27 de diciembre de 2008

Napoleón y Josefina

En este artículo “Napoleón y Josefina”, trataremos de abordar la tormentosa relación amorosa entre Napoleón y Rose Beauharnais desde sus comienzos hasta la campaña de Egipto. Seguimos pues el rastro de las amantes, los amores de Napoleón.
Habíamos dejado a Napoleón y Désirée; y dijimos también allí que el Corso ilustre había conocido a Rose Beauharnais, nada más y nada menos que la futura primera esposa de Napoleón a quien él por cariño le pondría el nombre de Josefina. ¿Cómo se conocieron? Pues resulta que Bonaparte había prohibido las armas a los civiles y en ese menester capturan una espada que tiene en su poder Rose Beauharnais; un niño de doce años pide le sea vuelta la espada de su padre difunto; Napoleón se conmueve y efectivamente lo hace; la madre del menor acude personalmente a dar las gracias por tan tierno gesto del ilustre militar. Pero ¿quien era esta señora?
Rose[1] había nacido en Martinica donde su familia Los Tascher de La Pagerie[2] poseían cultivos de caña de azúcar y esclavos para las labores agrícolas. Había nacido el 23 de junio de 1763, siendo la mayor de tres hijas. A los doce años fue internada en un convento durante cuatro años y en tanto concertaron sus mayores la boda con el vizconde Alexandre de Beauharnais, un oficial francés, rico, con una renta de alrededor de 40.000 libras y diez y nueve años de edad. Fruto de ese matrimonio tuvo dos hijos. La pareja rompió relaciones por murmuraciones sobre la adolescencia de Rose Tascher y Alexandre decide irse a vivir con otra mujer a Martinica separándose legalmente en febrero de 1785 con una pensión anual para ella de 6.000 francos anuales. Viviendo en Francia supo que su padre estaba enfermo y su hermana moribunda en Las antillas, vende algunas pertenencias y marcha a verlos llevando a su lado a su hija Hortense (Hortensia), dejando a su hijo varón (Eugenio, Eugène) en la Institución donde estudiaba. Mientras tanto la Revolución francesa había estallado y Alexandre era un tipo importante de la Asamblea Constituyente, tanto que fue ascendido a general y en 1793 acudió en auxilio de Maguncia. Fue hecho prisionero. Rose intentó que lo liberaran pero obtuvo en cambio, para ella también, la prisión. El 23 de junio el vizconde va a la guillotina. Pasados los días sale de prisión y es indemnizada por los meses que duró detenida, ello le permitió comprarse una casa. Físicamente Rose Beauharnais medía un metro con cincuenta de estatura, tenía los ojos castaños y largas pestañas; el tono de su cabello era también castaño claro y su piel era tersa y fina, bastante llamativa. Bastante extrovertida y fiestera[3], amante de los trajes finos y los encajes de lujo.
Fue a finales del verano de 1795 que Napoleón conoce a Rose cuando solo recibía media paga y prácticamente aguantaba hambre. Napoleón tendría 26 y Rose 32.
Al ser designado jefe del ejército del interior es invitado a la casa de ella, quedando gratamente impresionado. Ella le fascinaba mas no así su primer nombre. Napoleón decide cambiárselo. ¿De donde surge el nombre Josefina? Es una dulcificación del nombre Josèphe (Josefa, que es parte del nombre de Rose) que derivaría en Josefina (Joséphine). Por ese tiempo era la querida de Barras, toda una aventurera de la revolución. Napoleón se entrega al delirio amoroso, absorbente y definitivo; le halaga que ella sea de origen noble y haya tenido alguna relevancia en el antiguo régimen. Pero el que ella tenga amante le aleja de allí. Rose lo echa de menos y entonces Le envía una breve nota: «Ya no viene a ver a una amiga que le profesa afecto; la ha abandonado por completo. Comete un error, porque ella siente por usted un tierno afecto. Venga a almorzar