente la artillería era uno construido por su mecenas Del Monte—. Usando la geometría creó un ingenio de bronce, liviano y práctico. Sus ingresos mejoraron más con el entrenamiento de quienes iban a emplear el compás, ya que requerían dos o tres días para dominarlo, pagando 120 liras por ello. Redacta un tratado que explica su empleo y explota su comercialización; escribe un tratado sobre fortificaciones y un tratado de cosmografía ptolemaica.
Durante el verano de 1593 Galileo Galilei adquiere un grave catarro, complicado con fiebre y tos; tarda quince días en curarse pero le quedan secuelas de una artritis y otras dolencias crónicas que le acompañaron toda la vida. Fue gracias a los buenos oficios de Girolamo Fabricio, uno de los catedráticos de medicina de la Universidad de Padua, que su situación médica no pasó a mayores.
En 1597, en sendas cartas a Jacopo Mazzoni y a Kepler, se declara copernicano convencido. La noticia de la aparición de una estrella «nova», el 9 de octubre de 1604, señala el comienzo de su interés por la astronomía. Da tres conferencias sobre el significado antiaristotélico que aquella aparición encerraba y sus opiniones son criticadas anónimamente por Cesare Cremonini, colega suyo en la universidad (catorce años más joven que Galileo y ocupaba la cátedra de filosofía natural), que defiende una interpretación totalmente aristotélica del fenómeno. Contra él escribe una dura réplica, pero los sucesos astronómicos no confirman sus hipótesis, y Galileo deja de interesarse momentáneamente por la astronomía copernicana. Reemprende la discusión, en 1606, contra un escrito de Ludovico delle Colombe —miembro de la «Liga de los Pichones», nombre que dieron los amigos de Galileo a sus detractores, basados en que el apellido Colombe en italiano significa pichón—, que comenta la aparición de «nova» en sentido aristotélico. En esta discusión el tal delle Colombe menciona la existencia de una lente con la que se podía observar estrellas.
Durante esos años sostenía una relación con Marina Gamba, una prostituta espléndida de carnes y seis años menor que él, quien le dará tres hijos: Virginia (1600), Lidia (1601) y Vicenzo (1606). Ninguno de ellos fue reconocido por su padre hasta pasados unos años. Siendo muy jóvenes —14 Virginia, Sor María Celeste, y 12 años Lidia, Sor Arcángela— respectivamente, hizo volver monjas a sus hijas (en las «Clarisas pobres»), en Arcetri. Respecto a Vicenzo, su hijo, quedaría bajo la custodia de Cosme II, duque de Toscana. En 1628 su hijo se graduaría en derecho y luego se casaría con Sestilla Bocchineri.
El telescopio y los descubrimientos astronómicos
En 1609 —año en que desarrolla una prueba correcta de la ley de la gravitación y estudia los principios de la mecánica y la resistencia de los materiales— le llegan noticias sobre la existencia del telescopio, el famoso «tubo mágico». Respecto al lente de aumento fabricado en Holanda, con forma de tubo, supo que lo había inventado Hans Lippershey, a quien no se le concede patente del mismo al considerar que no debía ser comercializado.
Se construye uno, que inicialmente solo tenía diez aumentos y fue usado como catalejo, para acercar sitios y horizontes, hasta cuando fue dirigido hacia la luna. Con él examina el cielo en busca de pruebas contra la astronomía aristotélica. Observa la existencia de montañas en la Luna, multitud de estrellas invisibles a simple vista, los planetas medíceos (lunas de Júpiter) —llamados así por el apellido Médicis; un tanto soterradamente podemos decir que a cambio recibió Galileo Galilei un collar de oro y brillantes así como una medalla del mismo metal— y, más adelante, la apariencia tricorpórea de Saturno, la presencia de manchas solares y las fases de Venus.
La observación de los astros medíceos representa la primera defensa pública de la teoría de Copérnico. Los resultados expuestos y publicados en Sidereus Nuncius (El mensajero sideral, 1610) —cuya edición fue encargada a Tommaso Baglioni—, que dedica al Gran Duque de Toscana, Cosme II de Médicis, cosa que facilita su nombramiento como primer matemático de Pisa y primer matemático del Gran Duque de Toscana, con un sueldo ya considerable de mil escudos florentinos, levantan duras reacciones en contra por parte de filósofos aristotélicos y astrónomos, que ridiculizan las observaciones como ilusiones ópticas o engaños. Así como el descontento de los venecianos que se sentían burlados por aquel «desagradecido». Lo que posiblemente no tuvo en cuenta Galileo Galilei era que perdía la protección de Venecia, la república anticatólica, la que se oponía a la intervención papal en política, y, dado que sus libros contradecían los dogmas del Vaticano, correría riesgos.
