5 de agosto de 2008

ADÁN

Mucho se ha hablado y escrito sobre Adán y Eva. Los rabinos han divulgado multitud de historietas sobre Adán y resultaría tan vulgar repetir lo que otros dijeron, que vamos a aventurar respecto a Adán una idea que se nos antoja nueva o que al menos no se halla en los autores antiguos, en los Padres de la Iglesia, ni en ningún predicador teólogo conocido. Me refiero al total silencio que sobre Adán guardó toda la tierra habitable, excepto Palestina, hasta la época en que empezaron a conocerse en Alejandría los libros hebreos, cuando se tradujeron al griego en el reinado de los Tolomeos. Pero, aun entonces, fueron poco conocidos. Los libros de entonces eran escasos y caros. Además, los judíos de Jerusalén estaban tan enfadados con los de Alejandría, proferían tantas acusaciones por haber traducido la Biblia en lengua profana, les injuriaban tanto por ello, que los hebreos alejandrinos ocultaron esa traducción mientras les fue posible. Buena prueba de ello es que ningún autor griego ni romano la menciona hasta el reinado del emperador Aurelio.
El historiador Josefo, al responder a Apión (Historia antigua de los judíos, lib. I, capítulo IV), confiesa que los judíos estuvieron mucho tiempo sin tener trato alguno con las demás naciones. Son sus palabras: «Habitamos un territorio muy lejos del mar. No nos dedicamos al comercio y no nos comunicamos con los demás pueblos. No es, pues, de extrañar que nuestra nación, apartada del mar y sin haberse ocupado de escribir, sea tan poco conocida».
A nosotros sí que nos extraña que Josefo diga que su nación hacía alarde de no escribir cuando tenía publicados ya veintidós libros canónicos, sin contar el Targum de Onkelos.
Aunque debemos considerar que veintidós volúmenes muy pequeños, nada significaban comparados con el gran número de libros que componían la biblioteca de Alejandría, cuya mitad fue quemada en la guerra de César. De lo que no cabe duda es que los judíos habían escrito y leído muy poco, eran profundamente ignorantes en astronomía, geometría, geografía y física, no conocían la historia de los demás pueblos y que empezaron a instruirse en Alejandría. Su lengua era una mezcla bárbara del antiguo fenicio y de caldeo corrompido, y tan pobre que carecía de algunos de los modos en la conjugación de los verbos.
Por lo tanto, al no comunicar a ningún extranjero sus libros ni sus títulos, ningún habitante de la tierra a excepción de ellos había oído hablar de Adán, Eva, Abel, Caín y Noé. Sólo Abrahán, con el tiempo, llegó a ser conocido en los pueblos orientales, pero ningún pueblo antiguo creía que Abrahán o Ibraim fueran el tronco del pueblo hebreo
Tan insondables son los designios de la Providencia que el género humano ignoró a su padre y a su madre hasta tal punto que los nombres de Adán y Eva no se encuentran en ningún autor griego, en Grecia, Roma, Persia, Siria, ni en la misma Arabia, hasta la época de Mahoma. Dios permitió que los títulos de la gran familia humana los conservara la más pequeña y desventurada parte de la misma.
¿Cómo es posible que a Adán y Eva los desconocieran todos sus hijos? ¿A qué se debe que no hallemos en Egipto ni en Babilonia ningún rastro, ninguna tradición de nuestros primeros padres? ¿Por qué Orfeo, Limus y Tamaris no se ocupan de ellos? De haber sido citados nos lo hubieran dicho Hesiodo y Homero, que se ocupan de todo excepto de estos protoautores de la raza humana.
Clemente de Alejandría, que nos ha legado tan valiosos testimonios de la Antigüedad, hubiera mencionado en algún pasaje a Adán y Eva. Eusebio, en su Historia Universal, que nos ofrece las pruebas más remotas de esa misma Antigüedad hubiera podido siquiera aludir a nuestros primeros padres. Está probado, pues, que fueron por completo desconocidos de las naciones antiguas.
En el libro de los brahmanes titulado el Ezour-Veidam se encuentran el nombre de Adimo y el de Procriti, su mujer. Si Adimo tiene algún parecido con Adán, los hindúes contestan a esto: «Fuimos una gran nación establecida en las riberas del Indo y en las del Ganges, muchos siglos antes que la horda hebrea se estableciera en las orillas del Jordán. Los egipcios los persas y los árabes venían a aprender de nuestro pueblo y a comerciar con él cuando los judíos eran todavía desconocidos para el resto de los hombres; es obvio, pues, que no pudimos copiar nuestro Adimo de su Adán. Nuestra Procriti en nada se parece a su Eva, y por otro lado su historia es completamente distinta. Es más, el Vedas, cuyo comentario es el Ezour-Veidam, pasa entre nosotros por ser más antiguo que los libros judíos, y el Vedas es una nueva ley dictada a los brahmanes mil quinientos años después de la primera, llamada Shasta».
