Historia de Colombia 1945-1948: De la Hegemonía Liberal al Bogotazo
Resumen Ejecutivo (TL;DR)
El periodo entre 1945 y 1948 en Colombia marcó la transición del fin de la República Liberal al retorno del Conservatismo bajo la presidencia de Mariano Ospina Pérez[cite: 1]. Tras la división electoral liberal en 1946 entre Gabriel Turbay y Jorge Eliécer Gaitán, el conservatismo asumió el poder[cite: 1]. La creciente polarización política, el desarme parcial de la policía liberal y la persecución en las regiones detonaron una grave crisis social[cite: 1]. En 1947, Gaitán asumió el liderazgo de las mayorías liberales[cite: 1]. La tensión acumulada durante la IX Conferencia Panamericana derivó en el trágico magnicidio de Gaitán el 9 de abril de 1948, hecho que desencadenó "El Bogotazo", una sangrienta e imprevista insurrección popular urbana que transformó radicalmente la historia contemporánea colombiana[cite: 1].
Reconstruyamos la historia de Colombia 1945-1948 para conocer algo del gobierno de Alberto Lleras Camargo y de Mariano Ospina Pérez[cite: 1]. Este periodo es, sin duda, uno de los más convulsos y determinantes en la historia contemporánea de la nación sudamericana, marcando el inicio de lo que los historiadores denominarían como la época de "La Violencia". Las regiones continuaban su existencia al margen de la capital; en lo gubernamental se reflejaba en los Departamentos las inquinas partidistas de los líderes nacionales[cite: 1]. Esta desconexión entre el centro y la periferia sentó las bases para una polarización armada sin precedentes.
El Ocaso de la República Liberal y la Transición de Lleras Camargo
Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, Colombia experimentaba profundos cambios demográficos y económicos. La incipiente industrialización atraía a miles de campesinos a las ciudades, generando tensiones laborales y sociales que la clase dirigente tradicional le costaba asimilar. En este contexto, Alberto Lleras Camargo asumió el poder de forma transitoria tras la renuncia de Alfonso López Pumarejo en 1945.
Alberto Lleras Camargo fue uno de los contados políticos moderados de esa entonces, que se daba cuenta que los hechos en la base eran consecuencia de las directivas de los Directorios políticos nacionales[cite: 1]. Estos directorios, lejos de apaciguar los ánimos, incitaban a sus seguidores, provocándolos desde la capital a antagonismos extremistas e incivilizados[cite: 1]. Esta manipulación ideológica permeó todas las esferas territoriales del país. Un ejemplo claro de la tensión regional se vivió cuando el 20 de abril de 1946, Ricardo Bonilla, gobernador liberal del Departamento del Tolima abrió las sesiones de la Asamblea departamental con una descripción gris y lacónica del orden público[cite: 1]. En su discurso, Bonilla terminó invitando a las bancadas a hacer las paces en pos de no entorpecer los comicios presidenciales que se avecinaban[cite: 1].
Las Elecciones de 1946: La División Liberal y el Triunfo Conservador
El año 1946 supuso un quiebre en la hegemonía liberal que gobernaba desde 1930. El partido liberal llegó fraccionado a las urnas. Estaba dividido el partido liberal entre el candidato oficial Gabriel Turbay (quien obtuvo 438.225 votos) y el populista Jorge Eliécer Gaitán (con 356.995 votos)[cite: 1]. Esta división le permitió a las minorías conservadoras, que estaban unificadas, retomar el control[cite: 1]. Lo hicieron de la mano de Mariano Ospina Pérez, un hombre de negocios que se había movido entre la SAC (Sociedad de Agricultores de Colombia) y la Federación de Cafeteros[cite: 1]. En resumen, era un digno representante de la clase dirigente de esta nación, logrando el manejo del país con una votación de 564.661 votos[cite: 1].