Kepler, la excepción, muestra entusiasmo por los descubrimientos y los cree verdaderos; y así se lo hace saber a Galileo. El descubrimiento, sobre todo, de las fases de Venus lo considera Galileo como una prueba concluyente de los giros de Venus en torno al Sol y como una corroboración del sistema de Copérnico; a este argumento añade, para mayor probabilidad, el de los eclipses de los planetas de Júpiter, el cálculo de las velocidades y distancias de los planetas al Sol y, en último término, hacia 1616, el argumento (erróneo) de las mareas.
A partir de ese año sus anteojos conseguían entre 400 y 1.000 aumentos, lo que le permitió explorar la Vía Láctea.
El conflicto con la Iglesia: las Cartas copernicanas
Enormemente interesado tanto en desacreditar la física aristotélica como en acreditar la verdad del copernicanismo, inicia una intensa campaña de difusión de sus descubrimientos. Su oposición al aristotelismo se convierte en un conflicto entre la ciencia y la fe, paradigma de todos los conflictos similares posteriores.
Cuando Galileo llega a Roma el 1 de abril de 1611, es recibido con honores por el papa Pablo V, es nombrado miembro de la Accademia dei Lincei —la Academia de los linces había sido creada por Federico Cesi, segundo marqués de Monticelli y un apasionado de la ciencia; en dicha academia concurrían filósofos, matemáticos, filólogos y literatos— y los jesuitas astrónomos y matemáticos del Collegio Romano celebran su llegada. El cardenal Bellarmino —el mismo que presidió el tribunal de inquisición que había condenado a la hoguera a Giordano Bruno— pide informes a Christopher Clavius, jesuita alemán, sobre la fidelidad de las observaciones. El cardenal Maffeo Barberini alaba públicamente a Galileo (más adelante, como Urbano VIII papa, será su peor adversario). Galileo cuenta, además, con algún que otro discípulo directo o amigo, como Benedetto Castelli y Piero Dini. Algunos liberales, como Cremonini, se oponen a las experiencias y observaciones de Galileo, sólo por fidelidad a sus principios de siempre. Frente a Galileo hay, no obstante, un ejército de aristotélicos de no demasiada categoría, cerriles y dogmáticos, dispuestos a lanzarle encima la Santa Inquisición a la mínima sospecha de herejía.
El 14 de diciembre de 1613, Benedetto Castelli, matemático de Pisa y discípulo y amigo de Galileo, escribe a éste acerca de una reunión a la que asiste, junto con filósofos y teólogos, en la Corte del Gran Duque de Toscana, donde se le plantea, en pregunta directa hecha por la Gran Duquesa, la cuestión de si las doctrinas copernicanas están o no de acuerdo con las Escrituras. Castelli opina que las cosas científicas deben solucionarse por vías exclusivamente científicas.
Galileo le contesta con su carta del 21 de diciembre de 1613, abundando en estas razones. Tras afirmar, como declaración de principios, que las Sagradas Escrituras no pueden equivocarse, sostiene que sólo pueden hacerlo quienes las interpretan ateniéndose a un sentido literal; el sentido literal hay que dejarlo exclusivamente a los asuntos que son de fe (ex fide); para el resto de cosas, que la «experiencia sensible» o las «demostraciones necesarias» hacen evidente o verdadero, no debe acudirse a la Escritura para mostrar una posible discordancia: como dos verdades no pueden contradecirse, quienes interpretan la Escritura han de hallar, para estos asuntos que no son de fe, el verdadero sentido de acuerdo con las conclusiones de la experiencia o de la razón; que nadie comprometa, pues, a la Escritura con interpretaciones que puedan oponerse a la ciencia; que quien acuda a ella se limite a cuestiones de fe. Se remite, luego, al conocido pasaje de Josué (10, 12-13) —«Sol, detente en Gabaón; y tú, luna, en el valle de Ajalón. Y el sol se detuvo y la luna se paró, hasta que la gente se hubo vengado de sus enemigos»—, no para demostrar que no ha de entenderse literalmente, sino para observar que, si se interpreta en sentido literal, sólo la hipótesis copernicana hace inteligible el texto; en la hipótesis ptolemaica, detener el sol significaría acortar el tiempo del ocaso.