mañana, Septidi. Deseo verlo y conversar con usted acerca de sus asuntos. Buenas noches, amigo mío, lo abrazo. La viuda Beauharnais.» En invierno de 1795 Bonaparte regresa, empezando a enamorarse de la dama; a Josefina le gusta Napoleón pero no puede decir que lo ama. En todo caso en enero de 1796 Napoleón tuvo ocasión de hacerle el amor a esta criolla, primera vez que sexo y amor se conjugaban en el lecho del Corso ilustre. Empieza Napoleón las pesquisas para casarse con Josefina. Logra saber que La Pagerie está en manos de la madre de Rose pero que de esta propiedad se puede esperar algo así como 50.000 libras al año; el problema estaba en que la isla de la Martinica andaba en manos inglesas, enemigos de Francia por lo que hasta que no se definiera esta guerra no llegarían rentas de Las Antillas.
Barras hacía parte del directorio y habiendo recibido la solicitud de Napoleón para dirigir los ejércitos de los Alpes percibe en el Corso su principal instrumento; entonces este lo anima a casarse y le promete efectivamente el cargo solicitado, como regalo de bodas. Suponía certeramente que teniendo Bonaparte estabilidad sus logros serían mayores. Conciertan el matrimonio civil. Josefina no está muy convencida respecto a sus sentimientos respecto a Napoleón. Pero tramitan su boda. No se pudieron obtener las partidas de bautismo correspondientes a los novios debido a que sus respectivas islas de origen estaban invadidas por los ingleses; verbalmente ella afirma tener 27 cuando tiene realmente 32; él no ve óbice en aumentarse a su vez un año, declara 27 cuando solo tiene 26…El contrato matrimonial estipula la separación de bienes y una renta vitalicia para Josefina de 1.500 libras anuales. El 9 de marzo se llevó a cabo la boda. La luna de miel solo dura dos días cuando ya debe partir el prestigioso militar francés.
Napoleón enamorado escribe a su esposa quien tarda mucho en contestar y cuando lo hizo, se sentía en sus letras, la frialdad de quien lo hace solo por compromiso, no por amor. Napoleón se da cuenta de ello y reclama. La causa de esta frialdad no es otra que un amante, Hippolyte Charles (Carlos Hipólito), teniente del primer regimiento de húsares, tres años menor que Napoleón, un sujeto agraciado ,de buen humor y con tiempo disponible para los juegos amorosos, tanto que logró atraer a Josefina. Pero esta tenía que ir junto a su esposo y entonces lo incluyó como acompañante de su cortejo. El apasionamiento de Napoleón no tenía fin y cada vez era más posesivo, hasta el extremo de hacerle exclamar a Josefina en una de sus cartas a una amiga: «Mi marido no me ama, me adora. Creo que enloquecerá». En Milán Bonaparte exhibía orgulloso a su esposa e intercambiaba con los nativos en su idioma, cosa que Josefina no podía dado que no hablaba el italiano como Napoleón. Pero no todos eran ciegos a las andanzas de Josefina. Letizia, la madre de Napoleón no la quería porque era consciente de las costumbres excesivamente liberales de su nuera, que la hacían “gastada por el placer”. Pauline (hermana de Napoleón) tampoco la quería y llegó incluso a sacarle la lengua en público.
Pero Bonaparte quería un hijo y este crucial evento se postergaba día tras día.
Ido a la campaña de Egipto[4], ella seguía los espectáculos con su amante para goce de la sociedad francesa y los chismosos de turno. Junot decide mostrarle a Napoleón lo cornudo que era, por primera vez con nombre propio. Empieza entonces a programar su divorcio de la criolla.
Despechado galantea con una rubia de ojos azules que se había introducido en un barco francés de la expedición, disfrazada de hombre; una seductora modistilla esposa de un teniente, de nombre Pauline Foursé, quien le correspondía activamente.[5]