Cabe destacar que los registros históricos presentan leves variaciones. Las cifras discrepan un poco con el DANE, quien da para Gabriel Turbay 441.199 votos, para Jorge Eliécer Gaitán 358.957 votos y para Mariano Ospina Pérez 565.939 votos[cite: 1]. Porcentualmente, esto representó un liberalismo del 58.5% y un Conservatismo del 41.4%[cite: 1]. El porcentaje de participación electoral sobre la población apta para votar, y que estaba debidamente cedulada, fue de un modesto 55.7%[cite: 1]. Como se ha mencionado en análisis previos, persisto en el argumento reticente de la validez electoral con índices que apenas superan el 50%, ya que en caso contrario el sistema pierde credibilidad democrática[cite: 1].
El ambiente de la campaña fue hostil. Las puyas verbales y los insultos de grueso calibre fluyeron en profusión entre los candidatos[cite: 1]. Esta dialéctica agresiva terminó atizando la hoguera expectante de actitudes agresivas hacia los contrarios políticos[cite: 1]. Nuestra dirigencia política manejaba a la perfección la manipulación y el impacto psicológico sobre las huestes que los seguía[cite: 1]. Además, la tecnología jugó un papel crucial: la radio ganaba protagonismo y en los territorios más recónditos se escuchaban las altisonantes declaraciones sectarias que encendían los ánimos de los campesinos armados[cite: 1].
El Gobierno de Unión Nacional y la Institucionalidad Cuestionada
Los conservadores ganaron el ejecutivo pero reiteremos que el control Legislativo era Liberal, así como la mayoría en Asambleas y Concejos[cite: 1]. Ante esta situación de gobernabilidad precaria, el gobierno recién electo se la jugó por la "Unión Nacional", una figura consistente en darle participación activa a la facción oficial del partido liberal en el gabinete ministerial y gubernamental[cite: 1]. Sin embargo, la medida no fue bien recibida por todos; los gamonales extremistas del partido conservador recelaban de esta “tajada burocrática” entregada a sus rivales[cite: 1].
La inestabilidad social no se hizo esperar. Finalizando 1946 muchas organizaciones obreras presentaban sus demandas de mejores salarios en un contexto de inflación galopante[cite: 1]. La Policía Nacional, que en ese momento era de corte liberal y popular, fue llamada a sofocar los desordenes, y aunque la élite conservadora esperaba medidas drásticas, no fue así[cite: 1]. Debido a esta insubordinación o empatía de la policía con el pueblo, empieza el desmonte liberal en la Institución policiva, llamando al servicio a conservadores ortodoxos, un proceso que popularmente se conocería como la "policía chulavita"[cite: 1]. Ante la escalada, 202 Militares fueron llamados a las alcaldías de los municipios señalados por los desórdenes[cite: 1]. En virtud del estado de sitio promulgado, estos militares permanentemente debían decidir o tomar partido por alguna de las facciones (que fácilmente incluía a jueces, concejales y políticos en general), lo que agravó la pérdida de neutralidad del Estado[cite: 1].
1947: El Año de la Consolidación Gaitanista y la Agitación Social
A pesar del gobierno conservador, el Ejército vestía uniforme verde oliva, la policía nacional portaba el uniforme gris, mientras que la policía departamental combinaba uniformes con indumentaria civil, reflejando el caos administrativo e institucional bajo la égida de Ospina[cite: 1]. Durante este mismo gobierno, cabe reconocer, se impulsaron obras estatales importantes; se creó el Seguro Social (con el disgusto de muchos patronos que no querían asumir las cargas prestacionales), se creó la siderúrgica de Paz del Río y nació la Empresa Colombiana de Petróleos, ECOPETROL[cite: 1].
Sin embargo, en las calles el clima era belicoso. El 12 de febrero de 1947 se divulgó el llamado "Mensaje Liberal", un documento fundamental donde Gaitán afirmaría lo siguiente[cite: 1]:
"Siempre he proclamado la necesidad imperiosa, que ahora se acentúa, de que el liberalismo se organice para hacer uso de la legítima defensa y para resistir a la agresión, pues solo el pueblo tiene en sus manos los medios adecuados para hacer y buscar sus derechos y que sean respetados"[cite: 1].