Los acontecimientos complican la situación. Galileo añade a esta carta otras: dos a Piero Dini y una última Carta a la gran duquesa Cristina (hacia 1615); el conjunto de ellas recibe el nombre de Cartas copernicanas, y representa el primer conflicto entre heliocentrismo y religión.
En la Carta a la gran duquesa Cristina defiende claramente la hipótesis heliocéntrica y a su autor Copérnico contra quienes aducen que esta teoría va en contra de varios pasajes de la Biblia. Afirma, de nuevo, que la Escritura es infalible en cosas de fe, y que no siempre ha de entenderse en sentido literal, pero que, en cuestiones de «experiencias sensibles y demostraciones necesarias», no ha de comenzar por consultarse el sentido literal de la Escritura. Concede, no obstante, más que en la carta a Castelli: no es preciso reservar a la Escritura sólo lo que es de fe, también se le puede conceder superioridad de opinión en aquellas cosas humanas que no pretendan ser un saber demostrativo; pero éste no es el caso de la astronomía, para la que Dios, autor de todas las verdades, nos ha dado ojos y razón. A la Escritura no le importa precisar si el cielo se mueve o no, o si la tierra es una esfera o un plano; le importa enseñar cómo se va al cielo, no cómo va el cielo.
En ningún modo ha de permitirse que nadie comprometa el sentido de los textos de la Escritura, máxime en cuestiones tan discutidas desde Pitágoras a Copérnico; que autores de poca monta se atrevan a aducir la Escritura en contra de opiniones científicamente fundadas, como son sus propios descubrimientos astronómicos, para obligar a defender como verdaderas opiniones que van en contra de la ciencia, supone sin más anular la posibilidad de toda ciencia y del mismo espíritu científico.
Admite Galileo que puede no haber consenso entre la razón y las Escrituras, pero en este caso hay que distinguir: si se trata de afirmaciones probadas por la razón, son los teólogos quienes han de indagar cómo hay que interpretar la Escritura; si se trata de afirmaciones que «simplemente son enseñadas» y que pueden ser contrarias a la Biblia, tales afirmaciones se considerarán falsas. Sólo es condenable lo que no está demostrado como necesario; a los teólogos incumbe, pues, no a los científicos, probar que lo que la ciencia dice (si se opone a la Escritura) en realidad no está necesariamente demostrado.
Galileo está reclamando la libertad de pensamiento intelectual y la autonomía de la ciencia respecto de la fe. Ha desplazado, en expresión de Arthur Koestler, el «peso de la prueba»; son los teólogos, no él, quienes deben probar que no hay suficientes argumentos en favor del copernicanismo. Para Galileo sí los había: en realidad, los estaba buscando frenéticamente, y creyó tener el definitivo con su teoría sobre las mareas (1616).
El programa intelectual de Galileo choca de frente con las autoridades eclesiásticas. El 24 de febrero de 1616, una comisión del Santo Oficio descalifica la afirmación de que el sol sea el centro del mundo y esté quieto y que la tierra no sea el centro del mundo y se mueva, y el 5 de marzo de 1616 la Congregación del Santo Oficio declara acerca de la «falsa doctrina pitagórica» contraria a la Sagrada Escritura, a saber, que la tierra se mueve y que el sol está quieto, enseñada por Nicolás Copérnico, que el libro De revolutionibus, en que se expone, ha de considerarse suspendido de publicación —puesto en el Índice de libros prohibidos— mientras no se corrija, así como se prohíbe, condena y suspende todo libro o doctrina que hable en idéntico sentido. El papa ordena al cardenal Bellarmino que advierta a Galileo que abandone sus puntos de vista copernicanos (26 de febrero de 1616).
El Diálogo y el juicio de la Inquisición
El silencio de Galileo dura hasta 1623 —sólo anónimamente interrumpido por la discusión con los jesuitas del Collegio Romano sobre los cometas de 1618, cuya explicación Galileo refuta, utilizando el nombre de un amigo suyo, Mario Guiducci— cuando, electo ya papa el cardenal Maffeo Barberini, con el nombre de Urbano VIII, los tiempos parece que en principio han de mejorar; publica El ensayador (1623), que dedica al nuevo papa, y mantiene con él sucesivas y amistosas entrevistas.