Ver también: Napoleón, preso ; Napoleón y Tolón
[1] Marie-Josèphe-Rose Tascher de La Pagerie
[2] Esta última era el nombre de la propiedad.
[3] Y crédula de la astrología y los vaticinios.
[4] Llevaba consigo a Eugenio como edecán, al hijo de su infiel esposa.
[5] Bibliografia consultada:
Joséphine. (2008). Encyclopædia Britannica. Ultimate Reference Suite. Chicago: Encyclopædia Britannica.
Emil Ludwing. Napoleón. Editorial Juventud, S.A., Barcelona, 1929.
Cardona Castro Francisco Luis (director de la obra). Napoleón. Colección grandes biografías. Edimat Libros. ISBN: 84-8403-871-8.
Cronin Vincent. Napoleón Bonaparte, una biografía íntima. Ediciones B, S.A., 2003 para el sello Javier Vergara Editor Bailen, 84 - 08009 Barcelona (España).

21 de diciembre de 2008

Fernando VII

Nos tocó en suerte hablar del rey de España, Fernando VII, muy importante para nosotros los americanos por su incidencia en los procesos de independencia, junto con sus respectivos funcionarios.
En Fernando VII, Juventud, vimos sus primeros años hasta la abdicación de su padre Carlos IV, luego de Aranjuez 1808.
Tan solo añadir a lo allí expuesto que Fernando VII contrajo matrimonio con María Antonia de Nápoles, en 1802; cuatro años más tarde quedaría viudo.
Luego reseñamos a Fernando VII y la marcha a Francia , Fernando VII: retorno del absolutismo ; posteriormente escribimos sobre el Primer periodo absolutista y La sublevación de Riego .
Viene a continuación lo que los historiadores profesionales han dado en llamar el Trienio constitucional.
Muy pronto las distintas sectas secretas y logias masónicas se enfrentaron entre sí, agrupándose en dos grandes sectores: los progresistas o “exaltados” y los moderados o “doceañistas”. Esta pugna debilitó sin duda la experiencia constitucional. Los moderados ocuparon el poder entre marzo de 1821 y agosto de 1822 con los gobiernos de Pérez Castro, Bardají y Martínez de la Rosa. En agosto de 1822 se formó el gobierno masónico del general Evaristo San Miguel hasta octubre de 1823. Los moderados sostenían un programa transaccional con la participación de la corona, mientras que los exaltados pretendían reducir el papel de Fernando VII para llevar a cabo la revolución burguesa.
Las Cortes del régimen liberal se preocuparon esencialmente de reformar el sistema de propiedad, especialmente los señoríos jurisdiccionales y los mayorazgos. La Iglesia resultó afectada también, ya que se prohibió la proliferación de bienes eclesiásticos y se preparó una limitada desamortización. El tribunal del Santo oficio fue disuelto. Se propuso la venta de gran parte de los terrenos baldíos y de los realengos para disminuir el déficit estatal. Se decretó la libertad de navegación y pesca; se incrementó la producción agrícola y minera; se suprimieron las aduanas interiores y se instauró un sistema proteccionistas para favorecer la agricultura. Se reformó el ejército tratando de mejorar su organización, su preparación y su conexión con las clases populares. El sistema tributario sufrió cambios importantes que afectaban sobre todo a la iglesia y a los grandes terratenientes y se preparó un Código penal y una nueva división administrativa del país. Toda esta legislación tuvo, sin embargo, escas aplicación debido al poco tiempo que duró el periodo liberal, a la resistencia de los absolutistas y a las pugnas internas entre los constitucionalistas. A partid e 1822, cuando dejó de llegar la plata mexicana, las dificultades financieras fueron agrandándose y hubo que decretar algunos impuestos impopulares. La situación se fue volviendo angustiosa y el propio ejército, falto de recursos monetarios, empezó a desmoronarse.
El régimen liberal no pudo tampoco enderezar la situación en América (léase reconquistarla). Erróneamente creyó que la lucha de los criollos se limitaba a los excesos absolutistas, y no supo entender el alcance revolucionario y nacionalista de la independencia americana. Durante todo ese tiempo Fernando VII se adaptó- una vez más- a sus circunstancias, pero opuso gran resistencia a las medidas liberales y sus fricciones con el gobierno fueron constantes.
La reacción absolutista.