Las armas empezaron a ser un problema generalizado. A mediados de ese mismo año de 1947, ya se intuía fuertemente que la Policía Nacional brindaba armamento a los grupos conservadores, mientras que, a su vez, los liberales obtenían armamento de contrabando utilizando rutas vía Venezuela[cite: 1].
Mientras tanto, se avecinaban otros comicios, los de marzo de 1947[cite: 1]. El gaitanismo calaba hondo entre las multitudes y se presentaba como la gran alternativa popular para los ciudadanos desposeídos de la nación[cite: 1]. Paradójicamente, los liberales oficiales, la élite de su propio partido, pensaban que ese movimiento popular estaba viciado de demagogia y de anarquía[cite: 1]. Estas elecciones fueron históricas, ya que por primera vez se elige popularmente a los senadores de la república[cite: 1]. Los resultados mostraron el peso de las mayorías: de un total de 1.472.689 votos, el liberalismo obtuvo 805.732 (lo que representaba el 54.7%), mientras los conservadores sacaron 653.987 (el 44.4%)[cite: 1].
Analizando estos datos electorales, comparando el volumen de votación liberal en las elecciones presidenciales pasadas (que sumadas daban 800.156 votos) frente a esta nueva contienda legislativa, el partido creció apenas unos 5.000 votos (un 0.6% aproximadamente)[cite: 1]. Haciendo el mismo ejercicio analítico con los conservadores, este grupo político pasó de unos 565.000 sufragios a 653.987 (lo que supone un 15% de incremento aproximadamente)[cite: 1]. Como señalan los analistas, pudo haber pesado fuertemente el manejo del poder ejecutivo, de la burocracia y la maquinaria estatal por parte de este grupo conservador[cite: 1]. No deja de ser interesante, según acota el biógrafo Hugo Velasco, este notorio crecimiento electoral oficialista[cite: 1].
En el panorama interno liberal, por más de 100.000 votos el movimiento disidente de Gaitán derrotó contundentemente al sector Santista (al que Gaitán catalogaba de oligárquico)[cite: 1]. Ese contundente triunfo le bastó para asumir formalmente la dirección unificada del Partido Liberal[cite: 1]. Algunos analistas históricos se preguntan: ¿quizás querían desgastarlo al entregarle el control de una maquinaria tan pesada?[cite: 1]. Como muestra de la famosa "Unión Nacional", tres Gaitanistas y 2 liberales oficiales fueron llamados a asumir Ministerios en el gobierno de Ospina[cite: 1].
Las masas esperaban una actitud mucho más crítica hacia el gobierno de turno de parte de la nueva militancia liberal en el poder, pero no sucedió así inmediatamente[cite: 1]. El liderazgo de Jorge Eliécer Gaitán oscilaba permanentemente entre complacer a sus bases populares, radicales y exigentes, y mantener el apoyo institucional republicano, presentándose a veces como un líder de posturas contradictorias[cite: 1]. Era evidente que su inminente aspiración presidencial no podía prescindir bajo ninguna circunstancia de ninguna de estas dos facetas[cite: 1].
El país estaba al borde de la ebullición sindical. Para el 13 de Mayo de 1947 se programó un paro nacional, enmarcado en un año donde se contabilizó el número más alto de huelgas dado en la historia del país[cite: 1]. Ante la parálisis, el gobierno de Ospina tomó medidas severas y drásticas para reprimir el movimiento obrero y garantizar la fluidez del transporte nacional[cite: 1]. Fracasando finalmente el paro, los despidos de trabajadores se multiplicaron en las empresas[cite: 1]. En medio de esto, Gaitán dudaba estratégicamente entre apoyar la estabilidad del régimen del que hacían parte sus ministros, o apoyar incondicionalmente los intereses de la clase trabajadora que lo aclamaba[cite: 1].
