MUERTE Y ARTE

Cuatro miradas de la muerte en el arte
César Augusto Fonseca Arquez [1]
A pesar de los temores y las angustias que nos produce a la mayoría de humanos, pensar en la muerte, no es de extrañarnos que ella, como hecho natural, sea un tema recurrente en el arte. Muchísimos son los autores que “Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido” Ernesto Sábato en algún momento de su producción artística la han colocado como protagonista.

Representaciones diversas de la muerte se registran desde el denominado arte paleolítico, sin embargo el objetivo central del presente escrito, será referirme en concreto al tratamiento específico y a las particulares formas de representación que de ella observamos en cuatro artistas plásticos, en algunas de sus obras.
De manera sintética, se pretende resaltar algunos comentarios acerca de las obras seleccionadas, además deseo aventurarme a describir posibles significaciones. Por razones formales los comentarios, acerca de los autores y sus obras, serán presentados en orden cronológico. Las edades de la muerte del pintor y grabador alemán Hans Baldung Grien (1484- 1545), es la primera obra a la que me referiré.
Realizada en 1539, es un óleo sobre tabla de 1,51 por 0.61mts. Museo del Prado Madrid. Beatriz Sánchez nos indica que ella, “es la representación de un tema recurrente en las manifestaciones artísticas desde el Medievo y especialmente presente en los renacentistas, el memento mori. Es una reflexión sobre las tensiones fundamentales del ser humano, la búsqueda de la sensualidad y su pérdida con la muerte. Esta tragedia, la conciencia de lo efímero de los placeres mundanos o vanitas, es algo que interesa especialmente a este maestro alemán”. Se observa en la obra la concepción moralizante y religiosa que caracterizó a la mayoría de los artistas del Renacimiento, sin embargo la resignación frente al poder inexorable de la muerte no tenía ninguna discusión en un período en donde todavía estaba muy reciente la tragedia demográfica sufrida por Europa entre 1340 y 1450, en donde la población de ochenta millones se redujo a cincuenta y la esperanza de vida que era de treinta años descendió a diez y siete, según Cipola.
Sin desconocer las favorables condiciones de vida brindadas a la población a partir de la segunda mitad del siglo XV, se necesitaría el paso de varias generaciones, para no solo asegurar que tragedias similares no volvieran a ocurrir sino que se transformaran radicalmente las tradiciones iconográficas referidas a la muerte.
La segunda obra que aquí reseño es El triunfo de la muerte del pintor holandés Pieter Bruegel, El viejo (1525 - 1569). Óleo sobre tabla 1,17 por 1,62 mts., realizado en 1562. Museo del Prado, Madrid.
Al igual que la anterior obra, es de la tradición iconográfica renacentista, que no logra destruir el cordón umbilical con la tradición medieval.
Al respecto Alfonso Pérez Sánchez afirma: “el asunto de esta bellísima tabla es enteramente medieval: la danza de la muerte, con su patética invitación igualitaria y su gozosa complacencia en el desfile de los poderosos, especie de rebeldía última de los oprimidos… Bruegel concibe la muerte como un ejército que avanza y encierra a la humanidad en una trampa, cuya única salida es el ataúd. Un desolado paisaje de violencia es el escenario de esta fatal escaramuza, donde los poderosos del mundo, obispos, cardenales, reyes y caballeros, libran su combate singular con esqueletos: con su propia e irremediable muerte.
Sólo los enamorados siguen su dúo amoroso sin advertir cómo la muerte juega ya el contrapunto a su ciega melodía”
Muy poco habría que añadir frente al comentario anterior, sin embargo, es necesario indicar que otros historiadores del arte han resaltado el “carácter apocalíptico” de la obra. En los 450 años que han transcurrido, son numerosos los ejemplos con los cuales se puede afirmar que la humanidad insiste en resaltarle el protagonismo a la muerte. El siglo XX con sus dos guerras mundiales y un sin número de guerras menores, no solo siguen retumbando en nuestra memoria sino que sus macabras y perversas consecuencias están a la orden del día.
En tercer lugar, me refiero a un conjunto de obras del pintor español Francisco de Goya (1746 – 1828). Los desastres de la guerra (conjunto de 82 estampas realizados entre 1808 y 1814), El 2 de mayo y Los fusilamientos del 3 de mayo (dos óleos sobre tela de 2,66 por 3,45 mts. Realizados en 1814) ambos en el Museo del Prado Madrid.