A mediados de 1822 los absolutistas empezaron a reaccionar contra el sistema constitucional. La resistencia se concretó en el establecimiento de una regencia en Seo de Urgel (norte de Cataluña) presidida por los generales Bessières, Eroles, Quesada y Samper. Esta regencia consideraba a Fernando VII como prisionero de los liberales y de los masones y entendió como nulas las disposiciones firmadas por él a partir del 9 de marzo de 1820.
Las potencias conservadoras de Europa (Austria, Rusia y Francia en cabeza) veían con muy malos ojos el régimen liberal español, temiendo su influencia en Portugal y en Italia. Hasta entonces el aislamiento internacional de España había sido casi absoluto, como demostró el congreso de Viena y las guerras americanas. Sólo se mantuvieron ciertas relaciones con Rusia. En todo caso, únicamente la oposición de Gran Bretaña impidió una acción inmediata europea contra el gobierno liberal. Después del Congreso de Verona y atendiendo a las peticiones secretas de ayuda de Fernando VII, Luis XVIII de Francia asumió la iniciativa y, en abril de 1823, 132.000 soldados franceses –los “cien mil hijos de San Luis”- al mando de Luis Antonio de Borbón, duque de Angulema, entraron en España.
La resistencia de los constitucionalistas se limitó a algunas plazas aisladas como Pamplona, Figueroas y Barcelona. Las Cortes y el gobierno se retiraron con el rey a Sevilla y después a Cádiz, ciudad que cayó en manos de los invasores en octubre de 1823. Sin ningún empacho, Fernando VII declaró que había sido coaccionado por los liberales y regresó a Madrid rodeado de nuevo de consejeros absolutistas y de bayonetas francesas.
La década animosa.
A pesar de las promesas de perdón hechas en Cádiz, durante dos meses no hubo gobierno ya que los absolutistas solo se preocuparon en perseguir de nuevo a los liberales, masones y reformistas, hasta tal punto que el duque de Angulema y las cancilleras europeas expresaron su preocupación por la intensidad de la represión. Solo la presión del embajador ruso hizo que Fernando VII nombrara un gobierno –el de Casa Irujo-, sustituido semanas después por el del conde Ofalia. En esta segunda etapa absolutista destacaron dos personajes: el ministro de Gracia y Justicia, Tadeo Calomarde, que actuó como auténtico valido, y Luis López Ballesteros, ministro de Hacienda, que consiguió estabilizar la economía española y sanear las finanzas.
Apoyados por Calomarde, los absolutistas se enfrentaron a los ministros más aperturistas. De este modo Fernando VII se encontró presionado por absolutistas, apostólicos y liberales que protagonizaron alternativamente varios pronunciamientos y conspiraciones, como el del general Bessières o el del general liberal José María Torrijos en 1831. Los apostólicos y algunos militares resentidos instauraron una junta provisional de gobierno en Cataluña, ferozmente reprimida por el conde de España. En el terreno económico la política proteccionista favoreció un tímido relanzamiento de la revolución industrial.
La sucesión de Fernando VII.
En 1829 Fernando VII se casó en cuartas nupcias con su sobrina carnal María Cristina de Borbón. Sin hijos varones, en marzo de 1830 derogó por medio de una Pragmática sanción de La Ley Sálica vigente desde el reinado de Felipe V, con el fin de que pudiera sucederle su esposa o su hija Isabel, que nació pocos meses después. Los apostólicos, que se habían agrupado alrededor del príncipe Carlos María Isidro-hasta entonces heredero del trono-, se esforzaron por conseguir la derogación de la Pragmática Sanción. Sin embargo, la reina María Cristina y el primer ministro Cea Bermúdez –partidario del poder real “puro” sin interferencia de liberales o apostólicos- impusieron sus puntos de vista sobre el enfermo monarca por encima de los de Calomarde y de Carlos María Isidro. A punto estuvieron estos de conseguir su objetivo en verano de 1832 en La Granja (Segovia) aprovechando una grave enfermedad de Fernando VII. Éste llegó a convocar Cortes para que juraran a su hija como sucesora de la corona, lo cual produjo la ruptura definitiva entre Fernando VII y su hermano Carlos, que se trasladó con sus apostólicos a Portugal. Fernando VII murió en septiembre de 1833, y mientras se formaba un frente cristiano-absolutista-liberal para defender la regencia. Carlos María Isidro iniciaba las guerras carlistas.[1]
[1] Bibliografia consultada:
Fernando VII. Enciclopedia Universal Ilustrada europeo americana. Espasa Calpe SA Madrid 1979.