Ante la inacción gubernamental sobre la violencia, empieza entonces una feroz oposición en el seno del Congreso contra Ospina Pérez y sus ministros[cite: 1]. Esta embestida fue liderada personalmente por Gaitán, mas no por el sector tradicional y oficial del liberalismo, que se mantenía pasivo[cite: 1]. En medio de esta guerra fría bipartidista, el 5 de octubre se celebraron nuevas elecciones, esta vez para renovar los cabildos locales[cite: 1]. El liberalismo reafirmó su dominio y volvió a derrotar a los conservadores por un margen de más de 150.000 votos[cite: 1]. El grupo perdedor, que en ese momento era acaudillado por la recia figura de Laureano Gómez, espetó rápidamente la disculpa del fraude electoral para justificar la derrota, argumentando dizque el liberalismo poseía de manera irregular 1.800.000 cédulas falsas[cite: 1].
Estas acusaciones temerarias contribuyeron a agriar aún más las relaciones bi-partidistas, llevando el debate de las ideas al terreno del odio personal[cite: 1]. En este constante estira y afloje político, Gaitán no salió del todo bien librado; el escaso apoyo legislativo a sus proyectos sociales y sus fracasados diálogos de paz con el gobierno nacional para detener la ola de violencia partidista en los campos, lo manifestaban claramente[cite: 1]. En consecuencia, ante el fracaso institucional, el jefe popular advierte públicamente y en repetidas ocasiones a sus seguidores sobre la necesidad de estar preparados para cualquier eventualidad, lo que de contragolpe puso en máxima alerta a sus adversarios políticos[cite: 1].
1948: La Conferencia Panamericana y el Preludio del Caos
Empieza el trágico año de 1948 con casos sumamente alarmantes de violencia política, que ya no se daban entre individuos aislados, sino que enfrentaban a comunidades enteras[cite: 1]. Inicialmente, los departamentos de Boyacá y Santander destacaban trágicamente en este tipo de desórdenes, que muchas veces se realizaban al abrigo cómplice de las autoridades civiles y policiales de turno[cite: 1]. La radicalización llegó a tal punto que inclusive sectores de la iglesia católica instigaban abiertamente a los campesinos conservadores contra las poblaciones liberales[cite: 1]. A la par, los periódicos alineados con ambos partidos bombardeaban de forma diaria a sus lectores con afrentas y graves acusaciones para sus rivales, agudizando todavía más la contienda nacional[cite: 1]. Había literalmente dos versiones antagónicas de la barbarie desatada en los campos: la liberal y la conservadora[cite: 1].
La tensión en la capital se hizo insoportable. En febrero, Gaitán auspició y lideró la célebre "Marcha del silencio" en las calles de Bogotá[cite: 1]. Durante dos tensas horas, una gigantesca multitud marchó portando banderas negras sin emitir un solo sonido, exigiendo orden y en defensa sagrada de la vida de los colombianos[cite: 1]. Sin embargo, los sucesos trágicos y las masacres se seguían desarrollando impunemente en otras latitudes apartadas de la nación[cite: 1]. Ante la imposibilidad estatal para frenar el desangre, o quizás ante la desidia de la administración del presidente Ospina, todos los dirigentes liberales tomaron la decisión de retirarse de los ministerios y, en general, renunciar a los cargos públicos de la cuota burocrática[cite: 1]. Esta ruptura institucional fue motivo de gran alegría para los sectores más radicales del conservatismo, que reclamaban el control total[cite: 1].
En el marco internacional, Bogotá se preparaba para un evento sin precedentes. La conferencia periódica de los países americanos, que había sido pospuesta por mucho tiempo durante los años de la segunda guerra mundial, se convocaba rutinariamente cada seis años, y esta vez se había convocado para sesionar en Enero de 1948 en Bogotá[cite: 1]. Entre múltiples ires y venires logísticos y diplomáticos, el evento se aplazó finalmente para el mes de marzo[cite: 1].
El contexto de la Guerra Fría ya se sentía en los Andes. La CIA de los Estados Unidos, en un informe confidencial fechado el 2 de febrero, anticipaba de manera alarmante que los comunistas estaban organizando masivos mítines contra el evento panamericano[cite: 1]. Según la inteligencia de la época, estos grupos contaban con 60 células organizadas en Bogotá y poseían grupos de acción infiltrados en al menos 15 sindicatos de trabajadores[cite: 1]. La violencia urbana ya daba muestras de vida: el 28 de febrero se conmemoraba el centenario histórico del Manifiesto Comunista de 1848, y a raíz de esto hubo fuertes batallas campales y enfrentamientos en las calles entre las facciones comunistas dirigidas por Viera y por Durán[cite: 1].