Esas son, poco más o menos, las objeciones que los brahmanes suelen oponer, aún hoy, a los comerciantes de nuestros países que van a la India y les hablan de Adán y Eva, Abel y Caín.
El fenicio Sanchoniathon, que vivía indudablemente antes de la época en que situamos a
Moisés, y que Eusebio cita como autor auténtico, atribuye diez generaciones a la raza humana, al igual que Moisés, hasta la época de Noé. Pues bien, al reseñar esas diez generaciones no habla de Adán y Eva, de ninguno de sus descendientes y ni siquiera de Noé. Pero aún hay más, los nombres de los primeros hombres, sacados de la traducción griega que hizo Filón de Biblos, son: Kou, Genos, Fox, Libau, Uson, Halieus, Chrisor,
Tecnites, Agrove y Anime. Ellos constituyen las diez primeras generaciones. En ninguna de las antiguas dinastías de Caldea, ni en las de Egipto, encontramos el nombre de Adán ni el de Noé. En resumen, todo el mundo antiguo calla su existencia.
Preciso es confesar que no ha habido ejemplo alguno de semejante olvido. Todos los pueblos se han atribuido orígenes legendarios, creyendo raras veces en su origen verdadero.
Es incomprensible que el padre de todas las naciones de la tierra fuera desconocido durante muchísimo tiempo; su nombre debía haber corrido de boca en boca de un extremo a otro del mundo, siguiendo el curso natural de las cosas humanas. Humillémonos ante los decretos de la Providencia que permitió tan asombroso olvido.
Todo fue misterioso y recóndito en la nación que dirigía Dios, en la nación que abrió el camino del cristianismo, y que fue el olivo borde en el que se injertó el olivo cultivado. Los nombres de los progenitores del género humano, desconocidos para los hombres, deben ocupar la categoría de los grandes misterios.
Me atrevo a afirmar que fue necesario un verdadero milagro para cerrar los ojos y oídos de todos los pueblos, y destruir en ellos la memoria y hasta el vestigio de su primer padre. ¿Qué hubieran respondido César, Antonio, Craso, Pompeyo Cicerón, Marcelo y Metelo al infeliz judío que, al venderles un bálsamo, les hubiera dicho: «Todos nosotros descendemos del padre común llamado Adán»? El Senado romano en pleno le hubiera contestado: «Enseñadnos nuestro árbol genealógico». Entonces el judío hubiera aducido las diez generaciones hasta Noé, hasta la inundación de todo el Globo por el diluvio, que también fue otro secreto. El Senado le hubiera objetado preguntándole cuántas personas había dentro del arca para alimentar a todos los animales en diez meses y todo el año siguiente, durante el cual no se podrían procurar ninguna clase de alimento. El judío les contestaría: «Había en el arca ocho personas, Noé y su mujer, sus tres hijos Sem, Cam y
Jafet, y las esposas de éstos. Toda esa familia descendía de Adán por línea directa».
Cicerón se habría enterado a no dudar de los monumentos y testimonios irrefutables que
Noé y sus hijos hubieran dejado en el mundo de nuestro padre común. Después del diluvio, en toda la tierra hubieran resonado los nombres de Adán y de Noé, el uno como padre y el otro como restaurador de las razas humanas, sus nombres hubieran salido de todas las bocas en cuanto hablaran, figurarían en todos los pergaminos que se escribieran y en las puertas de los templos que se edificaran, en las estatuas que se les erigieran. «Conocíais tan trascendental secreto y nos lo habéis ocultado», exclamaría el Senado, y el judío replicaría: «Es que los hombres de mi nación somos puros y vosotros sois impuros». El senado romano se echaría a reír o mandaría que azotaran al judío. ¡Tan aferrados están los hombres a sus prejuicios!
La piadosa Madame de Bourignon afirma que Adán fue hermafrodita como todos los primeros hombres del divino Platón. Dios reveló ese gran secreto a la devota dama, pero como no me lo ha revelado a mí, no me ocuparé de él. Los rabinos judíos que leyeron los libros de Adán conocen el nombre de su preceptor y el de su segunda mujer, pero como tampoco he leído los libros de nuestro primer padre tampoco trataré de ellos. Algunos espíritus hueros, aunque muy instruidos, se asombran al leer en el Veda de los antiguos brahmanes que el primer hombre fue creado en la India, que se llamaba Adimo, que significa engendrador, y que su mujer se llamaba Procriti, que significa vida. Aseguran que la secta de los brahmanes es más antigua que la de los judíos y que éstos sólo pudieron escribir bastante más tarde en lengua cananea, puesto que ellos se establecieron muy tarde en el pequeño país de Canaán. Añaden que los hindúes siempre fueron inventores, que los judíos siempre imitaron; que aquéllos fueron ingeniosos y éstos zafios; que no se comprende que Adán, que era rubio y de pelo largo, fuera el padre de los negros, que son del color de la tinta y tienen por pelo lana negra y encrespada. Y no sé cuántas cosas más.