11 de diciembre de 2008

La sublevación de Riego

La sublevación de Riego se refiere a un levantamiento propiciado por el militar Rafael Riego durante el mandato de Fernando VII.
A finales de 1819 la masonería preparó un nuevo golpe a cargo de oficiales encuadrados en un cuerpo de ejército acantonado en Cádiz para ir a combatir a América, pero su comandante en jefe, el general Enrique José O´Donnell, conde de La Bisbal, que participó en los preparativos de golpe, acabó por detener a varios oficiales conjurados. Pese a ello, el 1 de enero de 1820, el Coronel Antonio Quiroga y el comandante Rafael Riego se sublevaron en Cabezas de San Juan y proclamaron la Constitución de 1812. Riego no consiguió ningún éxito militar importante ni adhesiones andaluzas. Cuando la columna estaba prácticamente desecha, la masonería consiguió sublevar las guarniciones de La Coruña, El Ferrol, Vigo, Oviedo, Zaragoza, Pamplona, Tarragona y Cádiz, y el Conde de La Bisbal se unió finalmente a los sublevados. Por otra parte se deshizo la consistencia del poder y Fernando VII quedó solo y aislado. El 7 de marzo de 1820 proclamó la Constitución de Cádiz y, presionado por el pueblo, abolió la Inquisición unos días más tarde. [1]

Ver también: Primer periodo absolutista
[1] Tomado de Fernando VII. Enciclopedia Universal Ilustrada europeo americana. Espasa Calpe SA Madrid 1979.

6 de diciembre de 2008

Globalización capitalista

En el marco de esta crisis de la globalización capitalista hay textos que no pierden su gusto y vigencia, que aportan elementos teóricos para quienes no asumíamos como desafiante un marco económico cual es el actual:
«La llamada globalización capitalista constituye un modelo de economía mundial, regional y nacional que divide las sociedades, concentra las riquezas y el poder político y margina a grandes masas humanas degradando cada vez más a las personas.
Esta globalización mantiene todos los rasgos del capitalismo (explotación del trabajo asalariado, extracción de la plusvalía, concentración de la riqueza y del poder) y agrega otros elementos diferentes a los del capitalismo industrial, porque principalmente ahonda su carácter parasitario o rentístico y se despliega como modelo de economía segmentada. Su desarrollo y sostenimiento es a costa de la sociedad humana en su conjunto, donde la mayoría se empobrece y se vuelve miserable y un sector cada vez más concentrado y minoritario disfruta de los bienes que ofrecen la naturaleza y la vida social.
El fenómeno del flujo de capitales de inversión a través de las fronteras no es tan diferente de lo que había sido al inicio del siglo XX, pero hay cambios en el orden social, como el del marginamiento de grandes masas humanas respecto del trabajo y la producción. En otro orden, las trasnacionales han constituido una verdadera dictadura mundial, con un mando centralizado, aunque dependen de sus propios Estados, como es el caso de los Estados Unidos. Sobre las cien trasnacionales más importantes de la lista de la revista Fortune, la publicación encontró que todas se habían beneficiado de intervenciones específicas de los Estados nacionales, donde tienen su base, mediante subsidios que provienen del contribuyente fiscal y del desguace del aparato productivo público en beneficio de las corporaciones.
“Hay un mercado —dice Noam Chomsky—, pero es un mercado guiado por el Estado, y el Estado nodriza es un factor crucial, con el cual las corporaciones cuentan” y agrega: “También existe una gran expansión del capital financiero, que es mayor que antes. Ese capital financiero se ha vuelto dominante frente al capital industrial”.
La victoria o triunfo del llamado mercado es en realidad la victoria del totalitarismo donde las corporaciones constituyen mandos centralizados, combinando las funciones ejecutivas, legislativas y judiciales en una unidad de control superior.
Su poder alcanza a la propaganda, el dominio de la información y, según Chomsky, el “control de la mente”.
El pensador Silvio Frondizi definió tempranamente, en 1946, que la integración mundial capitalista es la última etapa del imperialismo. Esa globalización es la del capital financiero y rentístico, por un lado, en el marco de una universalización de la revolución científico-tecnológica, por el otro. La primera tiene un destino incierto; la segunda ha llegado para quedarse por mucho tiempo, hasta que sea reemplazada por nuevos descubrimientos.
Hay tres nudos económicos que analizar con carácter previo y que son los siguientes:
1) Si estamos ante una onda larga o corta del capitalismo, de acuerdo a la teoría de Kondratieff.
2) Si el modelo de economía segmentada, nombre más preciso que el de “globalización”, se corresponde a un período signado por la violencia estructural o barbarización.
3) Si la transición nos lleva a un nuevo modelo de economía, más humano y libre, más justo y equitativo, o si el período de inestabilidad y excepción será largo y muy cruento.
A mi juicio, la respuesta es la siguiente. Nos encontramos ante una onda larga del capitalismo, depresiva y, por lo tanto, no expansiva. A diferencia de la expansión más grande del capitalismo entre 1945 y 1973 (crisis del petróleo), la etapa actual es precaria y vulnerable, signada por una inestabilidad permanente.
El capitalismo rentístico privatiza el dinero, tiende a feudalizar el poder, curiosamente destruye el mercado y privatiza lo público.
Divide antes que une y, al mismo tiempo, concentra el capital financiero.