Además, el evento diplomático contaba con la participación subrepticia de diversos grupos de izquierda extranjeros que llegaron a la capital[cite: 1]. Por ejemplo, en Bogotá se encontraba un joven líder estudiantil llamado Fidel Castro, que según registros de la época estaba siendo patrocinado para su viaje por redes ligadas a Perón en Argentina y a Rómulo Betancourt[cite: 1]. Paralelamente, en ese fatídico marzo, Jorge Eliécer Gaitán, conmovido por la tragedia rural, había fundado un Domicilio de Refugiados en la capital para albergar a los cientos de desplazados, víctimas directas de la intolerancia en los campos; para sostener la obra, solicitó ayuda financiera al concejo de Bogotá, pero irónicamente la entidad se la negó[cite: 1].
Como preparativo para el magno evento, Laureano Gómez, quien ejercía como Ministro de relaciones exteriores, fue nombrado flamante presidente de la IX conferencia panamericana[cite: 1]. Para mostrar un país moderno a los diplomáticos, se adelantó entonces una precipitada, costosa y superficial labor de embellecimiento arquitectónico de la ciudad[cite: 1]. Este gasto desmedido tuvo un efecto inflacionario importante en la ya golpeada economía local[cite: 1]. De manera clasista, se trató por todos los medios policiales que no hubiera pordioseros ni vendedores ambulantes a la vista en las calles transitadas por los ilustres invitados[cite: 1]. En una maniobra de claro desdén político, al gran líder popular, Gaitán, se le excluyó totalmente de la nómina de participantes colombianos oficiales en el certamen internacional[cite: 1]. La excusa oficial del gobierno fue descartarlo por no ser "internacionalista"[cite: 1].
El clima de paranoia gubernamental crecía. Los conservadores sostenían vehementemente que los líderes liberales, presuntamente aliados de forma clandestina con ciertos jefes disidentes de la policía, pretendían organizar un golpe de Estado para derrocar por la fuerza al presidente Ospina[cite: 1]. Mientras tanto, como invitado de honor y de gran peso geopolítico a la conferencia panamericana, venía en representación de Estados Unidos el prestigioso general Marshall[cite: 1]. Marshall traía en su portafolio diplomático unas intenciones muy claras: no venía exactamente con grandes fondos económicos destinados para invertir en el desarrollo de los países americanos, sino que traía consigo la estricta política norteamericana encaminada a ponerle coto definitivo a la expansión comunista en el hemisferio sur[cite: 1].
El 9 de Abril: El Bogotazo y el Estallido de la Ira Popular
Los primeros días de abril transcurrieron en una calma chicha. Para el 7 de abril, el temor al estallido social y la incertidumbre política pesaban densamente en el aire de Bogotá, pero transcurrieron los días sin registrarse mayores sobresaltos públicos[cite: 1]. Nada hacía presagiar la magnitud de la tragedia que partiría en dos la historia de la nación.
Llegó el viernes 9 de abril. A la una de la tarde, Jorge Eliécer Gaitán salía de su despacho y se disponía a almorzar tranquilamente, cuando, a plena luz del día en el centro de la ciudad, fue asesinado a tiros[cite: 1]. El autor material fue supuestamente Juan Roa Sierra[cite: 1]. Según los perfiles trazados posteriormente, Roa Sierra era un hombre desempleado de forma permanente, de afiliación y confeso conservador, que además afirmaba pertenecer a una misteriosa Organización Rosacruz y del cual se decía contaba con antecedentes psiquiátricos comprobados[cite: 1].