Yo nada digo sobre esto. Dejo estas indagaciones al reverendo padre Berruyer, de la Compañía de Jesús, que es el autor más inocente que he conocido. Quemaron su obra porque juzgaron que quiso poner la Biblia en ridículo. Pero yo no puedo creer que tuviera ingenio para ello.
No vivimos ya en un siglo en que pueda examinarse seriamente si Adán poseyó o no la ciencia infusa. Los que promovieron durante mucho tiempo esta cuestión era porque carecían por igual de ciencia infusa y de ciencia adquirida.
Resulta tan difícil saber en qué época se escribió el libro del Génesis que habla de Adán, como conocer la fecha de los Vedas y de otros antiguos libros asiáticos. Pero es importante notar que no permitían a los judíos leer el primer capítulo del Génesis antes de cumplir los veinticinco años. Muchos rabinos dicen que la creación de Adán y Eva y su historia sólo es una alegoría. Todas las naciones antiguas conocidas han ideado alegorías semejantes, y como por un acuerdo singular, que denota la debilidad de nuestra naturaleza, todas han explicado el origen del mal moral y del mal físico de forma muy parecida. Los caldeos, los indios, los persas y los egipcios se han explicado casi de igual modo la mezcla del bien y del mal inherente a la naturaleza humana. Los judíos que salieron de Egipto conocían la filosofía alegórica de los egipcios; más tarde mezclaron sus vagos conocimientos adquiridos con los que aprendieron de los fenicios y de los babilonios durante su larga esclavitud. Ahora bien, como es natural y lógico que el pueblo grosero imite groseramente las ideas de un pueblo civilizado, no debe extrañar que los judíos inventaran que la primera mujer fue formada de la costilla del primer hombre, que soplase Dios en el rostro de Adán el espíritu de la vida, que prohibiera Dios comer el fruto de cierto árbol y que el quebranto de esta prohibición produjera la muerte, el mal físico y el mal moral. Imbuidos en la idea que adquirieron en pueblos más antiguos de que la serpiente es un ser muy astuto, le atribuyeron fácilmente el don de la inteligencia y el don de la palabra.
Este pueblo, que por estar arraigado en un rincón de la tierra la creía larga, estrecha y plana, pensó también que todos los hombres descendían de Adán sin suponer siquiera que pudieran existir los negros, cuyo aspecto es muy distinto del nuestro, y sin imaginar que éstos ocupaban vastas regiones. Como tampoco podían imaginar la existencia de América.
Es sumamente extraño que se permitiera al pueblo judío leer el Éxodo, pródigo en milagros, y no les dejaran leer antes de los veinticinco años el primer capítulo del Génesis, en el que todo es milagroso porque trata de la creación. Debió ser, por el modo singular de expresarse el autor en el primer versículo: «En el principio hicieron los dioses el cielo y la tierra»[1] (1). Temían, sin duda, dar ocasión a los judíos jóvenes para que adorasen múltiples dioses. Esto pudo ser también porque Dios, que creó al hombre y a la mujer en el primer capítulo, los rehace en el segundo, y no querían que la juventud se enterase de esta apariencia de contradicción. O porque se dice en este capítulo que los dioses hicieron al hombre a su imagen y semejanza y esta frase presentaba a los ojos de los judíos un Dios demasiado corporal. O porque diciéndose en el susodicho capítulo que Dios sacó una costilla a Adán para formar a la mujer, los muchachos que no se chuparan el dedo se palparían las costillas y verían que no les faltaba ninguna. O acaso también porque Dios, que acostumbraba a pasearse al mediodía por el jardín del Edén, se burló de Adán después de su caída y su tono satírico pudiera inspirar a la juventud afición a las burlas. Cada línea del capítulo en cuestión proporciona razones plausibles para prohibir su lectura, pero si nos fundamos en dichas razones no se comprende cómo se permitió la lectura de los demás capítulos.
No nos ocuparemos aquí de la segunda mujer de Adán, llamada Lilith, que los rabinos le atribuyen, porque reconocemos que sabemos muy pocas anécdotas de su familia. [2]
[1] Los dioses esta es la exacta traducción de la palabra Elohim. Con frecuencia se cita esa palabra para demostrar que la lengua hebrea fue hablada en época muy antigua por algún pueblo politeísta.
[2] Voltaire. Diccionario Filosófico. Edición digital. http://www.librodot.com/