Han existido muchas globalizaciones a lo largo de la historia. Immanuel Wallerstein lo ha explicado en su tesis de la economía-mundo. El Imperio Romano, la Iglesia Católica medieval, el Imperio Británico, la revolución protestante, el Imperio Español, entre otros ejemplos. No estamos ante un fenómeno original, sino frente a una etapa que Cornelius Castoriadis y Herbert Marcuse, y antes Rosa Luxemburgo, caracterizaron en la tensión Socialismo o Barbarie.
En esta onda larga del capitalismo hay una caída significativa del producto y del crecimiento respecto del período anterior. Se fortalece el desempleo. Decenas de millones de personas sufren el paro en los países centrales y son cientos de millones en la periferia. Hay una crisis en el liderazgo imperialista.
Atrofia del G7 más Rusia, e intento de extender el poder de dominación mediante la OTAN.
Se produce la expansión y explosión del crédito. Hay dinero flotante y una formidable especulación. El dinero toma autonomía respecto del comercio.
Existe un flotante de 200 a 300 billones de dólares en manos de multinacionales, especuladores y en el lavado de dinero del narcotráfico (el pensador norteamericano James Petras consigna cifras superiores).
La invasión electrónica en el mercado financiero y bursátil alienta transferencias enormes de dinero en pocos segundos o minutos, como ocurrió con un operador que mandó a la bancarrota a la Baring Brother en cuestión de minutos. La punta de esta crisis cíclica se está produciendo a partir del estallido de las denominadas burbujas financieras japonesas y de la crisis de los “tigres asiáticos”, que comenzó con la de Tailandia en el segundo semestre de 1997 y se extiende ahora por diversas regiones.
Anwar Shaikh y Ernest Mandel demostraron que una tasa promedio declinante de ganancia y una tasa estable de interés obtienen una tasa de ganancia real negativa. Por ello no es viable invertir más a largo plazo. Deja de ser favorable a la expansión, se convierte en freno y entonces la oleada especulativa es mayor porque es menos favorable invertir.
Surge así el actual período de inestabilidad, de desempleo, miseria creciente y caos, en el cual existe una autonomía relativa de la lucha de clases. Las huelgas en Alemania, Francia e Italia, obligaron a cambiar el mapa neoliberal europeo por otro a manos del reformismo de tipo socialdemócrata. De todas maneras, la violencia estructural es la que signa la etapa, con el enfrentamiento entre mafias, locales e internacionales, el lavado de dinero del narcotráfico y el surgimiento de las contradicciones secundarias, xenofobia, racismo, fundamentalismos y guerras étnicas.
Es difícil saber el tiempo que durará la etapa de barbarización en la que recién penetramos. No existen por ahora fuerzas, a nivel nacional, regional o mundial, que conduzcan mundialmente la reacción, espontánea, de las masas oprimidas.»[1]
[1] Tomado de Corbière Emilio J. EL MITO DE LA GLOBALIZACIÓN CAPITALISTA. e-libro.net, enero 2002.