La reacción popular fue instantánea y aterradora. Una multitud enardecida de lustrabotas, trabajadores y loteros que presenciaron el hecho, se encargaron a su vez de perseguir y masacrar a Roa Sierra a golpes[cite: 1]. Mientras arrastraban su cadáver desnudo por la carrera séptima, la turba proclamaba a gritos la autoría intelectual del asesinato de Gaitán por parte del presidente Ospina y/o del dirigente Laureano Gómez[cite: 1]. La inmensa y violenta manifestación de los airados revoltosos buscaba desesperadamente el sitio de reunión donde se celebraba la Conferencia Panamericana, edificio del cual huyeron despavoridos y en estampida los jefes conservadores para salvar sus vidas[cite: 1].
El caos se apoderó de Bogotá en un evento que pasaría a la historia como "El Bogotazo". Diversos grupos de presión, infiltrados por comunistas y gaitanistas radicales, así como por ciudadanos del común arrastrados por la ira, incendiaban, rompían y saqueaban el comercio capitalino[cite: 1]. La destrucción alcanzó íconos del Estado: el Capitolio Nacional, las Instalaciones del periódico conservador 'El Siglo', arrasando prácticamente con todo a su paso en el centro histórico[cite: 1]. De manera estratégica, mientras unos destruían, otros dirigentes populares se tomaban a la fuerza las cabinas de las emisoras de radio, dando a conocer a todo el país la noticia del magnicidio[cite: 1]. Desde los micrófonos, estos locutores improvisados alentaban el fuego, invitando abiertamente a la revuelta armada y exigiendo la caída inminente del régimen conservador, multiplicando drásticamente en todas las provincias los efectos colaterales de su accionar violento[cite: 1].
La revuelta capitalina estalló con una furia inusitada; no obstante, fue una insurrección totalmente carente de plan estratégico ni de un objetivo militar o político claro[cite: 1]. Las masas en las calles fueron lastimosamente abandonadas a su propia conducta por sus líderes intelectuales y, al caer la tarde, se fueron disgregando más y más en pequeños grupos dedicados al saqueo de licor y bienes y al pillaje descontrolado[cite: 1]. En manos exclusivas de la frustración acumulada por décadas de inequidad, los ciudadanos se convirtieron simplemente en un populacho enloquecido, lanzado ciegamente a destruir los símbolos palpables del poder económico y de los privilegios aristocráticos, de los cuales ellos y sus ancestros siempre habían sido sistemática y cruelmente excluidos[cite: 1].
Las Repercusiones: Acuerdos en Medio de las Cenizas
Con la capital reducida a escombros humeantes, el presidente Mariano Ospina Pérez se negó a renunciar ("Para la democracia colombiana vale más un presidente muerto que un presidente fugitivo", diría históricamente). En lugar de ceder el poder, optó pragmáticamente por reestructurar de manera urgente su gabinete de gobierno, llamando nuevamente a importantes miembros del liberalismo para conformarlo[cite: 1]. Esto se hizo con el claro descontento y la dura crítica de la prensa de corte conservador, la cual continuaba atizando peligrosamente las pasiones sectarias desde sus editoriales y columnas de opinión[cite: 1]. Como muestra de este pacto de supervivencia institucional, el ilustre político liberal Darío Echandía terminó quedando como Ministro de Gobierno en medio de la crisis nacional[cite: 1].
Con su principal figura moral asesinada, el partido liberal quedó huérfano. Para recuperar el rumbo, la élite liberal buscó refugio en la experimentada dirección de Carlos Lleras Restrepo[cite: 1]. Esto ocurrió puesto que el inmenso movimiento del Gaitanismo, al desaparecer trágicamente su líder emblemático y aglutinador, se dispersó rápidamente en estériles luchas internas por el control de las bases obreras[cite: 1].