En 1624 escribe una Réplica a Ingoli, anticopernicano, por aquellas fechas nombrado secretario de la Congregación de Propaganda Fide, pero se le desaconseja su publicación. Galileo escribe El ensayador con la única finalidad de desprestigiar el sistema de Tycho-Brahe, defendido y difundido por los jesuitas del Collegio Romano como vía de compromiso: no era aristotélico y no contradecía a la Biblia; la ocasión se la brinda el libro del jesuita Orazio Grassi —savonés, catedrático de matemáticas en el Collegio Romano; para él los cometas debían ser considerados «hijos de Mercurio», que se desplazaban entre la luna y el sol—, quien, con el seudónimo de «Sarsi», publica Libra astronomica ac philosophica (con el equívoco buscado entre «libros» y «balanza»). En él, aparte de una desastrosa hipótesis sobre los cometas, se halla la profesión de fe de Galileo en la ciencia moderna y la descripción de sus características: aquella que sabe leer el libro de la naturaleza escrito en lenguaje matemático.
Por esta misma época Galileo empieza a trabajar en lo que será su defensa más paladina del sistema copernicano, el Diálogo, aconsejado por el mismo papa Urbano VIII que le reclama que exponga sus ideas cosmológicas por escrito, observando, claro está, el decreto de 1616. El libro lo termina en 1630 pero no aparece, tras diversos problemas de censura e imprenta, hasta el 21 de febrero de 1632, en Florencia —Galileo había recurrido al prestigioso impresor Cesare Marsili para tales menesteres—.
De sus tres personajes, Simplicio y Salviati defienden respectivamente el sistema aristotélico y el copernicano, mientras que Sagredo es la persona de buen juicio que media entre uno y otro. El libro está escrito en italiano porque se dirige al público culto en general y trata de atraer al lector a la teoría heliocéntrica, que presenta como más correcta.
Simplicio es el personaje tradicional y aristotélico que aduce razones propuestas por filósofos de la época y hasta expone un argumento utilizado por el propio Urbano VIII; el detalle fue aprovechado por los enemigos de Galileo, que argumentan que lo «pone en boca de un bobalicón». La argumentación a favor del sistema copernicano, que enfrenta al ptolemaico, debe hacerla Galileo ex suppositione, esto es, como si se tratara de una simple hipótesis matemática de los movimientos planetarios. Sea porque tal planteamiento hipotético pareció a las autoridades eclesiásticas un mero artificio de disimulación de una verdadera defensa del copernicanismo, sea que en verdad el papa Urbano VIII se sintiera caricaturizado por Galileo al poner éste en boca de Simplicio una opinión suya, o por todo esto y otras muchas razones más, Galileo es juzgado y condenado; el castigo implica la abjuración de la teoría heliocéntrica, la prohibición del Diálogo, la privación de libertad a juicio de la Inquisición (arresto domiciliario) y algunas penitencias de tipo religioso.
La tradición ha inventado magníficamente que, al levantarse Galileo tras permanecer arrodillado para la abjuración, golpeó con fuerza el suelo con el pie exclamando: «Eppur si muove!» [Sin embargo, se mueve].
Los últimos años y muerte
Durante los años siguientes, Galileo arrestado domiciliariamente, enfermo y casi ciego —el 3 de abril de 1634 muere Sor María Celeste, su hija—, reúne todos sus apuntes sobre mecánica, en los que había trabajado durante veinte años. El resultado son las Consideraciones y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias, publicadas en la Editorial Elzevier, de Leiden (imprenta holandesa que estaba presente en esa ciudad protestante), en 1638, con la advertencia que se hace «contra la voluntad del autor», truco utilizado para escapar a la vigilancia de los inquisidores. La gran aportación de Galileo en esta obra está en la tercera y cuarta jornadas, de las cuatro en que la divide, donde se refiere a las leyes del movimiento uniforme y acelerado y al movimiento de los proyectiles, respectivamente. Es su gran obra científica.