Analizando las anteriores obras, José Manuel Mantilla dice: “Francisco de Goya, escéptico ante las justificaciones de la guerra, lejos de apoyar manifiestamente con su obra a nadie, muestra el rostro más oscuro y abyecto de la guerra: el de los muertos y sus asesinos, el de los indefensos y sus prepotentes violadores, el de los que padecen y el de los que disfrutan con el padecimiento ajeno”
Los desastres de la guerra, son considerados por diversos historiadores del arte, como la mejor serie de grabados del autor, un excepcional testimonio de rechazo a la violencia en todas sus manifestaciones.
Si bien los temas de El 2 de Mayo y los fusilamientos del 3 de mayo formaban parte de la iconografía de la guerra de Independencia, es necesario destacar que Goya no estaba interesado en exaltar ningún tipo de patriotismo. “Por el contrario, Goya nos muestra, partiendo de acontecimientos reales, la esencia de los mismos, la representación universal del heroísmo, la brutalidad, el hambre, la desesperación, la destrucción, pero sobre todo, la muerte. Y todo ello protagonizado por el pueblo anónimo, verdadera víctima de la guerra”.
Desde ningún punto de vista, las mencionadas obras, se deben considerar como una apología a la muerte, más bien podríamos asumirlas como un gran grito de denuncia, una alegoría que reivindica la libertad de los pueblos y que rechaza cualquier tipo de opresión. Para algunos con estas obras, Goya inaugura una nueva tendencia en el arte, un arte con compromiso social y político.
El cuarto y último ejemplo al que me refiero es el de la reciente serie de pinturas y dibujos del artista colombiano Fernando Botero (nacido en Medellín en 1932). La serie data de 1999 y está compuesta por 23 óleos y 27 dibujos, todos referidos a la violencia que desde hace sesenta años está presente en Colombia. La colección luego de ser expuesta en cuatro capitales europeas, fue donada al Museo Nacional. Quizás la obra más destacada sea Matanza en Colombia (óleo sobre tela de 1,92 por 1,29 mts.), en donde la muerte es la principal protagonista.
Ha llamado poderosamente la atención el giro temático en la obra de este autor, ya que en su extensa y mundialmente reconocida obra, este tema estuvo prácticamente ausente.
Refiriéndose a toda la serie, en una entrevista concedida The New Time, el autor señala: “son diferentes porque ya no es la Colombia alegre que conocí cuando era niño. Esta es una Colombia violenta, terrible y es un hecho que ni siquiera un artista puede ya ignorar. Nunca he tenido la pretensión de lucrar con el drama colombiano.
Quiero que esta obra sea un testimonio de un tiempo terrible, de una época de demencia en este país. Ninguna de estas obras saldrá a la venta nunca. Todas son para ser donadas y que sean vistas por todos”.
…El horror de la violencia y la muerte en primer plano en la obra de un gran artista, tal vez desilusionado pero dando un claro ejemplo de compromiso intelectual, denuncia las injusticias y las atrocidades que caracterizan la actual realidad del mundo en general. Asumamos este giro radical en la obra de Fernando Botero, como un buen ejemplo a seguir, y aceptemos a la muerte y las diversas formas de representarla como expresión de un hecho natural y no como característica principal de una sociedad que aún sigue esperando y mereciendo una segunda oportunidad.
[1] Aquelarre. Revista semestral del Centro Cultural de la Universidad del Tolima. N 7. Abril 2005, páginas 67-70.

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