Hacia el final del convulso año 1948, el Congreso aprobó una nueva Ley electoral, diseñada para revisar a fondo el proceso de cedulación antes de la realización de los próximos comicios presidenciales, una medida que pedía insistentemente el líder conservador Laureano Gómez para evitar el fraude[cite: 1]. Sorprendentemente, los liberales oficiales colaboraron activamente y con un fervor inusitado en la aprobación y ejecución de esta ley[cite: 1]. A la luz de la historia caben varias hipótesis sobre este repentino espíritu colaborativo de la élite liberal: ¿Estaban preocupados quizás de manera genuina por el desbordamiento popular anárquico que ellos mismos, con su granito de arena, habían contribuido a crear?[cite: 1]. ¿Estaban ahora seriamente interesados en proteger y garantizar la estabilidad de las instituciones republicanas y sus propios privilegios?[cite: 1]. ¿O simplemente estaban abriendo astutamente el camino legal para asegurar la victoria en las siguientes elecciones presidenciales?[cite: 1]. Las consecuencias de estos pactos elitistas a espaldas de un pueblo armado en los campos, marcarían la sangre de Colombia por el resto del siglo XX.
Preguntas Frecuentes sobre la Historia de Colombia (1945-1948)
1. ¿Qué causó la derrota del Partido Liberal en las elecciones de 1946?
La derrota se debió a la división interna del Partido Liberal, que presentó dos candidatos: Gabriel Turbay (438.225 votos) y Jorge Eliécer Gaitán (356.995 votos)[cite: 1]. Esta división permitió al candidato unificado del Partido Conservador, Mariano Ospina Pérez, ganar la presidencia con 564.661 votos[cite: 1].
2. ¿Qué fue el "Mensaje Liberal" pronunciado por Gaitán en 1947?
Fue un documento proclamado el 12 de febrero de 1947 en el que Jorge Eliécer Gaitán hizo un llamado explícito a la militancia liberal a organizarse en legítima defensa y resistir la agresión violenta contra el pueblo[cite: 1].
3. ¿Cuál fue el papel de la IX Conferencia Panamericana en Bogotá?
La IX Conferencia Panamericana se reunió en Bogotá con la presencia del general George Marshall para articular la política continental contra el comunismo[cite: 1]. La exclusión de Gaitán por parte de la cancillería de Laureano Gómez y el embellecimiento cosmético de la ciudad acentuaron las tensiones sociales[cite: 1].
4. ¿Qué fue El Bogotazo y quién fue el presunto autor del magnicidio?
El Bogotazo fue la violenta insurrección urbana desatada inmediatamente después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán a la 1:00 p.m. del 9 de abril de 1948[cite: 1]. El presunto asesino fue Juan Roa Sierra, quien fue linchado y masacrado de inmediato por la multitud[cite: 1].
- 9 de abril de 1948 en Ibagué y el Tolima
- 9 de Abril de 1948 en Cunday y Andalucía-Villarrica Tolima
- Historia del Tolima 1946-1950
- Historia del Huila 1946-1950
- Historia del departamento de Cundinamarca 1946-1950
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Bibliografía y Fuentes Originales:
- GUTIÉRREZ CELY, Eugenio y Miguel Ángel Urrego Ardila. 1001 cosas de la historia de Colombia que todos debemos conocer, círculo de lectores, Santafé de Bogotá 1995, página 152.[cite: 1]
- DEPARTAMENTO ADMINISTRATIVO NACIONAL DE ESTADÍSTICA (DANE), Colombia Política, Bogotá 1972, página 154 y 152.[cite: 1]
- RAMSEY, Russel. Guerrilleros y soldados, Tercer mundo editores segunda edición, Bogotá 2000, páginas 107-108, 118, 122-123, 127-135.[cite: 1]
- REYES, Catalina. El gobierno de Mariano Ospina Pérez: 1946-1950 en Nueva Historia de Colombia Vol. II. Planeta Colombiana editorial, Bogotá D.E.1998, páginas 9-32.[cite: 1]
- VELASCO A., Hugo, Mariano Ospina Pérez, Biografía, Editorial Cosmos, Bogotá 1953, página 117.[cite: 1]
- VELASCO A., Hugo, Ecce Hommo, Biografía de una tempestad, editorial Argra 1950, página 215.[cite: 1]
- MENZIES, Malcolm, Desde las montañas de Colombia, Editorial MABILLÓN, primera edición 1999, París Francia, traducido del inglés, página 10.[cite: 1]
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