Para 1641 se sabe de su honda simpatía mutua (tal vez amor platónico) con Alessandra Bocchineri, cuñada de Vicenzo Galilei, su hijo; dicha dama estaba recién casada (su tercera boda). De ella se conserva una carta reveladora: «Yo a veces me quedo meditando conmigo misma de qué manera encontraría el medio para, antes de morir, ver a V.S. y estar un día conversando con vos, sin dar escándalos y celos a esas personas que se sorprenderían de esta voluntad…».
En sus últimos días, a Galileo Galilei lo acompañaban su hijo Vicenzo y su bella esposa, así como Evangelista Torricelli (1622-1703) y Vicenzo Viviani, el primer biógrafo del genio de Pisa. Fallece el 8 de enero de 1642 a las cuatro de la madrugada, al cumplir setenta y siete años y once meses. El cuerpo inerte de Galileo Galilei fue trasladado a Florencia, donde se le dio sepultura en el templo de Santa Croce.
Aportes de Galileo Galilei
Aunque no creó una filosofía sistemática, su influencia en la tendencia filosófica del pensamiento moderno es muy marcada. A él se debe la definitiva separación de las ciencias física y de la filosofía, el abandono de la autoridad como criterio de verdad científica, así como la distinción entre cualidades objetivas y subjetivas en fenómenos observables. La reactivación del atomismo en el siglo XVII y la eliminación de las cualidades ocultas del concepto de la causalidad deben mucho a Galileo. Sus escritos marcaron el inicio de un movimiento anti-metafísico en filosofía. Los acontecimientos en la vida personal de Galileo son un estandarte a la activa lucha por la libertad de pensamiento.
Aportes a la física y a la astronomía
- Ley de la caída de los cuerpos: demostró que la velocidad de caída no es proporcional al peso, como afirmaba Aristóteles, y estableció las bases de la cinemática.
- Principio de inercia: precursor de la primera ley de Newton.
- Movimiento de proyectiles: describió la trayectoria parabólica de los cuerpos lanzados.
- Perfeccionamiento del telescopio: con aumentos de hasta 30x, observó las lunas de Júpiter, las fases de Venus, las manchas solares y las montañas lunares.
- Defensa del heliocentrismo: aportó pruebas observacionales en favor del sistema copernicano.
- Método científico: combinó observación, experimentación y matematización de la naturaleza, sentando las bases de la ciencia moderna.
Galileo y la Iglesia Católica
Respecto a la tremenda injusticia hecha con Galileo por parte de la Iglesia oficial, solo hasta el Concilio Vaticano II se obtuvo alguna suerte de «disculpas», cuando aceptaban la autonomía de la ciencia, independientemente de los postulados de la iglesia (estamos hablando de 1964-65). El 10 de noviembre de 1979 el papa Juan Pablo II pide al Colegio de Cardenales que revalúen el caso de Galileo por las arbitrariedades cometidas. El 31 de julio de 1981 se creó una comisión pontificia para investigar el asunto (la iglesia no tiene afanes). Solo hasta el 31 de octubre de 1992, el cardenal Paul Poupard presentó al pontífice el informe sobre Galileo Galilei, elaborado por la comisión pontificia… tan solo reprochaban al cardenal Bellarmino, al Papa Urbano VIII y a los demás cuestores el juicio hecho a Galileo. Poco más de 350 años para admitir a regañadientes que se equivocaron, que quisieron acallar la voz de la ciencia y de la matemática en acción.
Obras principales
- De motu (c. 1590): Primer escrito sobre el movimiento de los cuerpos.
- Sidereus Nuncius (1610): «El mensajero sideral». Publica sus primeros descubrimientos con el telescopio.
- Istoria e dimostrazioni intorno alle macchie solari (1613): Cartas sobre las manchas solares.
- Cartas copernicanas (1613-1615): Conjunto de cartas sobre la relación entre ciencia y fe.
- Il saggiatore (1623): «El ensayador». Defensa de la ciencia moderna y del lenguaje matemático de la naturaleza.
- Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo (1632): «Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo». Su obra más famosa y causa de su condena.
- Discorsi e dimostrazioni matematiche intorno a due nuove scienze (1638): «Consideraciones y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias». Su gran obra científica.
Referencias bibliográficas
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- Cortés Morató, J. y Martínez Riu, A. (1996). Diccionario de filosofía en CD-ROM. Barcelona: Empresa Editorial Herder S.A.
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